Amor en el alma

015.

"No discuto ante el destino cuando él me da la razón; no sé si sea correcto o tan solo es un juego bobo, pero a varios días puedes ver un corazón cuando él no tiene miedo y te permite verlo todo"
 


 

L'moure en guerre - Akira
 




 

Nadie.
 


Me sacó sonrisas en momentos dónde las lágrimas brotaban de mis ojos y viajaban por mis cachetes hasta sentir como se deshacían en la cuenca de mi cuello o caían al suelo hasta que llegaran las salpicaduras hasta el cielo; me llevó flores después de matarme, me compró con sonrisas vagas para seguirme sacando lágrimas. Yo sentía felicidad momentánea y era esa la responsable de sosegar temporalmente mi dolor, chiste efímeros me hacían olvidar la tristeza que desbordaba de lo más profundo de mi alma y me duele pensar que me llegué a conformar con tan poco

Solía decir que ese pequeño intervalo de risas entre lágrimas era la sombrilla para mi lluvia ¿Pero acaso dejaría de llover porque tuviera con qué cubrirme? sin importar que él se mojara bajo la lluvia, para mí, en ese momento me pareció un gesto de amor, cuando en realidad, él me daba la sombrilla para enfrentar la realidad que si conocía y no quería que yo viera; no quería que me diera cuenta de que esa lluvia eran mis ojos y que la sombrilla solo hacía que no sintiera las lágrimas, pero en mi interior aún llovía, en mi alma aún dolía.

Me abrazó mientras temblaba de frío para que no sintiera su verdadera lejanía, sentados en un balcón con vista a la playa y a las estrellas trataba de hacerme olvidar los malos ratos, de que ignorara los hilos quebrados de mi interior e ignorara el fuego de mi pecho. El horizonte se veía difuminado por algunas nubes y me dijo que parecía un tsunami; vaya manera de querer distraerme, que técnica de flirteo tan rara, y que desde pequeño soñaba con ellos en innumerables ocasiones de su vida, le traían recuerdos, que los veía de repente cuando miraba hacia la playa, que aparecían en sus pesadillas y se despertaba de golpe, por eso cada vez que vemos una ola me decía con un entusiasmo soñador y nefelibata:

—Mira, es un tsunami —juro que lo único que pasaba por mi mente era la electrónica, que siempre escuchaba en su celular. Tal vez la descargó por tu obsesión por ellos. Yo solo sentía un miedo incandescente, tal como un les de notificaciones cuando pensaba en esos fenómenos, me visitaba la nostalgia solo por pensar que miles de familias algún día perdieron sus hogares cerca de las cosas.

A él le atraían los tsunamis y todo lo que pudiera causar un daño, mientras yo trataba de parar mi lluvia y que las lágrimas dejaran de quemarme. ¡Éramos tan diferentes! Pero con el tiempo, me fui haciendo resiliente ante los daños y ante sus desaires, fui recobrando mi brillo y más que aprender a vivir con mi lluvia, aprendí a amar con intensidad cada gota, aprendí a resistir lo peor para merecer lo mejor.

Y no me vanaglorio de todo aquello, pero me daría miedo no haberlo vivido, porque de no ser así, no sabría la mitad de lo que ahora sé.

Nadie se debería arrepentir de tener un conocimiento del que es consciente que tiene posesión absoluta, es por eso que agradezco que Axel haya aparecido en mi vida, aunque me hayan pasado cosas que no merecí jamás; merezco tener esta madurez emocional porque sé que siempre voy a dar todo de mí, que siempre voy a ser mi propia competencia y que cada día me levantaré con unas ganas sobrehumanas de crecer y de ser mejor que el día anterior, en mejorar en todo lo que hago y lo que amo, dar lo mejor de mi hasta que mi familia se sienta orgullosa de tenerme y haberme criado.

No quiero morir pensando como una mediocre y teniendo una mentalidad tercermundista, quiero morir sabiendo que llegué al mundo, que hice algo que amé y me hizo llorar de alegría, si solo cinco personas leen lo que escribo, entonces estaré feliz de que cinco personas valoren mi esfuerzo de toda la vida y sean partícipes de mi éxito.

Era de noche y las luces de un barco alumbraban la oscuridad en medio de la nada, en medio del mar oscuro, se podía apreciar desde mi balcón, el balcón donde acostumbrábamos a sentarnos a comer, a beber café, a sincerarnos y a contarnos historias y anécdotas que nos habían pasado. Ese balcón sería «El balcón de los recuerdos». Puedo asegurar que nos conocimos mucho sentados en ese balcón, pero no era así de un todo; él nunca me conoció, de mí nunca se enamoró. Él amó lo que creó en mí, amó que yo lo hiciera sentir bien y me alegrara de sus triunfos, amó que lo hiciera reír y secara sus lágrimas; pero me fallé a mí para no fallarle a él ni a lo que con tanta seguridad le prometí. Se enamoró de la versión de mí que él mismo creó; jamás me permitió ser yo misma y darme a conocer, solo me dio a entender que le quedé muy grande, y decidí que era mejor no discutir contra esa lógica.

Se veían las luces de los edificios, y en una fracción de segundos olvidamos de que estábamos hablando, porque en noches como esas los besos nos interrumpían; interrumpían mis lágrimas y aún me cuesta creer que fui capaz de recibir besos y dolor de la misma persona.

Sus besos inoportunos siempre eran bienvenidos, interrumpían cualquier clase de momento, de ocasión o conversación para sentirse y saborearse. Pero no eran más que eso: sabor y sensaciones. Caí sumida en un aura romántica donde aceptaba cualquier maltrato psicológico a cambio de cariño falso y promesas vacías, entregué confianza y a cambio de eso, recibí una lealtad que hubiera preferido no tener; su manera de querer era patética, tóxica, caótica y dañina, al igual que su sabor del infierno.

¡Estaba claro! Las apariencias me engañaron y vaya engaño, vaya expectativas falsas que me creé; le di un lugar en mi vida que jamás mereció.

Sus manos reposaban en mi rostro y las mías en la curvatura de su cuello, podía sentir su cálida respiración fusionarse con la mía, y mi cuerpo frío ansiando cada vez más de su calidez atroz y consumidora.




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