Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 22: El consejo de guerra de las lentejas

Si alguien le hubiera dicho a Lucas Almeida, tres semanas antes, que su cocina acabaría convertida en el cuartel general de una conspiración internacional, habría contestado con una sonrisa educada y habría seguido contando erizos.

Pero allí estaba, a las ocho de la mañana de un jueves que olía a café quemado y a pan recién hecho, de pie frente a la mesa de formica, con un rotulador en una mano y una cartulina enorme extendida ante él, rodeado de doce personas, un pulpo y un cesto de churros que desaparecían a un ritmo preocupante.

—Esto es la bahía —dijo, trazando una línea curva sobre el papel—. Este es el faro. Aquí está el puerto, aquí la cala de detrás del faro, aquí el muelle tercero. Y esta cruz es el punto donde aparecieron las luces la otra noche.

—Muy bonito —dijo doña Remedios, con la barbilla apoyada en las manos.

—No es bonito. Es un mapa.

—Es un mapa muy bonito.

—Gracias.

—¿Y por qué tiene un pez en una esquina?

—Es una rosa de los vientos.

—Parece un pez.

—Es que no sé dibujar.

—Se nota.

—Remedios —dijo Anselmo, con paciencia—. Deja trabajar al muchacho.

—Es que me gustan los dibujos.

—Pues calla y mira.

La anciana arqueó una ceja, se cruzó de brazos y se puso a mirar. En torno a la mesa, el resto de la conspiración seguía el trazado del rotulador con una atención casi religiosa. Teodoro, con un churro a medio morder. Sofía, con la carpeta abierta sobre las rodillas y un bolígrafo detrás de la oreja. Olga, de pie junto a la ventana, con el cuaderno de su abuela bajo el brazo. Ceferino, sentado sobre la caja de herramientas, con el gorro hacia atrás. Candelaria, que había vuelto a media mañana con una bolsa de lana y una expresión de energía renovada. Nico, subido en una silla, con un lápiz detrás de cada oreja. Y Marina, sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y Paul en el regazo, que seguía todo con los ojos entreabiertos.

—Bien —dijo Lucas, tapando el rotulador—. Vamos a empezar por lo que sabemos.

—Lo que sabemos —repitió Sofía, abriendo la carpeta—. Primero. Mañana por la noche es luna llena. Segundo. La ceremonia está prevista para medianoche, en la bahía, con retransmisión en directo. Tercero. Salvatierra llega hoy, y ya ha llegado, y anoche dio un discurso sobre cámaras sumergibles y micrófonos de alta sensibilidad.

—Cuarto —dijo Olga—. Esas cámaras no son cámaras.

—¿Qué son?

—Son sensores. De movimiento, de temperatura, de sonido. Y hay otra cosa. —Se acercó a la mesa, y se inclinó sobre el mapa con la punta de un dedo—. Hoy a primera hora he bajado al muelle. He visto un camión descargando en la lonja. Cajas negras, de metal. Y bobinas de cable de acero de unos cuatro metros de diámetro.

—¿Cable?

—Red. Una red enorme, plegada. Con una malla muy fina, de un material que no he visto nunca.

—Para atrapar qué.

—Eso no lo sé. Pero la van a tender aquí. —Señaló una línea recta que cruzaba la bahía, entre las rocas del faro y el espigón norte—. Cerrando la boca. Como una puerta.

Hubo un silencio. Anselmo se levantó, rodeó la mesa con un crujido de rodillas y se inclinó sobre el mapa con las manos apoyadas en el borde. Después de un buen rato, dijo, con voz grave:

—Es una red de las que se usaban para los tiburones, en el Caribe. Una malla de aleación. Muy cara.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo trabajé en una. Hace treinta años. En Cuba.

—¿En Cuba? —preguntó Nico, abriendo mucho los ojos.

—Es una larga historia.

—Cuéntala.

—Luego.

—¿Con piratas?

—Con tiburones.

—¡Mola!

—Ahora no, criatura.

El niño suspiró, defraudado, y volvió a morder su churro.

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Lo primero que decidieron fue el reparto de tareas.

Fue una discusión larga, apasionada, llena de interrupciones y de ideas contradictorias, que se prolongó durante casi una hora. Doña Remedios opinaba que lo mejor era no hacer nada, esperar a que pasara la tormenta y confiar en la Providencia. Teodoro proponía sobornar a toda la prensa con pastelitos. Sofía quería manipular el programa hasta que la ceremonia se retrasara de manera irremediable. Ceferino insistía, con voz grave, en que el mejor sabotaje era el más simple: cortar los cables. Olga recordaba, con paciencia, que cortar los cables sin conocer el sistema podía provocar un desastre. Candelaria sugería tejer una manta gigante que cubriera toda la bahía, y Nico, desde su silla, proponía que todos se disfrazaran de calamares.

—¿Por qué de calamares? —preguntó Lucas.

—Porque nadie sospecha de un calamar.

—Es una lógica irrefutable —murmuró Marina.

—Gracias.

—No es una buena idea.

—Pero es muy divertida.

—Eso sí.

Fue Anselmo quien puso orden. Dio un golpe seco en la mesa con la palma de la mano, y la cocina entera se quedó en silencio.

—Escuchad —dijo—. Aquí hay tres problemas distintos. Y hay que resolverlos por separado. El primero es la red. El segundo, la ceremonia. Y el tercero…

—Marina —dijo Lucas.

—Marina. —El viejo asintió—. Lo que ella quiera hacer. O lo que ella pueda.

Todas las miradas se volvieron hacia el suelo, donde Marina, con la espalda recta y las manos enlazadas sobre el vientre, observaba la superficie de la mesa con una expresión muy tranquila. Paul se había enroscado en su brazo y dormitaba con un tono rosa pálido.

—Yo me encargo del tercero —dijo con voz clara—. Pero necesito tiempo.

—¿Cuánto?

—Hasta mañana a mediodía.

—¿Y qué piensas hacer?

—Pensar. —Sonrió con ironía—. Es lo que mejor se me da.

—No es verdad —dijo Lucas—. Lo que mejor se te da es el chocolate caliente.

—Eso también.

La risa suave que se extendió por la cocina fue como un respiro. Anselmo asintió, con una media sonrisa.

—Entonces, nosotros, la red y la ceremonia.

—La red —dijo Ceferino—. Para eso estoy yo.

—¿Tú?




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