Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 18: La cena de los cubiertos

Federico Salvatierra llegó a Santa Marea a las seis y cuarto de la tarde, en un coche negro de cristales tintados que se detuvo frente al Hotel Miramar con la suavidad de un gato que se posa sobre un cojín.

Lo vieron llegar, desde distintos puntos del pueblo, al menos doce personas. Lo vio el portero, que se puso firme con tanta rapidez que se le cayó la gorra. Lo vio Teodoro desde la puerta de la panadería, con las manos llenas de harina, y Nico desde la bicicleta, aparcada junto a la fuente. Lo vio doña Remedios con sus prismáticos, desde la ventana del primer piso, y tomó nota mental de la matrícula. Lo vio Anselmo desde la cubierta de La Perla Torcida, a doscientos metros, con los ojos entornados y una colilla apagada entre los dientes. Y lo vio, desde la terraza del hotel, apoyada en una barandilla con una taza de té en la mano, Olga Vidal, que no se movió ni un centímetro, pero cuyos dedos se cerraron sobre la porcelana con una fuerza que habría blanqueado los nudillos de cualquiera.

El hombre que bajó del coche no tenía nada de amenazador. Era alto, delgado, de unos sesenta y cinco años, con el pelo plateado peinado hacia atrás, un rostro afilado y sereno y unos ojos de un azul muy claro, casi transparente. Vestía un traje gris perla de corte impecable, una camisa blanca sin corbata y unos zapatos de cuero que brillaban como si acabaran de salir de la tienda. En la mano izquierda llevaba un maletín de piel, y en la derecha, doblado con cuidado, un abrigo ligero de color arena. Sonrió al portero, le dio las gracias por su amabilidad con una voz suave y grave, y subió los escalones del hotel con la elegancia de quien jamás ha tenido prisa.

Detrás de él, saliendo del mismo coche con una discreción casi insultante, apareció un segundo hombre, mucho más joven, enjuto, de rostro inexpresivo y traje oscuro. Cerró la puerta con cuidado, miró a derecha e izquierda con la precisión de un metrónomo y caminó tres pasos por detrás de su jefe, sin una palabra.

—Es él —murmuró Lucas, desde la esquina de la calle, apoyado contra un muro.

—¿Quién?

—El del coche gris. El de la fuente. El de las gafas de sol.

—Ese es su chófer.

—Se llama Ibarra —dijo Sofía, que acababa de reunirse con ellos, sin aliento, con una carpeta bajo el brazo—. Lo he averiguado esta mañana. No habla. Nunca. Dicen que lleva diez años con Salvatierra y que no le han oído más de veinte palabras.

—Qué conversación más ágil —murmuró Marina.

—Es un hombre muy ahorrador.

—Y el otro… —Lucas tragó saliva—. ¿Ese es Salvatierra?

—Ese es.

—No parece peligroso.

—Esa es su principal cualidad.

---

La cena de gala estaba prevista para las ocho y media.

Aurelio la había organizado con la dedicación de un general que prepara una batalla decisiva. El Salón de los Espejos del Hotel Miramar, normalmente reservado para bodas y comuniones, había sido decorado con guirnaldas de flores marinas, candelabros de plata, manteles de hilo blanco y una enorme mesa en forma de herradura, con treinta y dos cubiertos perfectamente alineados. En el centro, sobre un pedestal, un centro de mesa de conchas, caracolas y rosas blancas parecía a punto de echar a volar. Del techo colgaba una lámpara de cristal de Murano que arrojaba sobre todo un resplandor tibio y dorado.

Sofía había supervisado cada detalle, hasta el último pliegue de las servilletas, y se había reservado, con una discreción exquisita, una función que no figuraba en el protocolo: la distribución de los asientos.

—A ver —dijo, desplegando sobre la mesa de su despacho un plano a mano alzada del salón—. El alcalde, en el centro, como corresponde. A su derecha, Salvatierra, por cortesía. A su izquierda, Olga Vidal. Hasta aquí todo lógico.

—¿Y yo? —preguntó Marina.

—Tú aquí. —Sofía señaló con la punta del lápiz un asiento alejado, en el extremo opuesto de la herradura—. Entre Lucas y Teodoro. Lo más lejos posible de los focos.

—Muy bien.

—Y Salvatierra… —Hizo una pausa, y una sonrisa maliciosa le curvó los labios—. Salvatierra estará entre doña Remedios y la señora Candelaria.

—¿Cómo?

—Ya lo he arreglado. Se lo he dicho al alcalde como un honor. «Dos de las vecinas más respetadas del pueblo, que desean conocer al ilustre visitante.»

—¿Y ellas?

—Encantadas.

—Es un plan peligroso —dijo Lucas.

—Es un plan genial —replicó Marina—. Dos ancianas contra un millonario. Quiero estar allí para verlo.

---

A las ocho y veinte, los invitados empezaron a llegar al hotel.

Los concejales, con sus mejores trajes. Los periodistas de la mañana, en versión de gala: Ramón Peña con una pajarita de lunares, Estefanía con un vestido rojo que le hacía parecer una amapola. El director del banco local, un hombre calvo y receloso que contaba los cubiertos con la mirada. La esposa del alcalde, una señora diminuta y silenciosa de la que se decía que hablaba sola. El párroco, un hombre grande con voz de barítono. Y Elvira Castañeda, que había aparecido sin avisar, con un vestido negro de corte sobrio y un collar de perlas antiguas, y que saludó a Lucas con un gesto casi imperceptible de la cabeza, como si hubiera estado esperando exactamente aquello toda su vida.

Marina entró del brazo de Lucas, con el vestido azul marino y el chal verde sobre los hombros, y por segunda vez en veinticuatro horas sintió cómo toda la sala se giraba hacia ella. Esta vez, sin embargo, ya no le temblaban las rodillas. Había descubierto que bastaba con respirar despacio, mirar un punto fijo y pensar en un chocolate caliente.

Tardó diez segundos en encontrarlo.

Estaba en el otro extremo del salón, junto a una ventana, charlando con el alcalde y con Olga, con una copa de agua mineral en la mano. Se había cambiado de ropa: un traje oscuro, de un azul casi negro, con un pañuelo de seda color burdeos en el bolsillo del pecho. De cerca resultaba aún más elegante, y también más inquietante, por la perfecta ausencia de cualquier gesto superfluo. Hablaba poco. Escuchaba mucho. Y cada vez que sonreía, lo hacía con una amabilidad tan calculada que a Marina le recordó, por alguna razón, a esas medusas transparentes que parecen flores hasta que se las toca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.