Joel y su madre pasaron tres años recorriendo algunos países de Europa, como España, en donde pudieron ver al matrimonio Quivera.
El reencuentro fue emotivo. Hubo lágrimas, risas y muchas horas de diversión, además de momentos llenos de recuerdos. Joel descubrió que a sus tíos les iba bien. Cuando Manolo le contó que con muchos sacrificios habían logrado hacerse dueños de una pequeña y cómoda posada-restaurante para los visitantes de Puerto de Alicante, sintió admiración por su empeño.
Sus tíos jamás lo defraudaron y aunque en apariencia ya no eran igual que antes, pues los años transcurridos habían modificado su físico, sus personalidades seguían siendo las mismas.
En cambio, a los dos días de haber llegado, Manolo le dijo:
—Hay algo muy diferente en ti, Adiel.
Manolo se había tomado unos minutos de descanso, pues era casi la hora de la cena y debía supervisar que los alimentos de esa noche estuvieran en su punto. Adelaida y Clara habían salido esa tarde de compras y todavía no volvían.
—¿Por qué dices eso, tío? No olvides que ya no soy aquel niño que sólo se preocupaba por echarse al mar en su tabla, pasear por toda la costa y visitar Aak.
—¡Qué tiempos aquellos! Ahora que tu padre no está, lamento que nunca hice nada por conseguir su favor. Siento que ya no lo tengan con ustedes. Y sé lo mucho que te lastima su pérdida, Adiel, pero…
Lo miró con cariño al continuar:
—Percibo que detrás del dolor por la partida de tu padre, hay otra cosa que te causa una gran tristeza.
Joel casi sonrió. Su tío siempre supo cómo se sentía él sin necesidad de decirle nada y era quizá por eso que logró llenar el hueco que sus padres dejaban con su ausencia. Con Manolo se sentía comprendido y querido, pero como le dijera, ya no era un niño, además, su tío no tenía qué preocuparse por lo que le había sucedido.
—Quizá sólo sea la nostalgia de esos buenos días que no volverán, tío —dijo y al añadir, sonrió—, pero ahora tenemos la oportunidad de formar otros tan buenos como aquellos, ¿no crees?
Manolo correspondió su sonrisa y como supo que no lo haría decir nada más, exclamó:
—¡Tienes razón, bendita la vida que volvió a reunirnos!
Después de eso, el matrimonio Quivera se tomó unos días de vacaciones para acompañarlos por el recorrido que hicieron a otras ciudades de España y cuando llegó el día de su partida, quedaron de volverse a ver. De hecho, Clara invitó a su hermano y cuñada a visitarlos cuando regresaran a su país y ellos aceptaron la invitación con alegría.
De España fueron a Francia y ahí estuvieron algunos meses, luego visitaron Alemania, en donde pasaron otro buen tiempo.
Después de Alemania fueron a Rusia y como no llevaban una ruta ordenada para visitar los países, de Rusia viajaron a Italia y de ahí pasaron a Grecia. De ese modo hicieron su viaje hasta que llegó el día en el que Clara le pidió a Joel volver a Inglaterra, a la ciudad de Liverpool, a lo que él aceptó.
Al llegar a Leverpool, Clara no perdió tiempo y de inmediato se puso en contacto con su amiga Miranda y su hija Salome. La madre de Joel no perdía la esperanza de que la chica podía ganarse el favor de Joel, pero al cabo de cuatro meses de haber vuelto a Inglaterra, el resultado de sus maquinaciones seguía sin rendir fruto.
En una cierta velada, noches en las que Salomé y su madre no faltaban, el silencio era más que en otras ocasiones. Joel se limitó a mirar a Salomé, quien al parecer, se había perdido en sus pensamientos. En ese instante notó por qué su madre la había escogido sobre las demás mujeres.
Salomé era dueña de un cabello parecido al de Mariana: en tono y en largo, aunque no en estilo y su mirada era hermosa. Los ojos verdes tenían un color verde intenso, cautivador y penetrante. Además, poseía un cálido carácter, por lo que lograba hacer sentir bien a sus interlocutores.
Pero no era Mariana.
Era inútil que su madre la invitara a pasar con ellos el mayor tiempo posible cuando no estaba trabajando, pues con la tecnología que existía, no había imposibles para estar en las conferencias que cada mes tenía la junta directiva de Gayetatl o acudir vía Internet a cualquier lugar en donde se necesitase su presencia, incluso encargarse de diversos asuntos, como la expansión de la franquicia en otros países.
Y no es que le molestara pasar el tiempo con Salomé y su madre, ya que también Miranda era muy agradable, pero deseaba que su madre dejara de soñar. Clara Reyes tenía que desechar la idea de ponerlos en una relación más profunda que no podía ser otra que lo que era: una buena amistad y nada más.
Él no era ajeno a los sentimientos de la joven, pues desde un principio se dio cuenta que Salomé sentía por él algo romántico, una emoción que crecía a medida que los días y las semanas transcurrían.
Pero como continuaba sin ser correspondida, la decepción había entrado a la vida de la chica y la seriedad de esa velada correspondía a sus tristes pensamientos.
Entonces, puesto que esa noche nadie parecía querer decir mucho, Joel echó su silla atrás, se levantó y le tendió la mano a Salomé. No quería que ella siguiera haciéndose ilusiones por culpa de su madre, así que debía hablar claro con ella.
Editado: 19.10.2026