La segunda vez que te vi fue en nuestra primera cita. Llegaste diez minutos antes y fingiste que no estabas nervioso. Lo supe porque movías la pierna debajo de la mesa sin parar, y porque cada vez que nuestras miradas se cruzaban, apartabas los ojos como si te quemaran.
Yo, en cambio, hablé. Hablé durante horas. Te conté historias que probablemente no le había contado a nadie más: mi infancia, las cosas que quería hacer antes de morir, los lugares a los que soñaba viajar, las películas que me hacían llorar y todas las tonterías que se me cruzaban por la cabeza sin pedir permiso.
En algún momento me detuve.
—¿Estoy hablando demasiado?
Sonreíste.
—Me gusta escucharte.
No recuerdo qué estábamos comiendo aquella noche. No recuerdo cuánto costó la cena. Pero recuerdo esas cuatro palabras como si me las hubieran tatuado. Había pasado tanto tiempo sintiendo que mi manera de hablar era demasiado, que escucharte decir aquello se sintió como encontrar una casa después de caminar bajo la lluvia sin saber hacia dónde.
Te miré. Me mirabas como si de verdad estuvieras encantado de tenerme enfrente.
Y volví a pensar en tus ojos.
Amor, amor... sálvame
Aquella noche regresé a casa convencida de haber encontrado al hombre indicado. No sabía que, en realidad, había encontrado a la persona por la que terminaría olvidándome de mí misma.