Lectura para jóvenes adultos.
12
Por supuesto, yo también estaba resuelto a que no viera cuánto mal me hacía, por eso cuando le pregunté lo siguiente, le di a mi voz un tinte desinteresado, para que supiera que me importaban un comino los cambios que quisiera hacerle a la casa, ese maravilloso hogar que mi madre había erigido con tanto amor, pero que ella derrumbaba con sus ponzoñosos deseos.
—¿Quieres que vayamos al centro comercial para comprar la pintura que te guste para la cocina?
—¿Crees que estoy deseosa de que la gente me vea así? Suficiente tengo con tu lástima.
Y volvió a empezar con su ya conocido discurso lastimoso. La jaqueca se volvió dolor de cabeza y estuve a punto de dejarla hablando sola e irme. Tenía que salir de ahí si no quería enloquecer de ansiedad e impotencia por no poder callarla, pero ella sintió mi deseo y me gritó rabiosa.
—¡No te atrevas a irte!
—¡Pues si no te callas, precisamente haré eso! —grité a mi vez.
—Atrévete y lo lamentarás.
Sonó muy provocativa, mas a mí no me gustaba que nadie me amenazara, ni siquiera ella.
—¿Me estás desafiando?
—¡Prueba y verás!
Llegué a mi límite. Caminé para salir de la sala, furioso y decidido a demostrarle que no podía tratarme así, que me enfermaba su actitud y sus continuos lamentos. Tal vez necesitara verse sola, sin la ayuda de nadie para que aprendiera a cultivar la humildad.
Ella dependía de mí físicamente y yo dependía de ella emocionalmente. ¿Por qué no podía aceptar que estábamos unidos por las circunstancias y que entre más positivos fuéramos, mejor sería nuestra vida?
La amarga verdad era que ella no quería sentirse mejor y tampoco quería que yo me sintiera así. No digo feliz, sino tan sólo sentir algún tipo de bienestar, pero no quería que sintiera nada bueno porque me deseaba todo lo malo. ¿No me había advertido que haría de mi vida una agonía hasta que terminara en mi funeral?
Al salir de la sala y luego de la casa, la escuché gritar histérica que me arrepentiría por tratarla así. Maldiciendo, caminé por la banqueta, sin rumbo. Temblaba por la frustración, y el deseo de correr y alejarme del barrio fue intenso, pero al recorrer unas dos cuadras me detuve, odiando mi razonamiento.
¿Y si de veras atentaba contra sí misma?
Esa sería otra manera de lesionar mis emociones, ella sabía eso.
Me odiaba tanto que no vacilaría en hacer todo lo posible por lastimarme, dañándose ella. Porque todo lo que le pasara sería mi culpa, así que sin dudarlo más, regresé sobre mis pasos y al llegar a la casa entré apresuradamente, corriendo por el pasillo que me llevaría a donde la había dejado, pero no estaba ahí.
—¡Aby! —grité angustiado.
Escuché un ruido provenir de la cocina, por lo que aceleré el paso y cuando llegué retuve la respiración, incapaz de volverla a recuperar, pero tuve que hacer un esfuerzo para conseguirlo. El impacto de ver a Aby en el suelo, cerca de la barra que contenía la estufa y el fregador, fue tremendo.
La imagen me dio la idea de que había dejado su silla para alcanzar un objeto que estaba en el otro extremo de la barra, la que daba a la pared. En mi mente visualicé el cuadro, aunque no estaba seguro de que hubiese ocurrido así. Lo único que sé es que sus fuerzas le fallaron y no pudo con su propio peso, así que cayó sobre el frío piso de azulejo donde yacía sobre sus propios orines.
La bolsa se había zafado del tubo y había perdido su contenido, pero lo único que a ella le importó fue haber alcanzado su objetivo. Me obligué a moverme para atenderla y evitar que perdiera su energía vital. La ira que sentí dominó el deseo de vomitar y le grité sofocado.
—¿Por qué haces esto?
La cargué y la llevé a su habitación en donde la deposité en la cama, luego llamé al hospital para pedir una ambulancia y mientras llegaba, desvestí a Aby llevándola a la bañera donde le di un rápido baño.
—¡Deja de llorar! —la regañé.
Aby no estaba en peligro, aunque lo mejor era que la vieran en el hospital, pero de todos modos, el dolor de estómago que sentía por la bilis alterada no cedió, así que las náuseas seguían presentes cuando la conecté a una bolsa nueva, vistiéndola después con un vestido floreado que encontré en el clóset. Cuando desempaqué sus maletas lo había visto y me había gustado, incluso hasta me pregunté si algún día se lo vería puesto.
Cuando lo vi, me imaginé que Aby no había colocado ese vestido ahí, sino su madre.
—No quiero este vestido —dijo entre sollozos—. Quiero ese negro.
—Éste está bien —respondí y en eso sonó el timbre de la puerta—. Además, ya está aquí la ambulancia.
La dejé acostada y fui a abrir para dar paso a los camilleros. De esta manera Aby fue trasladada al hospital, donde la atendieron muy bien. Al terminar de examinarla, el médico me llevó aparte para decirme con voz seria.
—Por lo que me ha contado, su esposa necesita ayuda psicológica. ¿Ha pensado en dársela?
—Francamente no. Ni siquiera se me había ocurrido eso. ¿Cree usted que sea necesario buscar ese tipo de ayuda?
Editado: 22.10.2026