Martina se dejó caer en el asiento 23B como si el cojín fuera un campo de batalla recién abandonado. Su blusa aún exhibía una mancha de café que parecía una medalla de guerra, su dignidad estaba en huelga indefinida, y el hombre a su lado tenía la expresión serena de alguien que acababa de regresar de una sesión de meditación en una nube perfumada de incienso.
< El mejor día de mi vida, espero poderlo olvidar y darle descanso eterno a Asuri Kapila a mi lado >, pensó con una mezcla de sarcasmo y deseo homicida, fantaseando con lanzarlo por la ventanilla como quien expulsa un mal karma.
—Hola, soy Leo —dijo él, con una sonrisa tan luminosa que parecía patrocinada por el sol y una voz tan suave que podría haber narrado documentales de delfines en peligro de extinción.
Martina lo miró de reojo, calibrando el nivel de espiritualidad molesta. Pantalones de lino beige, sandalias de cuero gastado, una pulsera de cuentas de madera que parecía haber sido bendecida por tres chamanes, y una camiseta que decía “Respira, no te compliques.” Todo en él gritaba “gurú de Instagram con filtro sepia”.
—No estoy buscando conversación —respondió ella, mientras sacaba sus audífonos como quien blande una espada ceremonial.
—Perfecto. Yo tampoco busco. El universo me trae lo que necesito —dijo Leo, acomodándose con una paz irritante que parecía diseñada para provocar.
Martina sintió una chispa. No lo iba a admitir, por supuesto. Pero algo en esa sonrisa, en esos ojos tranquilos como lagos sin viento, le provocó una microtaquicardia. La ignoró con la misma eficacia con la que ignoraba los correos de su jefe los domingos y los guiños del ñoño que trabajaba en el cubículo de al lado.
El avión comenzó a moverse. Martina cerró los ojos, intentando desconectarse del mundo, del hombre zen y de sí misma. Leo, en cambio, abrió su libreta de afirmaciones y comenzó a escribir con una pluma que tenía plumas reales en la punta, como si estuviera canalizando sabiduría ancestral.
—¿Eso es una pluma de ave? —preguntó Martina, sin querer, como quien tropieza con una pregunta.
—De colibrí. Representa la alegría y la ligereza del ser —dijo él, arrugando la nariz con una delicadeza casi teatral.
—¿Y no representa también el mal gusto? —continuó ella, con el gesto afilado como una crítica de moda.
Leo soltó una risa suave, como si su ego estuviera blindado con incienso.
—Me gusta tu energía —la miró como si fuese una estrella fugaz que acababa de cruzar su constelación —es intensa, como un volcán antes de erupcionar.
Y cuánta razón tenía ese desconocido.
—¿Me estás comparando con un desastre natural?
—Con una fuerza de la naturaleza. No es lo mismo.
Martina se giró hacia la ventana. No lo mires. No lo mires. No lo mires. Pero lo miró. Y ahí estaba él, escribiendo con devoción, como si estuviera transcribiendo mensajes de otra dimensión.
—¿Qué escribes? —preguntó, contra su voluntad, como quien se rinde ante una curiosidad traicionera.
—Afirmaciones. Hoy puse: “Estoy abierto a las conexiones inesperadas que transforman mi camino.”
—¿Y si te conectas con el silencio?
Leo sonrió. No se ofendía. No se alteraba. Era como un monje zen con Wi-Fi emocional y batería infinita.
—¿Sabías que los aviones son espacios de transición? Lo que comienza aquí puede cambiar tu vida.
—Lo único que va a cambiar mi vida es que me devuelvan mi crema facial. Y que tú te calles.
El avión despegó. Martina sintió el clásico vacío en el estómago, seguido por un pensamiento traicionero: ¿Y si este tipo no es tan insoportable como parece? Lo descartó de inmediato, como quien borra un mensaje antes de enviarlo.
Leo, por su parte, cerró los ojos y comenzó a respirar profundamente, como si estuviera alineando planetas internos.
—¿Estás bien? —preguntó ella, con un tono que intentaba sonar indiferente pero que tenía una grieta de curiosidad.
—Estoy alineando mis chacras. ¿Quieres intentarlo?
—Prefiero alinear mis cuentas bancarias con muchos ceros si es posible.
—Eso también es energía.
Martina soltó una risa involuntaria. Pequeña. Casi imperceptible. Pero Leo la notó como quien detecta una vibración en el aire.
—Ahí está. Tu risa. Es como un eclipse: rara, pero hermosa.
—¿Siempre hablas como si fueras un poema mal traducido?
—Solo cuando estoy cerca de alguien que me inspira.
Martina se giró hacia la ventana otra vez. No lo mires. No lo mires. No lo mires. Pero lo miró. Otra vez. Y esta vez, lo vio diferente. No como un hippie molesto, sino como alguien que, por alguna razón absurda, la hacía sentir menos sola. Como si su presencia desordenada tuviera una lógica secreta.
—¿Qué haces cuando no estás arruinando vuelos con frases místicas?
—Soy instructor de yoga. Y escribo. Y escucho a las personas. Me gusta entender lo que no dicen.
—Pues yo no digo que quiero dormir. ¿Puedes entender eso?
Leo asintió, pero no se movió. En lugar de eso, sacó una bolsita de té de su mochila, como quien ofrece un bálsamo en medio del caos.
—¿Té de lavanda? Ayuda a relajar. Lo traje por si alguien lo necesitaba.
Martina lo tomó sin decir nada. Lo olió. Y, para su sorpresa, le gustó. Era como un suspiro en forma de aroma.
—Gracias —murmuró, casi sin querer.
—Todo pasa por algo —respondió Leo, con esa voz que parecía tener eco de mantra.
Martina lo miró. Por primera vez, sin sarcasmo. Y sintió esa chispa otra vez. Pequeña. Rebelde. Como una mariposa que se cuela en una sala de juntas y revoluciona la agenda.
Pero no. No iba a caer. No en un avión. No con un hombre que usaba sandalias en octubre.
—No te hagas ilusiones —dijo ella, con la última armadura verbal que le quedaba.
—No necesito hacerlas. Ya están hechas.
El avión siguió su curso. Y mientras las nubes pasaban como pensamientos en tránsito, Martina y Leo comenzaban a escribir, sin saberlo, el primer capítulo de algo que ni el universo podría haber planeado mejor.
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Editado: 30.08.2025