Amor Ciego

Capítulo 16

—¡Esa es la mujer que atacó a mi esposo! —informó Clara a los dos policías que entraron a la casa.

Sucedió que, casi al mismo tiempo, llegaron a la residencia Reyes una ambulancia, una patrulla y detrás de esta, el taxi que por fin había logrado encontrar Joel. Mientras él se apresuraba a la entrada, en el interior, los paramédicos examinaban el cuerpo de su padre y certificaron su muerte. Un infarto fulminante le había quitado la vida.

La policía detuvo a Mariana, quien saliendo por fin de su letargo, gimió por sus hijos.

—¿A dónde me llevan? —preguntó con voz temblorosa—. ¡Déjenme ir! ¡Tengo que volver con mis hijos!

—¡A la cárcel es a donde vas a ir! —le gritó Clara Reyes.

Mariana sintió de nuevo ganas de vomitar. El miedo la invadió al ser casi levantada en vilo por los dos policías para llevarla por el pasillo.

—¡Marcos! —gritó ella al desconocer a los sujetos a su lado—. ¡Ayúdeme! ¡No deje que me lleven!

Pero Marcos se había alejado hacia la salida de la casa para encontrarse con Joel, a quien le informó a grandes rasgos lo que había sucedido.

—Pero su padre dijo que no la culparan de su muerte, señor, esas fueron sus últimas palabras.

Con el rostro serio, Joel permitió que su dolor se manifestara en abundantes lágrimas que se deslizaron por sus mejillas descoloridas. Por el pasillo miró acercarse a los policías con Mariana y cuando pasaron a su lado, sólo se limitó a quitarse de en medio, lo más silencioso posible. Ella olfateó el aire y mirando atrás, pues los policías no le habían permitido detenerse cuando quiso hacerlo, preguntó incrédula:

—¿Nic? ¡Nic! ¿Estás aquí?

Joel apretó la mandíbula para no responderle. En ese instante sólo quería que la sacaran de su vista, así que sin mover un músculo siquiera, los miró salir. Su madre, acercándose a él, lo abrazó sin dejar de llorar.

—Tu padre, Joel, se ha ido. ¡Esa mujer lo mató!

Joel apretó más la mandíbula, tanto, que le dolió. De casualidad no se rompió las muelas por la presión, pero sí sintió que sus entrañas se removían a causa de muchos sentimientos que no pudo descifrar, porque eran un revoltijo cubiertos de contradicción.

—Se irá a la cárcel, Joel —añadió su madre con tono lleno de rencor—. No quiero que ni tú ni Luis, ni nadie de su bufete la ayude. Si lo hacen, juro que cambiaré de abogados y luego les haré a ellos la vida miserable.

Joel quiso gritarle a su madre. Estaba siendo injusta. Ellos estaban en ese instante en el lugar de Mariana cuando perdió a su hijo, ¿acaso no podía su madre sentir compasión por la mujer?

—Esa pordiosera me ha quitado a mi querido esposo —gimió Clara y Joel, casi asqueado por sus palabras, la hizo a un lado.

De nuevo, lo más importante para su madre era su padre, por encima de él, incluso sobre lo que era justo. Siempre fue así.

—Mamá —dijo en tono cansado—. Si a alguien quieres culpar, yo soy el único culpable. Fui yo el que la citó aquí. Papá ha muerto porque yo la hice venir para disculparme por matar a su hijo.

Su madre lo miró con disgusto, pero no le dijo más, sino que se ocupó en usar su celular para marcar el número de Luis y darle la noticia de la muerte de su esposo. Le pidió que se hiciera cargo de lo del funeral y después lo amenazó con despedirlo si ayudaba a la asesina, pues le reseñó a grandes rasgos lo acontecido.

—¡Y no se te ocurra hacerle caso a mi hijo si te pide ayuda para que defiendas a esa mujer! —ordenó por último.

Joel sintió que la hiel se le reventaba. Ya no era un niño y su madre así lo estaba tratando. Sonó justo como cuando su padre le prohibió volver a Costamarfil y ella lo apoyó.

«Lo quieras o no, ya no volverás allá, Joel», le había dicho ella. «Tu padre te lo prohíbe por tu bien. No serás tú parte del escándalo en el que ahora están envueltos tus tíos».

Ellos bien que pudieron ayudar a sus tíos. Manolo Quivera era hermano de su madre, pero ella sólo se limitó a obedecer la voluntad de su padre cuando este ordenó que ellos no debían involucrarse.

Nunca ganó nada por discutir con sus padres, así que evitó hacerlo en esta ocasión con su madre y decidió que debía manejar los asuntos a su manera, como siempre.

Marcos había permanecido afuera, pues pensó que quizá Joel querría hablar con él, así que no se sorprendió cuando lo vio salir.

—Marcos —le dijo con voz firme. Había dejado de llorar, pero en su rostro estaba la marca de sus lágrimas—. Regresa a la hacienda y está pendiente de la familia Alanís. Yo veré qué hago para ayudar a Mariana.

—Sí, señor Reyes… yo, lamento mucho lo de su padre. Siento que las cosas no salieran bien.

—No más que yo, Marcos, no más que yo.

—¿No quiere que antes de irme le ayude con lo de su auto?

—No, vete ya. Del auto ya me hice cargo —Y así era, pues mientras se dirigía a su casa en el taxi que por fin había pasado desocupado cuando estaba por quitar la llanta pinchada, llamó a la grúa para que lo llevaran al taller.

Marcos asintió, después subió a su camioneta y regresó solo a la hacienda.




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