Amor en juego

Cap 13

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que salimos del invernadero.

Solo sabía que seguía temblando.

No por la oscuridad.

No por la voz.

Ni siquiera por lo que acababa de descubrir sobre Elena.

Temblaba porque, en medio de todo aquel caos, había sentido los brazos de Adrian rodeándome.

Y no había querido que me soltara.

Eso era lo peor.

—¿Estás bien?

Su voz llegó desde mi lado.

Asentí.

—Sí.

Adrian me miró.

—No estás bien.

—Estoy intentando estarlo.

—Entonces déjame ayudarte.

Lo miré de reojo.

—¿Por qué?

—Porque quiero.

Aquella respuesta me dejó callada.

Después de todo lo que había pasado, después de descubrir la apuesta, las mentiras y los secretos, todavía seguía allí.

Conmigo.

No tenía sentido.

O quizás sí.

Tal vez el problema era que yo tampoco quería que se fuera.

Caminamos hasta uno de los salones vacíos de Valmont.

Adrian abrió la puerta y encendió una lámpara.

La habitación estaba casi completamente vacía.

Solo había un sofá, una mesa pequeña y un enorme ventanal desde donde podía verse la ciudad.

—Siéntate —dijo.

—¿Me estás dando órdenes?

—Te estoy cuidando.

—No necesito que me cuides.

—Lo sé.

Me miró.

—Pero déjame hacerlo de todas formas.

No supe qué responder.

Así que me senté.

Adrian fue hasta una pequeña mesa donde había una botella de agua y me la entregó.

—Gracias.

—De nada.

Se sentó a mi lado.

No demasiado cerca.

Y por primera vez desde que lo conocía, no parecía estar intentando provocarme.

Solo estaba allí.

Tranquilo.

En silencio.

Eso me resultó extraño.

—¿Por qué estás tan callado?

—Porque si digo lo que estoy pensando probablemente vuelvas a enfadarte conmigo.

Sonreí ligeramente.

—Probablemente.

Él sonrió.

—Entonces mejor me callo.

Lo miré.

—No pareces el mismo Adrian.

—Quizás porque contigo no tengo ganas de ser el mismo.

Mi sonrisa desapareció poco a poco.

—¿Qué significa eso?

—Que contigo no quiero fingir.

Sus palabras me tocaron más de lo que quería admitir.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—Pero ya mentiste.

—Sí.

—Mucho.

—Sí.

—Y me utilizaste.

—Sí.

Suspiré.

—No puedes arreglar todo diciendo que lo sientes.

—No intento arreglarlo.

Levanté la mirada.

—¿Entonces qué haces?

—Intento que algún día puedas volver a confiar en mí.

Nos quedamos mirándonos.

No había arrogancia en sus ojos.

Solo sinceridad.

O al menos eso quería creer.

—No sé si puedo —susurré.

—No tienes que hacerlo ahora.

Adrian se acomodó contra el respaldo del sofá.

—Podemos empezar de cero.

Solté una pequeña risa.

—¿De cero?

—Sí.

—¿Y cómo hacemos eso?

Él pensó unos segundos.

—Sin apuestas.

Sonreí.

—Bien.

—Sin mentiras.

—Eso te va a costar.

—Lo sé.

—Sin secretos.

Adrian hizo una pequeña mueca.

—Eso será más difícil.

—Entonces no.

—Está bien.

Lo miré con sorpresa.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Vas a dejar de ocultarme cosas?

—Voy a intentarlo.

—No es exactamente lo que dije.

—Es lo máximo que puedo prometerte.

Rodé los ojos.

—Sigues siendo insoportable.

—Y tú sigues aquí.

No pude evitar sonreír.

—No sé por qué.

—Yo sí.

—¿Por qué?

Adrian me miró durante unos segundos.

—Porque no quieres irte.

Mi sonrisa desapareció.

Tenía razón.

Y eso me molestaba muchísimo.

—Quizás solo tengo curiosidad.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa de "sé exactamente lo que estás pensando".

Se rio.

—No puedo evitarlo.

—Pues inténtalo.

—No prometo nada.

Le di un pequeño golpe en el hombro.

—Idiota.

Él sonrió.

Y por un instante todo se sintió normal.

Sin secretos.

Sin Valeria.

Sin HeartPlay.

Solo nosotros dos.

Y me di cuenta de algo.

Había echado de menos esto.

Hablar con él.

Reírme.

Sentirme tranquila a su lado.

Era absurdo.

Pero era verdad.

Pasaron unos minutos.

La lluvia comenzó a golpear los cristales.

Adrian miró hacia la ventana.

—Está lloviendo muchísimo.

—Me gusta la lluvia.

—¿Sí?

Asentí.

—Me hace sentir tranquila.

—A mí también.

Lo miré sorprendida.

—¿En serio?

—Sí.

—Nunca te imaginé como alguien que disfruta la lluvia.

—¿Y cómo me imaginabas?

Pensé un momento.

—Como alguien que probablemente disfruta mirar a los demás sufrir.

Él soltó una carcajada.

—Qué bonita imagen tienes de mí.

—Me has dado razones.

—Justo.

Sonreí.

Él también.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Adrian estiró la mano hacia mi cabello.

Me quedé quieta.

Sus dedos apenas rozaron uno de mis rizos.

—Tienes esto aquí.

Sacó una pequeña hoja que se había quedado atrapada.

—Gracias.

Pero no retiró la mano inmediatamente.

Sus dedos quedaron cerca de mi mejilla.

Y de repente el aire cambió.

Otra vez.

Esa tensión.

Esa sensación que aparecía cada vez que estábamos demasiado cerca.

Adrian me miró.

Yo lo miré.

Ninguno habló.

Su mano descendió lentamente.

Pero esta vez fui yo quien tomó su muñeca.

No para apartarlo.

Solo para detenerlo.

—Adrian...

—¿Sí?

No sabía qué decir.

Así que dije la primera cosa que apareció en mi cabeza.

—No quiero volver a sentir que todo lo que haces conmigo forma parte de un juego.

Su expresión se suavizó.

—No lo es.

—¿Cómo puedo saberlo?




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