Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 23: La última cena tranquila

A las cinco de la tarde, la casa de Lucas se quedó vacía de golpe, como una playa después de que la marea se lleva a los bañistas.

Se habían ido todos, uno detrás de otro, entre abrazos apresurados y frases a medias. Anselmo y Ceferino, con la caja de herramientas y un rollo de cuerda, camino del puerto, donde tenían que preparar La Perla Torcida para la salida de medianoche. Sofía, con la carpeta bajo el brazo y las medias rotas, de vuelta al hotel, para fingir durante unas horas que dirigía un negocio normal. Olga, con una libreta nueva y la mirada de quien va a hacer de espía en su propia casa. Teodoro y Nico, en dirección a la panadería, a organizar doscientos pastelitos más. Candelaria, hacia su casa, a rematar una bufanda que según ella «podía salvar una vida». Y doña Remedios, la última, con un manojo de llaves y una sonrisa sospechosa, camino de la iglesia, a comprobar el estado de una cuerda que llevaba treinta años sin que nadie tirara de ella.

—No hagas nada que yo no haría —le dijo a Lucas desde la puerta.

—¿Qué es lo que no haría usted?

—Nada. Absolutamente nada.

—Entonces me queda un margen muy estrecho.

—Aprovéchalo.

Cerró la puerta con un golpe seco, y se oyó el repiqueteo de sus zapatillas bajando la cuesta. Lucas se quedó un momento con la mano en el picaporte, escuchando el silencio que dejaba tras de sí aquel torbellino. Era un silencio extraño. Denso, esponjoso, lleno de cosas por decir. Se volvió despacio.

Marina estaba de pie en medio del salón, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando a su alrededor con una expresión indescifrable. Llevaba todavía la camiseta vieja de Lucas y los pantalones remangados, con el pelo recogido en una trenza que se le había ido deshaciendo a lo largo del día. A sus pies, sobre la alfombra, Paul se había instalado en un cubo de plástico lleno de agua, que Lucas le había preparado para estirar las patas, y la observaba desde allí con un tono verde sereno.

—Qué silencio —dijo ella.

—Sí.

—Hacía días que no lo oía.

—Yo tampoco.

—Es bonito.

—Es raro.

—Es las dos cosas.

Se quedaron un momento así, uno frente al otro, a cuatro metros de distancia, sin saber muy bien cómo empezar. Era la primera vez en muchos días que estaban solos de verdad, sin nadie vigilando desde una ventana, sin ningún plan que repasar, sin una amenaza inmediata que les robara el aire. Y esa libertad, de repente, parecía casi más difícil de sostener que cualquier peligro.

—¿Qué hacemos? —preguntó Lucas.

—No lo sé.

—Podríamos descansar.

—No tengo sueño.

—Podríamos comer algo.

—Acabamos de comer.

—Podríamos…

—Lucas.

—¿Sí?

—Hagamos croquetas.

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La idea, expuesta con tanta firmeza, resultaba difícil de rechazar. Marina la defendió con una elocuencia que Lucas no le conocía, argumentando que se trataba de una cuestión de honor, de redención, de justicia poética. Las croquetas de la otra vez habían sido un desastre cariñoso. Quería comprobar que podía hacerlas bien. Y quería hacerlas hoy, porque no sabía si habría un mañana en el que tuviera ocasión de hacerlo.

—No digas eso —murmuró Lucas.

—Lo digo porque es verdad.

—Pero lo dices como si fuera una despedida.

—Es una cena. —Sonrió—. Una cena con croquetas. Es el mejor tipo de cena que existe.

—Está bien.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Entonces trae la sartén.

Se pusieron manos a la obra con una seriedad casi litúrgica. Lucas sacó de la nevera el jamón, la leche y la mantequilla, y de la despensa un paquete de harina y una caja de pan rallado. Marina ató el delantal de rayas a su cintura, se recogió el pelo con una goma y se frotó las manos con la determinación de una gladiadora.

—Primero la mantequilla.

—Poca.

—Luego la harina.

—Poco a poco.

—Y luego…

—La leche. —Lucas la miró de reojo—. Esta vez sin prisas.

—Esta vez sin prisas.

Pasaron media hora removiendo con una cuchara de madera sobre fuego lento, con una paciencia que habría hecho llorar de orgullo a cualquier abuela. La bechamel fue espesando, pasando del blanco lechoso al amarillo cremoso, sin grumos, sin quemaduras, con un brillo suave que Marina contempló con los ojos como platos.

—Mira —susurró—. Está… perfecta.

—Es un milagro.

—Es la práctica.

—Es el amor —dijo una voz estridente desde la ventana.

Los dos se sobresaltaron. Al otro lado de la calle, en el primer piso de la casa de enfrente, doña Remedios asomaba medio cuerpo, con los prismáticos al cuello y un megáfono de cartón en la mano.

—¡Que no se me queme! —gritó—. ¡Un poquito más de sal!

—¡Poco! —respondió Marina.

—¡Un poquito!

—¡Muy poquito!

—¡Y la nuez moscada!

—¿Qué es eso?

—¡Un polvo mágico!

—¡No tenemos!

—¡Pues ahora mismo te lo mando con Nico!

—¡No hace falta!

—¡Que sí!

La ventana se cerró de golpe, y a los cinco minutos, con una puntualidad asombrosa, el niño apareció en la puerta, con la lengua entre los dientes y un frasquito de cristal en la mano.

—Me ha dicho que te dé esto. Y que no se lo cuentes a nadie.

—¿Y quién se lo va a contar?

—Yo no.

—Gracias, Nico.

—De nada. —Se asomó a la cocina con curiosidad—. ¿Puedo probar?

—Todavía no está lista.

—Entonces vuelvo luego.

—Claro.

—Pero sin que se entere mi padre.

—Trato hecho.

Se esfumó por la puerta como un fantasma travieso. Marina espolvoreó una pizca de nuez moscada sobre la bechamel, la removió con delicadeza, y probó una cucharadita con los ojos cerrados. Se quedó inmóvil.

—Dios mío.

—¿Qué?

—Está buenísima.

Lucas probó también.

—Es verdad.

—¿Verdad que es verdad?

—Es la mejor bechamel que he probado en mi vida.

—No exageres.

—No exagero.

—Es la segunda.




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