Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 26: La Fiesta del Mar

Santa Marea despertó aquel día con la sensación de que algo muy grande estaba a punto de suceder, y se vistió para recibirlo.

Desde las primeras horas de la mañana, las calles se llenaron de guirnaldas, de banderines de papel y de faroles de colores que colgaban de balcón a balcón como frutas maduras. En la plaza de los Faroles, los vecinos montaron un escenario de madera con un telón de sábanas azules y una pancarta enorme que decía, en letras recortadas a mano: Bienvenidos a la Fiesta del Mar. En el puerto, las barcas de pesca se habían engalanado con ramos de laurel y cintas de seda, y los marineros, con sus mejores camisas, las lavaban con cubos de agua dulce como quien baña a un hijo antes de la comunión. Desde las ventanas salía un aroma continuo a sofritos, a dulces de almendra, a caldo de pescado. Y en la torre de la iglesia, desde el mediodía, una campana rota e indisciplinada sonaba cada hora, con cinco minutos de retraso, sin que nadie supiera quién tiraba de la cuerda.

—Es Aurelio —decía doña Remedios, con los brazos en jarras, plantada frente al campanario—. Seguro.

—Lo dudo —respondía Candelaria—. Tiene las llaves, pero le da miedo la altura.

—Pues será el viento.

—No hace viento.

—Será el alma del fundador.

—Remedios.

—¿Qué? A lo mejor el hombre quería sonar.

Marina, mientras tanto, se vestía en el cuarto de Lucas, con la puerta entornada y las manos temblando sobre los botones del vestido azul marino.

Lo había ensayado muchas veces, pero nunca con tantas ganas de llorar. Se abrochó los puños con una meticulosidad casi monacal, se alisó la falda, se ajustó el cuello. Después se sentó en el borde de la cama, frente al espejo del armario, y se quedó mirando su reflejo. Una joven pálida, de ojos verdes muy abiertos y cabello oscuro recogido en un moño flojo, con un chal de lana verde sobre los hombros y una concha rosada sobre el pecho. Tenía el aspecto de alguien que ha madurado cien años en tres semanas.

—Hola —le dijo al espejo.

El espejo no contestó. Pero por un instante le pareció que la muchacha del reflejo le sonreía con una ternura que no era del todo suya.

—Tengo miedo —confesó.

—Es normal —dijo una voz desde la puerta.

Se volvió. Lucas estaba en el umbral, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable. Llevaba unos vaqueros, una camisa de manga larga y una chaqueta de lana gruesa, abrigo impropio de un día tan templado, y bajo la ropa se adivinaba, en los hombros y en los muslos, el contorno rígido del traje de neopreno que se había puesto desde primera hora para no tener que cambiarse en el último momento.

—Estás sudando —dijo ella.

—Estoy cocido.

—Te va a dar un golpe de calor.

—No tengo otra opción. Si me lo quito, no vuelvo a entrar en él.

—Podrías dejarlo en la lancha.

—Y que me lo vea todo el pueblo ponérmelo en el muelle. —Hizo una mueca—. Prefiero sufrir en silencio.

—Qué heroico.

—Es lo mío.

Marina soltó una risa suave, y la tensión de su rostro se aflojó un poco. Lucas entró en la habitación, con el andar tieso de quien lleva una armadura invisible, y se sentó a su lado. El colchón crujió bajo los dos. Se quedaron un buen rato callados, mirando el reflejo en el espejo: él, rojo y sudoroso; ella, pálida y serena.

—Estás preciosa —dijo él.

—Gracias.

—No lo digo por decir.

—Lo sé. —Le tomó la mano—. Tú también.

—Estoy sudando.

—Con mucha elegancia.

Se rieron, y apoyaron las frentes la una contra la otra. Fuera, la campana volvió a sonar, ronca y desafinada, y un grupo de niños pasó corriendo por la calle gritando que habían visto un unicornio en la plaza.

—Es hora —murmuró Marina.

—Todavía no.

—Casi.

—Cinco minutos.

—Cinco minutos.

Cerraron los ojos. Y durante cinco minutos, ni uno más ni uno menos, no pensaron en nada.

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La procesión de la Fiesta del Mar salió de la plaza del Ayuntamiento a las siete de la tarde, con el sol bajo y dorado, y una multitud tan numerosa que a los más viejos del pueblo les costó recordar cuándo se había reunido tanta gente en Santa Marea.

Abría la marcha la banda municipal, formada por doce músicos de edades diversas, con uniformes de color granate algo desteñidos y una colección de instrumentos que parecían haber sobrevivido a varias guerras. Tocaban un pasodoble con más entusiasmo que ritmo, y el tuba, un hombre colorado y menudo llamado Evaristo, soplaba con tal ahínco que de vez en cuando se le oía gemir. Detrás de ellos desfilaban los niños de la escuela, con túnicas azules y coronas de algas de papel, repartiendo pétalos de rosa entre el público. Después, los pescadores, con sus gorras en las manos y las caras serias, llevando en andas una imagen de la Virgen de las Aguas. Después, la cofradía de las mujeres, con velas encendidas y rebecas de domingo. Y al final, tirada por un tractor viejo disfrazado de caballito de mar, con ruedas forradas de papel crepé y una cúpula de conchas y de redes, avanzaba la carroza principal.

Marina iba sentada en lo alto.

Le habían preparado un asiento de madera tallada, tapizado de terciopelo azul, en el centro de una plataforma decorada con guirnaldas de flores marinas. A sus pies se amontonaban caracolas gigantes, estrellas de mar de cartón y una red de pesca adornada con farolillos. Sobre su cabeza, una concha enorme de papel maché se abría como un dosel. A su lado, en un taburete bajo, vestido con una túnica de capitán que le llegaba hasta los tobillos, sostenía el timón de la carroza el mismísimo alcalde, Aurelio Bermúdez, con una gorra de marinero calada hasta las cejas y una expresión de absoluta devoción.

—¿Cómodo? —preguntó.

—Muy cómodo.

—¿No tiene frío?

—No.

—¿Necesita agua?

—Ni se le ocurra.

—Perdón, perdón. —Se llevó una mano a la boca—. Se me olvidaba.

—No pasa nada.

—Es que estoy nervioso.




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