Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 24: Una visita a la una de la madrugada

La Perla Torcida salió del muelle tercero a las doce y diez de la noche, sin luces, sin motor y sin prisa, empujada por dos remos viejos y por una marea baja que se retiraba con un murmullo de seda.

Anselmo llevaba la caña del timón, sentado a popa, con la gorra calada hasta las cejas y una bufanda de lana que le había prestado doña Remedios «para que no cogiera frío en las orejas». Ceferino, en el centro de la barca, remaba con un ritmo regular y obstinado, sacando y hundiendo las palas con una precisión de reloj. A sus pies, sobre una lona, descansaban una linterna de pantalla roja, una bobina de cuerda, unos prismáticos antiguos y una bolsa de papel de la que salía un olor delicioso a bocadillo de calamares.

—No deberías haber traído eso —susurró Anselmo.

—¿El qué?

—El bocadillo.

—Es que tenía hambre.

—Estamos en una misión.

—Las misiones también se hacen con el estómago lleno.

—Los calamares huelen.

—Huelen a calamares. Es lo suyo.

—Nos van a descubrir.

—¿Quién? ¿Los peces?

—Los de la red.

—Ni que tuvieran olfato.

—Tienen perros.

—¿Perros?

—No lo sé. Pero podrían.

Ceferino dejó de remar un segundo, miró a su hermano con una expresión de infinita paciencia, y volvió a hundir las palas en el agua con un chapoteo suave.

—Hermano. Cuarenta años me llevas diciendo que no me preocupe por los perros. Y ahora te preocupas tú.

—Es que esta vez es en serio.

—Siempre es en serio.

—Esta vez más.

—Pues te hago la mitad del bocadillo y te callas.

Anselmo resopló, y aceptó el pedazo con un gruñido que no era de agradecimiento, pero que tampoco era de rechazo. Masticó en silencio durante un buen rato, con los ojos fijos en la oscuridad. La luna, enorme y casi redonda, había ascendido tanto que parecía colgada de un hilo sobre el faro, y su luz bañaba la bahía con una claridad blanca, espectral, que hacía innecesarias las linternas. A babor se recortaba la silueta oscura del espigón norte. A estribor, las rocas negras del faro, donde las olas rompían con un destello plateado.

Y entre las dos, a unos doscientos metros, algo brillaba sobre el agua.

—Ahí está —susurró Ceferino.

—Lo veo.

—Es una línea.

—Es una boya.

—Es una fila de boyas.

—Son luces. Rojas.

—Cada diez metros.

—Con un ritmo.

—Parpadean a la vez.

Anselmo se llevó los prismáticos a los ojos. Durante un buen rato no dijo nada. Escrutó la línea de luces, de un extremo al otro, con una lentitud metódica, deteniéndose en cada boya, como un cirujano que examina una herida. Después bajó los prismáticos con un suspiro.

—Es lo que dijo Olga. Una red cerrando la boca de la bahía. Desde el faro hasta el espigón. Más de trescientos metros.

—¿Y por debajo?

—No sé. Hay que bajar a verlo.

—No pensarás meterte en el agua.

—No. —Sonrió con ironía—. A mi edad, ya no me meto en ningún sitio sin motivo. Pero tengo esto.

Sacó de la bolsa una pequeña caja de madera, del tamaño de una cajetilla de tabaco, con un cordón enrollado y un botón de latón. La depositó sobre el banco, con un gesto casi reverente.

—¿Qué es eso?

—Un sondeador. Me lo regaló un hombre de Bilbao hace veinte años, a cambio de una docena de merluzas. Sirve para ver lo que hay debajo del agua.

—¿Funciona?

—Eso espero.

Hundió el cordón por la borda hasta que el extremo desapareció bajo la superficie. Pulsó el botón de latón. Una lucecita verde parpadeó en la caja. Y entonces, para sorpresa de los dos hermanos, un chisporroteo crepitó en el aparato, y una voz fantasmal, apagada y llena de interferencias, empezó a hablar en una lengua que ninguno conocía.

—¿Qué es eso? —preguntó Ceferino, con un hilo de voz.

—No lo sé.

—¿Es una radio?

—No tiene antena.

—¿Es el mar?

—El mar no habla.

—Este sí.

Callaron los dos, con las cabezas muy juntas, escuchando. La voz subía y bajaba, con un ritmo suave, casi acariciador. No eran palabras. Eran sonidos largos y profundos, que se alargaban y se contraían como el aliento de un animal enorme.

Y de pronto, Anselmo se echó a llorar.

—Hermano —murmuró Ceferino—. ¿Qué pasa?

—Es ella.

—¿Quién?

—La que cantaba. La de hace cuarenta años. —Se tapó la cara con las manos—. Es la misma voz. Es la que oí aquella noche, desde el espigón, cuando Coral entró en el agua.

—¿Estás seguro?

—Estoy seguro.

—¿Y qué dice?

—No lo sé. —Se secó los ojos con la manga—. Pero está llamando. Y está muy cansada.

Ceferino dejó los remos, cogió a su hermano por el hombro y lo atrajo hacia sí, con una torpeza afectuosa. Los dos se quedaron así un buen rato, abrazados en la oscuridad, mientras la barca se balanceaba mansamente y la canción subía desde el fondo del agua como un perfume lejano.

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Cuando se hubieron calmado, Ceferino cogió la linterna roja y la sostuvo sobre la superficie del agua, con una mano temblorosa.

—Mira.

Bajo la luz, a unos tres metros de profundidad, se distinguía una trama oscura, cuadriculada, que se extendía en todas direcciones hasta perderse en la penumbra. Era una malla fina, de un color gris azulado, tensada entre dos cables de acero que descendían en vertical desde las boyas. Cada pocos metros, ancladas a los cables con grapas de metal, brillaban unas cajitas negras con luces verdes.

—Son sensores —susurró Anselmo.

—¿De qué?

—De movimiento. De presión. De sonido. —Hizo una mueca—. Cuando algo grande cruce la red, avisarán.

—¿A quién?

—A quien esté mirando.

—¿Y quién está mirando?

Anselmo alzó los prismáticos de nuevo, y los dirigió hacia el exterior de la bahía, más allá de la línea de boyas, hacia el mar abierto. Durante un buen rato permaneció inmóvil. Después los bajó despacio, con el rostro tenso.

—Mira allí.

Ceferino miró.




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