Ander acarició con cuidado el vientre de su madre. Con el ceño fruncido, volvió a preguntar confundido.
—Ya me explicaste que es un bebé el que tienes adentro, mami, pero ¿cómo llegó ahí?
Mariana sonrió tierna ante la interrogante de su hijo. Si bien ya les había dado una clase especial a sus hijos de cómo venían los bebés al mundo, para Ander era complicado entenderlo pues no había un papá que hicieran más niños.
Al ir creciendo el bebé en su vientre, al niño le parecía más difícil creer que iba a tener un hermanito... o hermanita. La madre no sabía qué sería porque prefirió que fuera sorpresa, así que el médico que atendía su embarazo era el único que conocía el género.
—Pues como te he dicho, cariño. Los bebés se forman en el vientre de sus madres cuando ellas se juntan de una manera especial con sus esposos... o con alguien más cuando no tienen esposos. Ellos dejan una semillita que se mezcla con la de las mamás y así comienza a formarse el bebé.
—¿Y tú con quien te juntaste, mami?
Esa era la cuestión. Ya les había comunicado a los niños que su bebé era de Nic. No quiso ocultarles la verdad a pesar de la edad que tenían, pero a Ander se le dificultaba aceptarlo.
Mariana comprendía que el niño se sintiera inquieto al respecto. Lo abrazó y acariciando con infinito amor su cabeza, le explicó una vez más:
—Me junté con Nic, cariño, pero no debes preocuparte. Tu padre es muy importante para mí. Jamás lo olvidaremos, ¿no es verdad?
Ander la abrazó y con voz afligida dijo:
—No quiero que olvidemos a papá, aunque Nic es bueno.
—Amamos tanto a tu padre, que es imposible que lo olvidemos, mi cielo. ¿Qué te parece si tampoco olvidamos a Nic?
Ander asintió y en eso, Nat intervino:
—Unos niños en la escuela me dijeron que una cigüeña trae a los bebés de parís cuando les conté que iba a tener otro hermanito.
—A mí me dijeron que en el hospital venden a los bebés —informó Ander.
Mariana dirigió su mirada ciega a uno y luego al otro, guiada por sus voces.
No pudo verlo, pero Nat se encontraba recostado en el suelo boca abajo, jugando con unos autos de juguete.
Intentó no ponerse seria con lo que le dijeron sus hijos. Cada padre tenía derecho de educar a sus hijos como quisiera y lo respetaba, pero en cuanto a ella, no debía permitir que sus hijos crecieran mal informados en cuanto a asuntos importantes de la vida.
Ellos eran pequeños, era verdad, pero con discreción podía explicarles esas cuestiones, porque su edad no era pretexto para contarles mentiras o evadir las respuestas. Con palabras sencillas se podían decir las verdades más difíciles de exponer.
—Pero ustedes ya saben que eso no es cierto —les dijo en tono suave.
—Sí, mami —respondió Nat—, y como nos enseñaste a respetar lo que los demás creen, pues yo no les dije nada.
—Yo tampoco les dije nada, mami —dijo Ander.
Mariana les sonrió cariñosa y les dijo:
—Vengan, toquen aquí.
En su vientre, el bebé se estaba moviendo y esos movimientos fueron los que sintieron los niños al tocarla. En sus rostros se dibujó una expresión de perplejidad, pero de inmediato se transformó en alegría y aunque Mariana no pudo verlos, en sus voces identificó el júbilo.
—¡Ya lo quiero conocer! —exclamó Natanael, emocionado—. Me gustaría tener una hermanita.
—Sabremos si es niño o niña cuando nazca y para eso ya no falta mucho, mientras…
En ese instante, un repentino dolor atravesó su vientre, interrumpiéndola. Jadeó cuando el dolor se agudizó y no pudo evitar preocuparse. De acuerdo a los cálculos, le faltaban unas tres semanas para dar a luz.
—¡Mami! ¿Qué tienes? —inquirió Nat cuando vio la extraña expresión de Mariana.
—Estoy bien, no se preocupen. ¿Dónde está Paloma, todavía no regresa?
—Creo que no, mami. ¿Quieres que vayamos a buscarla?
Los sábados por la mañana, Paloma se había acostumbrado a trotar a caballo por el campo. Era una actividad que la hacía sentir muy bien.
—Sí, vayan, pero si no la ven por los alrededores, regresen, no se alejen. Si ven por ahí a Marcos, díganle que venga.
En medio de su oscuridad, Mariana escuchó a los niños correr fuera de la sala mientras otra punzada dolorosa la hacía arquearse. Ahogó un gemido y aspiró profundo. Al percatarse de que las contracciones se hacían más fuertes, sintió miedo. Su criatura podía estar en riesgo porque al sentirse húmeda, supo que se había roto la fuente.
—¡Dios! —gimió preocupada—. ¡Por favor, que no le pase nada a mi bebé!
De pronto, se sintió impotente y no supo qué hacer. Quería ver lo que sucedía, no sólo sentirlo. Al parecer, estaba dando a luz antes de tiempo, lo que no comprendió. Desde que confirmara que estaba preñada, se había cuidado mucho para evitar los problemas durante el embarazo. Siguió las instrucciones médicas al pie de la letra, de hecho, no había sentido ningún malestar físico antes, entonces, ¿por qué de pronto le sucedía eso?
Editado: 19.10.2026