Amor en juego

Capítulo 10

Alessia
No dormí.
Ni siquiera un poco.
Y lo peor era que sabía exactamente quién tenía la culpa.
Adrian.
Otra vez Adrian.
Parecía que últimamente todo terminaba llevándome a él, incluso cuando hacía todo lo posible por mantenerlo fuera de mi cabeza.
La escena de la biblioteca se repetía una y otra vez.
Su mirada.
Su voz.
La distancia inexistente entre nosotros.
Y aquella frase que todavía me hacía sentir un cosquilleo extraño en el estómago.
"Estoy intentando."
No sabía qué era peor.
Que hubiera estado a punto de besarme...
o que una parte de mí hubiera querido que lo hiciera.
Me giré en la cama y escondí la cara debajo de la almohada.
—Esto es ridículo.
Me estaba enamorando de alguien a quien había llegado a destruir.
No.
No podía llamarlo así.
Todavía no.
No estaba enamorada.
Solo estaba confundida.
Eso era todo.
Confundida.
Sí.
Me repetí esa palabra tantas veces que casi conseguí creérmela.
Hasta que mi teléfono vibró.
Lo tomé sin muchas ganas.
Un mensaje.
Número desconocido.
Abrí la conversación.
"Si quieres saber qué pasó aquella noche, busca en el archivo del edificio antiguo."
Me incorporé inmediatamente.
El corazón me empezó a latir con fuerza.
¿Aquella noche?
No necesitaba que dijeran cuál.
Sabía perfectamente de qué hablaban.
La noche en que Elena murió.
Mis dedos se quedaron quietos sobre la pantalla.
Después llegó otro mensaje.
"Pero no vayas sola."
Fruncí el ceño.
¿Quién estaba enviándome aquello?
Y, sobre todo…
¿cómo sabía que estaba investigando?
Escribí rápidamente:
"¿Quién eres?"
Esperé.
Nada.
Volví a escribir.
"¿Qué archivo?"
Nada.
Cinco minutos.
Diez.
Silencio.
Hasta que apareció un último mensaje.
"Pregúntale a Adrian."
Sentí un escalofrío.
Solté el teléfono sobre la cama.
No.
Definitivamente no.
No iba a preguntarle a Adrian.
Porque cada vez que me acercaba a él olvidaba por qué estaba allí.
Y eso era demasiado peligroso.
Al día siguiente llegué temprano a Valmont.
Mucho más temprano de lo normal.
El edificio antiguo todavía estaba prácticamente vacío.
Perfecto.
Si quería respuestas, tenía que encontrarlas antes de que alguien se enterara.
Caminé por el pasillo de piedra con el corazón acelerado.
Recordaba perfectamente lo que había dicho el mensaje.
El archivo del edificio antiguo.
El problema era que había cientos de habitaciones.
Y ninguna tenía un letrero que dijera:
AQUÍ ESTÁN LOS SECRETOS QUE ARRUINARÁN TU VIDA.
Qué decepción.
Entré en una sala que parecía llevar años sin utilizarse.
Había cajas apiladas contra las paredes, muebles cubiertos con sábanas y carpetas antiguas.
Empecé a revisar una por una.
Nada.
Registros académicos.
Documentos administrativos.
Fotografías de eventos.
Nada.
Hasta que encontré una caja negra debajo de una mesa.
No tenía nombre.
Solo una pequeña etiqueta blanca.
H.P.
HeartPlay.
Sentí un escalofrío.
La tomé.
Pesaba bastante.
Miré hacia la puerta antes de abrirla.
Dentro había fotografías.
Decenas.
Algunas antiguas.
Otras más recientes.
Personas de Valmont.
Alumnos.
Fiestas.
Apuestas.
Y entonces vi algo que hizo que se me helara la sangre.
Elena.
Mi hermana.
Había una fotografía suya sentada en una mesa junto a varias personas.
Valeria estaba ahí.
Y Adrian también.
Pero había alguien más.
Un chico que no reconocía.
Le di la vuelta a la fotografía.
Había una fecha escrita a mano.
14 de octubre.
La fecha de la fiesta.
La misma noche que había cambiado nuestras vidas.
Me quedé mirando la fotografía durante varios segundos.
Entonces escuché un ruido.
La puerta.
Me giré rápidamente.
—¿Qué haces aquí?
Mi corazón casi se detuvo.
Adrian.
Otra vez.
Por supuesto.
Porque aparentemente el universo tenía una obsesión personal con ponerlo delante de mí cada vez que intentaba descubrir algo.
—Podría preguntarte lo mismo.
Él cerró la puerta detrás de sí.
—Yo llegué primero.
—Eso no parece cierto.
Sus ojos bajaron hacia la caja que tenía entre las manos.
Y su expresión cambió.
—Alessia.
—¿Qué?
—Cierra esa caja.
—No.
—Ahora.
—No me hables como si fueras mi jefe.
Adrian respiró profundamente.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Entonces explícame.
Silencio.
—Eso pensé.
Me di la vuelta para guardar la fotografía en mi bolso.
Pero antes de hacerlo, Adrian se acercó.
—Dámela.
—No.
—Alessia.
—No.
—Por favor.
Aquella palabra me sorprendió.
Adrian no parecía el tipo de persona que decía "por favor".
Lo miré.
Y por un momento olvidé la discusión.
Tenía una expresión distinta.
No estaba enfadado.
Estaba asustado.
—¿Qué hay en esa fotografía? —pregunté.
Él bajó la mirada.
—Una parte de la historia que no quieres conocer.
—Eso no lo decides tú.
—Sí.
—No.
Nos quedamos mirándonos.
Ninguno cedía.
Hasta que él dio un paso hacia mí.
Yo retrocedí.
Otro paso.
Y otro.
Hasta que mi espalda chocó contra una estantería.
Adrian quedó frente a mí.
Otra vez.
Demasiado cerca.
—¿Por qué haces esto? —pregunté.
—¿Qué cosa?
—Intentar protegerme.
Su mirada cambió.
—Porque deberías estar lejos de todo esto.
—¿Y tú?
—Yo ya estoy dentro.
—Entonces déjame entrar.
Su mandíbula se tensó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero verte terminar como...
Se detuvo.
Mi corazón se aceleró.
—¿Como quién?
Adrian apartó la mirada.
—Como alguien que ya no puede salir.
—¿Elena?
Su rostro perdió el color.
Lo había conseguido.
Había tocado el punto exacto.
—¿Qué sabes de mi hermana?
Silencio.
—Adrian.
Él volvió a mirarme.
Y por primera vez vi algo en sus ojos que nunca había visto antes.
Dolor.
—Más de lo que debería.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Entonces dime.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si te cuento todo...
Hizo una pausa.
—¿Qué?
Me miró directamente.
—Vas a odiarme.
No supe qué decir.
Porque una parte de mí ya lo odiaba.
Por lo que creía que había hecho.
Por lo que representaba.
Por ser parte de ese mundo.
Pero otra parte...
esa era la parte que me preocupaba.
La que todavía quería acercarme.
La que recordaba cómo me había mirado.
La que no podía dejar de pensar en sus manos alrededor de mi muñeca.
—Quizás ya te odio —susurré.
Él sonrió sin humor.
—No.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Adrian dio un paso más cerca.
—Porque si me odiaras de verdad, ya te habrías ido.
Mi respiración se detuvo.
Maldito.
¿Por qué siempre tenía que decir exactamente lo que me dejaba sin respuestas?
—No te conozco.
—Me conoces más de lo que crees.
—No.
—Entonces mírame y dime que no sientes nada.
Silencio.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
Lo miré.
Y no pude hacerlo.
No pude decirlo.
Adrian lo notó.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
No arrogante.
Casi triste.
—Eso pensé.
—No significa nada.
—Claro.
—Adrian...
—Dime que no quieres que me acerque.
Lo miré.
Quería hacerlo.
Realmente quería.
Pero no salió ninguna palabra.
Él se acercó un poco más.
No me tocó.
Ni siquiera intentó hacerlo.
Simplemente se quedó ahí.
Esperando.
Dándome la oportunidad de alejarme.
Y no lo hice.
Nuestros rostros quedaron a pocos centímetros.
Sentía su respiración.
El corazón me latía demasiado rápido.
—Esto está mal —susurré.
—Lo sé.
—Muy mal.
—También lo sé.
—Entonces aléjate.
—Haz que me aleje.
Lo miré fijamente.
Y odié que esa respuesta me afectara tanto.
Porque podía hacerlo.
Podía empujarlo.
Podía salir de aquella habitación.
Podía terminar con todo.
Pero no lo hice.
En lugar de eso, levanté lentamente la mirada hacia sus ojos.
Y él bajó la suya hacia mis labios.
El silencio se volvió insoportable.
Por un segundo pensé que finalmente iba a besarme.
Pero Adrian se detuvo.
Apenas a centímetros.
Como si estuviera luchando contra sí mismo.
Y entonces susurró:
—No puedo hacerte esto.
Se apartó.
Así.
Sin más.
Me quedé inmóvil.
Confundida.
Molesta.
Y, para mi desgracia, decepcionada.
—¿Por qué?
Él no respondió inmediatamente.
Tomó aire.
—Porque cuando estoy contigo olvido que esto empezó como un juego.
Sentí un golpe en el pecho.
Un juego.
Ahí estaba otra vez.
La palabra que me devolvía a la realidad.
—¿Qué juego?
Adrian se quedó completamente quieto.
Lo vi entender demasiado tarde lo que había dicho.
—Adrian...
—No.
—¿Qué juego?
—No debí decir eso.
—¿Qué juego?
Mi voz salió más fuerte.
Él me miró.
Y por primera vez pareció realmente atrapado.
—Alessia...
—¿HeartPlay?
No respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Sentí rabia.
Pero no solo rabia.
También miedo.
Porque de repente todas las piezas comenzaron a encajar.
La forma en que se acercó a mí.
La advertencia de Noah.
Los mensajes.
Las miradas.
La apuesta.
Todo.
—¿Yo soy la apuesta?
Adrian cerró los ojos.
—Alessia...
—¡¿Soy la apuesta?!
Él abrió los ojos y me miró directamente.
Y aunque no dijo una palabra...
su silencio respondió por él.
Sentí como si algo se rompiera dentro de mí.
No sabía si quería llorar, gritar o golpearlo.
Así que hice lo único que podía hacer.
Le quité la fotografía de las manos y salí de la habitación.
—Alessia.
No me detuve.
—Alessia, espera.
Seguí caminando.
—¡Alessia!
No.
No iba a mirarlo.
Porque si lo hacía...
sabía que probablemente volvería.
Y esta vez no podía permitírmelo.
Llegué al baño del segundo piso y cerré la puerta detrás de mí.
Apoyé las manos sobre el lavabo.
Respiré.
Una vez.
Dos.
Tres.
No funcionaba.
Las lágrimas comenzaron a aparecer y las limpié inmediatamente.
No iba a llorar por él.
No.
Yo no había venido hasta Valmont para terminar así.
Había venido por Elena.
Por justicia.
Por respuestas.
Por Valeria.
Y ahora tenía algo mucho más importante.
Una prueba.
Una confirmación.
Adrian había estado involucrado en HeartPlay.
Y yo había sido una apuesta.
Me miré en el espejo.
—No vuelvas a olvidar por qué estás aquí.
Lo repetí una vez.
Después otra.
Hasta que finalmente pude creerlo.
Tomé la fotografía del bolso y la observé nuevamente.
Elena.
Valeria.
Adrian.
El desconocido.
Y entonces noté algo que antes no había visto.
En la esquina inferior de la fotografía había una pequeña marca escrita a mano.
Una inicial.
A.M.
Sentí un escalofrío.
No era Adrian Moreau.
No.
Era mi apellido.
Moreau.
Alguien había escrito mi apellido en una fotografía tomada dos años antes de que yo llegara a Valmont.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Eso significaba una sola cosa.
Alguien había sabido que yo iba a venir.
Y si eso era cierto...
entonces mi llegada a Valmont quizá nunca había sido una casualidad.
Adrian
La vi salir.
Y supe que había cometido el peor error de mi vida.
Me quedé solo en aquella habitación mirando la puerta por la que acababa de desaparecer.
No había querido hacerle daño.
Pero lo hice.
Otra vez.
Como siempre.
Tomé la fotografía que había quedado sobre la mesa.
La misma que ella había encontrado.
Elena.
Valeria.
Yo.
Y él.
Apreté los dientes.
Porque había algo que Alessia todavía no sabía.
Algo que nadie sabía.
La noche de la muerte de Elena no había sido una apuesta cualquiera.
Había sido el comienzo de algo mucho más grande.
Y yo había prometido guardar el secreto.
Incluso si tenía que cargar con él toda mi vida.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
Lo abrí.
Solo había una frase.
"Ella ya encontró la fotografía. Ahora haz que se enamore de ti antes de que descubra quién eres realmente."
Me quedé mirando la pantalla.
Sentí un escalofrío.
Porque por primera vez desde que empezó todo...
ya no sabía quién estaba jugando con quién.




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