Amor, amor...
Amor, sé que nos dejamos ir. Sé que dolió. Sé que aquella tarde lloramos y gritamos de frustración, no porque el amor se hubiera acabado, sino porque quedarnos había empezado a doler más que irnos. Hay despedidas así: no las provoca la ausencia de amor, sino el peso insoportable de sostenerlo.
Todavía recuerdo la primera vez que te vi.
Fue en aquel parque, una mañana que no tenía nada de especial hasta que apareciste tú. Venías sin mirar por dónde ibas, y yo tampoco estaba prestando atención al mundo. Chocamos como en esas películas románticas que siempre me parecieron absurdas, solo que en nuestra versión no hubo música de fondo ni pétalos cayendo del cielo: hubo un vaso derramado sobre mi ropa, una mancha enorme y mi cara ardiendo de furia.
—¿Eres estúpido? —te pregunté.
Te quedaste mirándome como si acabara de hablarte en otro idioma.
—Lo siento.
—¿Eso es todo?
—Puedo decirlo otra vez, si quieres.
Quise odiarte en ese instante. De verdad quise hacerlo. Pero levanté la mirada para seguir insultándote, y entonces encontré tus ojos.
Eran azules. No de ese azul bonito que algunas personas tienen y que uno olvida a los pocos segundos. Los tuyos guardaban algo distinto, algo que me devolvió, sin permiso, al océano de Acapulco que había visto de niña, cuando me quedé demasiado tiempo mirando el agua, convencida de que el mar escondía algo bajo su superficie inmensa.
Y entonces ocurrió.
No sé explicarlo de otra manera: sentí algo moverse dentro de mí, algo sin nombre todavía. Ahora sé que probablemente no fue mi corazón hablándome —el corazón no sabe hablar, es la mente la que observa primero, la que interpreta y manda la señal al cuerpo—, pero aquella vez yo era demasiado joven para entenderlo, y preferí inventarme una explicación más hermosa.
Creí que tus ojos me habían hablado.
Creí que me habían dicho amor, amor... sálvame
Y desde ese instante decidí algo que terminaría lamentando muchos años después: decidí salvarte.