Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 20: El cuaderno de las lentejas

Leer un cuaderno antiguo a la una de la madrugada, en una cocina pequeña, con cinco personas agotadas y un plato de lentejas por cabeza, es una experiencia que nadie debería vivir sin una buena dosis de paciencia y una cantidad razonable de manzanilla.

Lo comprobaron en los primeros diez minutos.

Olga había abierto el cuaderno por la segunda página, había pasado el dedo por la caligrafía antigua de su abuela y se había aclarado la garganta tres veces con una solemnidad casi teatral. Todos la miraban. Doña Remedios se había arremangado la rebeca y sostenía una cuchara en el aire, a medio camino de la boca. Sofía, con las medias rotas y los zapatos descalzos sobre una silla, apoyaba la barbilla en la mano con los ojos entrecerrados. Marina, al lado de Lucas, se mordía el labio inferior con tanta fuerza que se le había puesto blanco. Y en el acuario, Paul, que había trepado hasta el borde de la roca más alta, observaba la escena con los ocho tentáculos enroscados y un tono verde expectante.

—Voy a leer despacio —dijo Olga—. La letra de mi abuela era muy clara, pero tenía faltas de ortografía que no voy a corregir. Si algo no se entiende, me lo decís.

—Lee, lee —murmuró doña Remedios.

—Y si alguien tiene que ir al baño, que vaya ahora.

—Nadie tiene que ir al baño.

—Yo sí —dijo Sofía, levantando una mano.

—Pues ve.

—Pero me da pena perderme el principio.

—Entonces aguanta.

—Es que he bebido mucha manzanilla.

—Sofía.

—Voy, voy.

Se levantó descalza, cruzó la cocina con un taconeo imaginario y desapareció por la puerta del pasillo, mientras los demás esperaban en un silencio impaciente. Se oyó un portazo, un chorro de agua, otro portazo, y Sofía regresó con la cara lavada y una sonrisa de alivio.

—Ya está.

—Qué heroína —dijo Lucas.

—No te burles. Hay momentos para el lirismo y momentos para la fisiología.

—Lee, hija, lee —insistió doña Remedios.

Olga carraspeó por cuarta vez, bajó los ojos hacia la página y empezó.

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El cuaderno de Amparo Vidal comenzaba con una fecha: quince de septiembre de mil novecientos ochenta y tres. Y con una frase muy corta, escrita con letra firme y recta.

"Hoy he encontrado a una mujer en la playa."

Olga hizo una pausa, para que las palabras se asentaran. Después siguió leyendo, con una voz baja y pareja que a Lucas le recordó la de las radios nocturnas.

"No sé quién es. No habla. Está desnuda y muy fría, y respira con dificultad. La he envuelto en mi chal y la he arrastrado hasta casa, que son doscientos metros, y he llegado agotada. La he metido en la cama de Ezequiel, que lleva seis años vacía, y le he dado caldo con una cuchara. Ha abierto los ojos una vez. Son verdes. De un verde que no he visto nunca en ningún ser humano. Me ha mirado, ha dicho una palabra que no conozco, y se ha dormido."

—¿Qué palabra? —preguntó Marina.

—No la escribió —respondió Olga—. Más adelante lo explica.

Pasó la página.

"Segundo día. Sigue durmiendo. Tiene fiebre. Le he puesto paños de agua fresca en la frente. De vez en cuando murmura cosas en sueños, en una lengua que no entiendo, con un ritmo parecido al de las olas. Esta noche la he oído cantar. No eran palabras, sino una música muy suave que me ha hecho llorar sin saber por qué. No lloraba desde que enterré a Ezequiel."

Doña Remedios se llevó la mano al pecho. Candelaria, que se había quedado dormida en una silla del rincón sin que nadie lo advirtiera, soltó un ronquido leve que provocó un silencio breve y una risa ahogada.

—Es normal —susurró doña Remedios—. Ha sido un día muy largo.

—Que siga durmiendo —dijo Sofía.

—Pobre.

—Sigue, Olga.

"Quinto día. Ha despertado. No habla, pero me entiende. Le he ofrecido sopa y ha olido el cuenco con una expresión de profunda sospecha. Después ha probado una cucharada y ha hecho una mueca. Está salada, he comprendido. Le he echado agua y ha aceptado. Es la primera vez que veo a alguien que no soporta la sal. Debe de venir de muy lejos."

Marina soltó una risa nerviosa, y se tapó la boca con la mano. Lucas, a su lado, le apretó la rodilla bajo la mesa.

—Eso es verdad —murmuró ella—. Es exactamente así.

—Siempre te quejas de la sal —dijo Lucas.

—Es que es muy mala.

—Es un condimento.

—Es una traición.

—Seguid, seguid —dijo doña Remedios, haciendo un gesto con la cuchara.

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Las páginas siguientes, escritas con el mismo trazo recto y paciente, narraban con una minuciosidad conmovedora las semanas que siguieron. Amparo había anotado todo: la primera vez que la mujer se puso de pie, tambaleándose, agarrada al borde de la cama; la primera vez que dijo «agua», con una pronunciación torpe y deliciosa; la primera vez que rió, ante un gato que se había colado en la cocina y le había robado un trozo de pescado. Los descubrimientos eran constantes y asombrosos. La mujer no sabía cocinar, ni coser, ni abrocharse un botón. Pero aprendía con una rapidez extraordinaria, con una atención feroz, como si cada gesto humano fuera una isla que había que explorar.

"Tercera semana. Le he puesto de nombre Coral, porque cuando le enseñé una de las ramas rojas que traen las mareas y le dije «esto es un coral», se llevó las manos al pecho y asintió con mucha fuerza. No sé si entendió. Pero desde entonces responde a ese nombre. Y a mí me gusta decirlo."

—Qué bonito —susurró Sofía.

—Calla, que viene lo mejor.

"Cuarta semana. Ya habla un poco. Dice «Amparo» y «pan» y «mar» y «gracias». Lo que más dice es «mar». Lo repite constantemente, con una voz muy baja, mirando por la ventana. Hoy le he preguntado de dónde viene. Me ha dibujado una espiral en la arena de la huerta, con un palito. Y después, con la misma espiral, ha dibujado un círculo. Y dentro del círculo, siete pequeños puntos. No lo entiendo. Pero lo copiaré aquí, para no olvidarlo."




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