Amor Ciego

Capítulo 18

Joel tomó el celular, miró quién lo llamaba e ignoró la melodía compuesta por la naturaleza: las olas del mar rompiendo en la playa en una noche tranquila.

Era Marcos. El hombre llevaba varios días marcando su número, pero desde la muerte de su padre, él había evitado el contacto con la hacienda. Sus sentimientos eran un caos. Por momentos no quería saber nada de Mariana y en otros, sí.

Esa mañana, por ejemplo, se había levantado con el deseo de verla, pero sabía que debía reprimirse. Ya se le había informado a ella que él nunca iba a volver, ¿qué caso tenía saber más de sus asuntos si no podía estar a su lado? Hizo todo cuanto pudo por ella y su familia. Ya contaban con una buena seguridad económica y tenían un lugar en donde vivir sin tener que preocuparse más que de trabajar la hacienda. Había dejado equipada la propiedad con buena mano de obra, así que nada les iba a faltar.

Su amor por ella estaba de más porque no lo merecía. Además, su madre seguía culpándola de la muerte de su padre y a él le aplicaba la ley del hielo. Seguía muy enojada porque se puso del lado de Mariana y no dejaba de llamarlo traidor.

Solo la escuchaba porque comprendía que descargarse con él era la forma que su madre había encontrado para batallar con el dolor y el vacío que le dejó la partida de su esposo, ese hombre que ocupó el primer lugar en su vida, pero ella debía aprender a vivir sin él.

A él también le dolía la muerte de su padre, claro que sí y pensaba que si no hubiera citado a Mariana a la casa ese fatal día, su padre quizá todavía estuviera vivo. Pero eso era algo que nunca sabrían. La verdad era que el médico les había dicho que su corazón podía detenerse en cualquier momento y que el paro sería mortal.

En ese momento, Joel estaba en la terraza que la sala tenía. Apoyado en el barandal, miraba en la distancia y a la vista parecía distraído, pero bien que sintió a su madre cuando esta, sin decir nada, se colocó a su lado.

La miró de reojo sin dejar de percibir la amargura de su semblante. Para su madre era muy difícil superar la ausencia de su esposo.

—¡Buenos días, mamá!

Ella, como venía haciéndolo, lo ignoró, pero después de unos minutos de silencio, preguntó:

—¿De veras vas a irte de viaje?

El día anterior, él le había dicho que si no podía ni siquiera verlo, entonces se iría no sólo de la casa, sino de la ciudad.

—Sí, madre. Además, ¿no era eso lo que íbamos a hacer los tres?

—Sí, pero era porque tu padre lo necesitaba.

—Pero ahora eres tú quien necesita que me aparte de tu vista. ¿Tanto te cuesta comprender que no podía mantenerme apartado del asunto de Mariana?

Su madre lo miró dolida, herida.

—Es que la preferiste a ella por sobre mí que soy tu madre. Me hiciste quedar como una mentirosa ante la policía. ¡Tú y ese mocoso al que le abrí las puertas de mi casa! ¡Todo por ella que no es nadie!

Joel sintió que la acidez estomacal subía por su garganta. Era poco propenso a recurrir al pasado, pero en ese instante no pudo contenerse, así que enfrentándola con dureza, le respondió:

—¡Esa mujer lo es todo para mí, tal como mi padre lo fue para ti, incluso por sobre mí que soy tu hijo! ¿Te atreves tú a reprocharme?

Clara desvió su rostro sin poder decir nada, pero reflexionó en medio de su dolor que su hijo tenía un buen punto. Por mucho que la lastimara no ser la más querida por Joel, comprendió que a pesar de que ella nunca hizo mucho por ganarse su cariño, él la quería y la respetaba. ¿Estaba dispuesta a perder lo que tenía de él? Ella detestaba la soledad.

No quería quedarse sola. Al aceptar esa verdad, lloró. Entonces, de repente, las imágenes de un niño solitario acudieron a su mente. Comprendió mejor lo que le había hecho a su hijo.

Con todo el egoísmo del mundo, lo había condenado a crecer en la soledad, apartado de unos padres que tanto necesitaba. Sí estuvieron ahí, pero sólo para criticarlo o prohibirle que hiciera cosas que podían perjudicarlos, no cosas que perjudicaran al niño en realidad, sino a ellos, sus padres, pero después de las prohibiciones, le decían que era por su bien.

La verdad era que sobre su hijo estaba el interés personal de ellos y jamás tomaron en cuenta lo que el niño podía sentir ante las privaciones, como cuando lo apartaron de sus tíos, por ejemplo. Tanto ella como su esposo sabían cuánto amaba su hijo a sus tíos, pero a ellos no les importó eso.

—Perdóname —murmuró en medio de las lágrimas—. Ahora sé que… te sentiste muy solo todos esos años.

Joel pasó saliva, tomó una mano de su madre y apretándola con suavidad, dijo:

—No, mamá, perdóname tú por decir eso, pues aunque te ibas, siempre volviste y nunca dejaste de sonreírme. Gracias, mamá.

Clara lloró más. En medio de sus lágrimas miró a su hijo. Sin que ella hubiera intervenido mucho, él se había convertido en un buen hombre. Los primeros años de formación en un niño son muy importantes, así que el que Joel fuera así se lo debía a su hermano y cuñada. Ellos habían sido lo que ni ella ni su esposo fueron. Unos padres amorosos que aprovecharon todo el tiempo que estuvieron con él para aconsejarlo y amarlo.

—Joel, llévame contigo, te prometo que no volveré a reprocharte nada.




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