Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 25: El ensayo general del día de la luna

Anselmo entró en la cocina con las botas empapadas, la bufanda de doña Remedios colgándole del cuello como una serpiente cansada y una expresión de satisfacción que le rejuvenecía diez años.

Detrás de él, con la caja de herramientas bajo el brazo y un trozo de bocadillo de calamares en la mano, apareció Ceferino, que saludó a la sala con un gesto de cabeza, se dejó caer en una silla y se puso a masticar con la serenidad de quien ha cumplido una misión histórica.

Eran las dos y diez de la madrugada. En la cocina de Lucas se había instalado una luz amarilla y cansada, la de una única lámpara que alguien había acercado a la mesa para poder ver el mapa. Sobre él seguía extendida la cartulina enorme con la bahía dibujada en rotulador, ahora cubierta de añadidos: flechas de colores, cruces, números, una mancha de aceite en una esquina y una huella de dedo en la zona del faro. Marina, sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una manta sobre los hombros, miraba a los recién llegados con los ojos muy abiertos. Lucas, a su lado, había puesto agua a hervir sin que nadie se lo pidiera.

—Contadlo todo —dijo.

—Con calma —respondió Anselmo, quitándose la gorra—. Primero un café.

—Está en camino.

—Y algo de comer.

—Hay pan.

—Con eso basta.

Se sentó a la mesa con un gruñido, extendió las manos nudosas sobre el mapa y fue señalando, con un dedo grueso y callado, cada lugar donde habían estado.

—Esta es la línea de boyas. Veintidós. Con luces rojas que parpadean cada tres segundos. Entre la tercera y la cuarta hay una más grande, con una luz verde. Es la que marca el centro.

—¿Y la red?

—Debajo. A tres metros de profundidad. Una malla muy fina, de aleación, que cuelga de dos cables de acero. Cada cuarenta metros, un sensor.

—¿Cuántos sensores?

—Ocho. —Hizo una mueca—. Y más allá, ancladas en el fondo, otras tantas cajas con luces verdes. Esas no sé qué son.

—Cámaras —dijo Olga.

Todos se volvieron. La mujer de pelo corto y mirada gris acababa de entrar por la puerta trasera, con el abrigo oscuro cubierto de rocío y los ojos hundidos de quien lleva horas sin dormir. Cerró tras ella con cuidado, se acercó a la mesa y apoyó las dos manos sobre el borde.

—Perdón por el retraso. No podía salir sin que me vieran. Me he escabullido por la cocina, con la ayuda de Genaro.

—¿Genaro? —preguntó Lucas.

—Dice que se lo debe a un compresor.

—Qué agradecido.

—Es un hombre muy sentimental. —Olga se sentó, se pasó la mano por la cara y señaló un punto del mapa—. Las cajas del fondo son cámaras de infrarrojos y de sonar. Están conectadas por cable a un servidor que hay en el yate. Todo lo que pase por la bahía queda registrado. Y todo lo que cruce la línea de la red, dispara una alarma en la cabina de mando.

—¿Quién está en la cabina?

—Salvatierra. Con su equipo médico. Y con una máquina que controla el cabrestante principal.

—¿El qué?

—El cabrestante. —Hizo un gesto con las manos, cerrando un círculo—. Un torno enorme, accionado por un motor eléctrico, que recoge el cable de acero y tensa la red. En cuanto se activa, la malla se cierra como un embudo, y lo que haya dentro queda atrapado.

—¿Y se puede desactivar?

—Desde el yate, sí. Desde fuera, no.

—Salvo que alguien corte el cable —dijo Anselmo.

Hubo un silencio incómodo. Ceferino dejó de masticar. Marina notó que la mirada de todos se iba desplazando lentamente hacia un mismo punto de la cocina, hasta que dos ojos, serenos y casi divertidos, se encontraron con los suyos.

—Yo puedo hacerlo —dijo Lucas.

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La reacción fue inmediata y unánime.

—No —dijo Marina.

—Ni hablar —dijo Olga.

—Estás loco —dijo Ceferino.

—No pienso permitirlo —dijo una voz desde la puerta, y todos se volvieron para ver aparecer a Sofía, en vaqueros y jersey de lana, con una carpeta en la mano y el pelo recogido en una coleta torcida.

—¿Cómo has entrado? —preguntó Lucas.

—Por la puerta. Estaba abierta. —Se quitó el abrigo, lo dejó sobre una silla y se acercó a la mesa con el ceño fruncido—. ¿Qué es esa tontería?

—No es una tontería.

—Es una locura.

—Es lo que hago.

—¿Lo que haces?

—Corto redes. —Se encogió de hombros con una sonrisa torcida—. Es lo único que sé hacer bien. Y es la primera vez que puedo hacerlo para algo que importa.

—Lucas…

—Escuchad. —Se puso de pie, rodeó la mesa y apoyó los dos puños sobre el mapa—. Hay un cable principal que baja del yate hasta el centro de la línea. Un cable de acero, grueso, de unos veinte milímetros de diámetro. Si logro llegar hasta él, y cortarlo, o liberarlo de la grapa que lo sujeta, la red se queda sin tensión. Se vendrá abajo por su propio peso. Y quien pase por encima…

—No quedará atrapado —terminó Olga.

—Exacto.

—Pero es peligroso.

—Es buceo. Llevo once años haciéndolo.

—Es buceo nocturno, con sensores de movimiento, y un yate con cámaras de infrarrojos que te vigila.

—Lo sé.

—Si te detectan…

—Entonces tendré que ser rápido.

—Y silencioso.

—Eso también.

—Y no tener miedo.

—Eso es lo más difícil.

Se quedaron mirándose. Marina, en el suelo, había dejado de respirar. Dentro de ella se agitaban dos sentimientos enfrentados: un terror frío, casi físico, a que le pasara algo, y una especie de orgullo callado, tan hondo que le dolía.

—Lucas —dijo en voz baja.

—Dime.

—No quiero que arriesgues tu vida por mí.

—No es por ti.

—¿No?

—Es por todos. Por el pueblo, por Anselmo, por Coral, por ese animal enorme que lleva cuarenta años sin poder cantar. —Sonrió—. Y un poquito por ti. Pero solo un poquito.

—Mentiroso.

—Un poco.

Marina se levantó despacio, con la manta resbalándole de los hombros, y se acercó a él. Se detuvo a un palmo de distancia, le puso las dos manos sobre el pecho y lo miró fijamente, con los ojos brillantes.




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