Amor Abisal( Pasión Marina)

Capítulo 27: El cuchillo y la llave inglesa

La lancha del Instituto Oceanográfico de Santa Marea no estaba hecha para las gestas heroicas.

Era una neumática gris, de cuatro metros de eslora, con un motor eléctrico que silbaba como una tetera y un casco remendado en tres sitios con parches de colores distintos. Llevaba en la proa, pintado con una brocha gorda, un nombre que alguien había escrito con más cariño que ortografía: La Medusa Cansada Dos. Y esa noche, a las once y veinte, avanzaba por las aguas oscuras de la bahía con una lentitud casi respetuosa, empujada por una mujer de sesenta y cuatro años que gobernaba el timón con una mano y sostenía en la otra un termo de té de menta.

—Te dije que no te movieras —dijo la doctora Elvira Castañeda.

—No me muevo.

—Te estás rascando.

—Es el neopreno.

—Pues aguanta.

—Es que me pica la espalda.

—Es el nerviosismo.

—Es la cremallera.

—Lucas.

—Perdona.

Estaba sentado en el borde de la lancha, de espaldas al mar, con las botellas de aire a su lado, el cinturón de plomos ajustado a la cintura, las aletas en el regazo y la máscara colgándole del cuello. Se había quitado la chaqueta de lana y los vaqueros y había dejado al descubierto el traje negro, que le ceñía el cuerpo como la piel de una foca. Sobre el pecho, sujeto con una cinta, llevaba su cuchillo de buceo, el mismo con el que, tres semanas antes, había cortado una red a doce metros de profundidad. Y en una funda a la altura del muslo, asomando con una dignidad casi cómica, un objeto metálico que no pertenecía a ningún manual de submarinismo: una llave inglesa del número catorce.

—¿Estás seguro de que eso va a servir? —preguntó Elvira, señalándola con la barbilla.

—Ceferino dice que sí.

—¿Y quién es Ceferino?

—Un pescador con mucha experiencia en generadores.

—Qué reconfortante.

—Dice que la grapa que sujeta el cable principal está atornillada. Que no hace falta cortar el acero. Basta con aflojar las tuercas.

—Eso suena muy sencillo.

—Es lo que me preocupa.

La directora no contestó. Dio un sorbo al té de menta, con los ojos fijos en la oscuridad, y apagó el motor con un pequeño giro de muñeca. La lancha se deslizó todavía unos metros, mecida por una ola larga, hasta detenerse junto a una boya roja que parpadeaba con una luz triste y regular. A su alrededor, el agua tenía un color de tinta, salpicada de reflejos plateados. Más allá, a lo lejos, se adivinaba la silueta de La Dama Blanca, con sus ventanas encendidas y sus cubiertas bañadas por una claridad amarilla.

—Es esta —dijo Lucas, mirando la boya.

—La cuarta de la línea.

—La de la luz verde está justo a su lado.

—Es el centro.

—Ahí abajo debería estar la grapa.

—Debería.

Elvira bajó la voz.

—Escúchame bien, Lucas. No te lo voy a decir dos veces. Si ves que algo se complica, que la cosa se tuerce, que el aire se acaba, que la visibilidad es mala o que el sensor se dispara, subes. Sin discutir. Sin heroísmos.

—Lo prometo.

—No me vale la promesa. Quiero que me mires a los ojos y me lo digas.

Lucas se volvió hacia ella. A la luz de la luna, la directora tenía el rostro más fino y más viejo de lo que recordaba, con arrugas profundas en las comisuras de los ojos y un mechón de pelo gris escapándose del moño. Pero los ojos, tras los gruesos cristales de las gafas, brillaban con una intensidad serena que lo conmovió.

—Subo si se complica —dijo.

—Gracias.

—Pero también te digo una cosa.

—Dime.

—Si no subo, es porque tengo que terminar.

—Eso ya lo sé. —Elvira esbozó una sonrisa pequeña y seca—. Por eso te lo estoy pidiendo.

Le tendió la mano, y él se la estrechó. Fue un apretón corto, casi profesional. Pero cuando se soltaron, la mujer le puso la palma abierta sobre la mejilla, con un gesto fugaz de ternura que no repitió jamás, y dijo, en un tono tan bajo que apenas se oyó:

—Hace veinte años te contraté porque eras el único que sabía contar erizos. Y hoy me parece lo más acertado que he hecho en mi vida.

—Elvira…

—Ve. Antes de que me ponga a llorar y se me empañen las gafas.

Lucas se colocó la máscara, se ajustó el regulador, mordió la boquilla y comprobó la presión del manómetro con los ojos fijos en la aguja. Todo estaba en orden. Dio una última mirada al cielo, a la luna enorme, a la línea lejana de las luces del pueblo. Y se dejó caer hacia atrás por la borda, con un movimiento limpio y entrenado, hasta que el mar lo recibió con un abrazo helado y silencioso.

---

El mundo, bajo el agua, se transformó al instante.

Los ruidos de la superficie desaparecieron, sustituidos por el rumor sordo de su propia respiración y el crepitar de las burbujas ascendiendo hacia la luz. El frío le atravesó el traje como una mano de hielo, pero casi al momento lo asumió, como se asume un viejo conocido. Abrió los ojos. Y lo que vio lo dejó sin aire durante un segundo.

La bahía estaba iluminada.

No por focos ni por linternas, sino por la propia luna, cuyos rayos penetraban en el agua formando columnas inclinadas de una claridad opalina. Las partículas en suspensión flotaban en ellas como polvo de plata. A su alrededor, el mar era un salón inmenso, de paredes azul marino y techo de cristal, donde cada movimiento levantaba un remolino de destellos. Y a tres metros bajo sus aletas, extendida de un lado a otro hasta perderse en la oscuridad, la red.

Era una pared.

Una pared de malla gris azulada, tan fina que parecía de encaje, tensada entre dos cables de acero que descendían en vertical desde las boyas. Cada cuarenta metros, sujetas con grapas, brillaban unas cajitas negras con una lucecita verde que parpadeaba cada tres segundos. Lucas contó cinco hacia la izquierda y cuatro hacia la derecha. Ninguna se había movido todavía. Ninguna lo había detectado.

Respiró hondo, con la boquilla entre los dientes, y empezó a descender.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.