Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 19: La escama de la abuela Amparo

Durante un rato muy largo, ninguna de las dos habló.

Estaban de pie en la terraza del Hotel Miramar, una junto a la otra, con los codos apoyados en la balaustrada de piedra y la mirada fija en la bahía. La luna, ya casi redonda, flotaba sobre el faro y bañaba el agua de una claridad lechosa. Abajo, en el puerto, las barcas dormían sobre sus amarras. De vez en cuando, desde el salón, llegaba el eco de una risa o el tintineo de una cucharilla contra una copa, y cada uno de esos sonidos parecía venir de un mundo distinto, muy lejano y muy cómodo, al que ninguna de las dos pertenecía en ese momento.

Marina tenía la escama pequeña entre las manos. La sostenía con las dos palmas abiertas, como si fuera un pájaro herido, y la miraba sin pestañear. Era idéntica a la que Anselmo guardaba en el bolsillo de su chaleco: del mismo color, del mismo tamaño, con los bordes igualmente desgastados y la misma espiral grabada en el centro con un trazo imposiblemente fino. Cuando la tocó con la yema del pulgar, sintió una vibración tenue, casi un murmullo.

—Está viva —susurró.

—Lo sé.

—Hace un momento no vibraba.

—Es que está cerca de ti.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque con mi abuela nunca hizo nada. —Olga sonrió con un gesto torcido—. La tuvo cuarenta años en una cajita de hojalata, entre los botones y las agujas. Y jamás se movió. Ahora me la he guardado en el bolsillo un día entero, y ha empezado a temblar en cuanto he visto tu cara.

—No entiendo.

—Yo tampoco. Pero cada vez entiendo menos, y cada vez me importa menos entender.

Marina levantó los ojos. Olga seguía mirando el mar, con las manos enlazadas y los hombros ligeramente hundidos. Parecía mucho más joven de lo que era, y también mucho más cansada.

—Cuéntamelo —dijo Marina.

—¿El qué?

—Todo. Desde el principio.

—Es una historia larga.

—Tengo tiempo.

—No lo tienes. Tu amigo el doctor ya te está buscando.

—Entonces cuéntamela deprisa.

—No sé contar deprisa. —Olga esbozó una sonrisa pálida—. Solo sé contarlas despacio, como las contaba mi abuela. Y si te la cuento despacio, tendremos que quedarnos aquí toda la noche.

—Pues nos quedaremos.

Olga la miró. Después, con un suspiro, apoyó la espalda contra la balaustrada, cruzó los brazos y alzó la vista hacia el cielo.

—Está bien. Pero ponte cómoda.

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—Mi abuela se llamaba Amparo Vidal —empezó—. Nació en una aldea de pescadores del norte, a trescientos kilómetros de aquí, en un sitio llamado Puerto Hondo. Un lugar pequeño, de casas de piedra y barcas negras, rodeado de acantilados, donde la lluvia llegaba de lado y el mar sonaba como una bestia dormida.

—Puerto Hondo —repitió Marina, saboreando el nombre.

—Mi abuela vivió allí toda su vida. Se casó con un pescador llamado Ezequiel, tuvo cuatro hijos, enterró a dos, y enviudó a los cuarenta años, cuando el mar se llevó al marido en una mala noche de marzo. Siguió sola. Remendando redes para ganarse la vida. Era una mujer muy dura, muy callada, de las que no lloran ni en los funerales. Pero tenía una costumbre.

—¿Cuál?

—Cada septiembre, la noche de luna llena, bajaba sola a la playa. Y se quedaba allí toda la noche, sentada en una roca, mirando el agua. Nunca decía por qué.

—¿Y qué pasó hace cuarenta años?

—Que una de esas noches, mi abuela encontró a una mujer.

Marina se quedó muy quieta.

—Estaba en la orilla, tendida sobre la arena, empapada y tiritando. Medio muerta de frío. Sin ropa, sin zapatos, sin nada. Tenía el pelo oscuro y los ojos verdes, y no hablaba ni una palabra de nuestro idioma. Mi abuela se la llevó a casa, a cuestas, y la metió en la cama. La cuidó durante tres semanas. Y cuando por fin se recuperó, la mujer dijo una sola palabra.

—¿Cuál?

—Coral.

El mundo pareció encogerse hasta ocupar solo el espacio que había entre las dos. Marina sintió que se le doblaban las rodillas. Se agarró a la balaustrada y respiró hondo, una vez, dos veces, mientras en su cabeza resonaba la voz de su abuela, muy lejana: Coral, la prima, la que se fue.

—No puede ser —murmuró.

—Lo sé. Yo tampoco lo creí cuando lo descubrí. —Olga bajó la vista—. Pero es verdad. Mi abuela la llamaba la mujer sin nombre, porque al principio no sabía de dónde venía, y después se acostumbró a decirle Coral, y Coral se quedó.

—¿Se quedó?

—Sí. En Puerto Hondo. Con mi abuela. Treinta años.

—Treinta…

—Vivió en nuestra casa hasta que yo tenía ocho años. Yo la recuerdo, Marina. —La voz se le quebró de golpe, y se tapó la boca con la mano—. La recuerdo perfectamente. Era una mujer muy dulce, muy tranquila, que se pasaba el día tejiendo redes con una paciencia increíble. Me enseñó a hacer nudos. Me cantaba canciones sin palabras cuando no podía dormir. Y yo la llamaba tía Coral.

Marina, sin darse cuenta, se había llevado las dos manos a la boca. Las lágrimas le corrían por las mejillas, silenciosas, pesadas, y Olga, al verlas, intentó sonreír sin conseguirlo.

—No llores. Fue feliz, creo. A su manera.

—¿Cómo que a su manera?

—Es que… —Se pasó la lengua por los labios—. Es que fue desapareciendo.

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La palabra se quedó suspendida en el aire de la noche.

Abajo, en el jardín, un grillo soltó un chirrido solitario. Desde el salón llegó el sonido amortiguado de un aplauso. Marina cerró los ojos con fuerza, como quien espera un golpe.

—Poco a poco —continuó Olga, con una voz muy baja—. Al principio, no se notaba. Hablaba más cada año, aprendía palabras nuevas, se reía con los chistes de los vecinos. Pero con el paso del tiempo, empezó a olvidar cosas. Primero el nombre de las mareas. Luego el de los peces. Luego las canciones. Se pasaba horas mirando el agua, con una expresión de desconcierto, como si buscara algo que ya no recordaba haber perdido.

—Dios mío.

—Mi abuela intentaba ayudarla. Le hablaba de su vida anterior, de lo que le había contado al principio, de cómo había llegado. Pero Coral cada vez entendía menos. Sus ojos, que eran de un verde profundo, se fueron volviendo grises. Y su voz, que al principio era la más hermosa que he oído, se fue apagando hasta convertirse en un susurro.




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