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No, ya no era mi casa, ahora era la casa de ella.
Y la había hecho su escenario, porque aunque odiaba reconocerlo, yo me había convertido en su títere. Una marioneta que manejaba al antojo de su voluntad reproduciendo su propia obra inspirada en su desquite y la representación se llamaba Vendetta.
Miré a la marionetista que hacía la obra espeluznante conmigo y capté cómo mantenía la cabeza ladeada, pues dormía plácidamente, ajena a mi intenso escrutinio. La televisión estaba encendida, sin embargo, el volumen era tan bajo que apenas podía escucharse. Sus manos estaban sobre el control del aparato, el que descansaba sobre su regazo.
No sé cuánto tiempo estuve allí de pie en medio de la sala, observando su tranquilo rostro suavizado por el profundo sueño y el recuerdo de aquella tarde cuando la vi por primera vez, llenó mi mente, porque ese día tenía esa misma expresión. Entonces me di cuenta de lo mucho que deseaba ver día a día ese semblante que me había mostrado en aquél momento.
Mi corazón palpitó con fuerza y comprendí que no importaba cómo me tratara o cuál fuera su actitud para conmigo, mi amor por ella duraría para siempre.
No la desperté, sino que le permití continuar con su sueño y me dirigí a la cocina para dejar la bolsa donde llevaba la comida que había comprado. Me senté en uno de los cinco bancos que hacían juego con la barra que funcionaba como mesa y saqué de la bolsa los recipientes que contenían los alimentos, después apoyé mis codos sobre la barra y puse las manos en mi rostro.
Me sentía tan cansado que deseé hacer lo que Aby, dormir y no saber de mí, así que cerré los ojos y por un momento estuve dispuesto a caer en la tentación.
La noche anterior había sido difícil más que nada por lo poco que dormí, así que supuse que unos cuantos minutos de sueño no me harían daño, pero sabía que tenía mucho trabajo a causa de no trabajar el horario acostumbrado en la oficina.
Además, al entrar a la casa me di cuenta que tenía el olor característico del encierro y la falta de higiene, por lo que necesitaba con urgencia una buena limpieza general. Hacía mucho que nadie la limpiaba a fondo. En particular, de vez en cuando solicitaba al servicio de limpieza a alguien para que lo hiciera, pero con Aby no se podía hacer ya.
Bostecé deslizando los dedos por mi cabello, bien perdido en mis cavilaciones, así que pasé por alto el sonido de las ruedas al acercarse Aby a la puerta. Sí lo oí, pero tardé en volverme a verla. De cualquier modo no me perdí de nada, porque al girar mi rostro enfrenté su expresión llena de desdén, tan dura, que mi corazón se sobrecargó de desilusión.
—Se te hizo tarde —fue su saludo.
—Me entretuve en el restaurante —respondí con suavidad, porque no deseaba enfadarla y mucho menos quería escuchar su letanía mordaz.
—Bueno, comamos.
Yo no tenía mucha hambre, por lo que solo picoteé la comida cuando ya estábamos frente a los platos, pero me alegró ver que ella sí comió bien.
—Tendrás que ir a comprar la pintura —dijo después de terminar de comer.
—¿Ya pensaste qué color le pondrás?
—Verde.
—¿Verde? ¿Qué tono?
—Verde fosforescente.
Miré el tono crema que mi madre había puesto, el que combinaba a la perfección con el roble miel de las alacenas, así como con la barra. No pude evitar fruncir el ceño al imaginar la cocina pintada con el verde fosforescente, porque me dolieron los ojos tan sólo mirar en el plano mental lo ridículo que se vería. Si así me lo pareció, ¿cómo sería en la realidad? Mas no reproché nada. Había notado que Aby no dejaba de observarme con atención, absorta a cualquier reacción de mi parte. No le daría el gusto de irritarme.
—Si ese color quieres.
Soné lo más tranquilo que pude y me felicité satisfecho porque dominé cualquier emoción que mi rostro pudiera dejar entrever. Por supuesto, eso la molestó mucho. Aunque tal vez el disgusto no era tanto porque se mantuvo callada y sólo volvió a hablar cuando más tarde puse manos a la obra y pasé el resto de la tarde trabajando bajo sus órdenes después de conseguir la pintura.
Dejé la obra cuando se hizo la hora de darle de cenar y acostarla sin que pusiera ninguna objeción; al parecer, verme trabajar como burro la dejó satisfecha. La había puesto contenta y así se quedó dormida. Eso fue para mí una bendición, pues ya en mi habitación me puse a trabajar en lo de la oficina hasta terminar todo el pendiente, aunque ya estaba avanzada la noche cuando concluí.
Me fui a dormir y la fortuna siguió de mi lado porque Aby me dejó tranquilo; no me despertó ni una sola vez.
Y aunque parezca mentira, fue también considerada conmigo las siguientes noches y se lo agradecí mucho, porque era tanto mi trabajo que realmente terminaba agotado. Poder dormir horas seguidas fue muy bueno y cosa extraña, hasta dejó de atacarme.
Me permitió trabajar tranquilo en todos los cambios que se le ocurrió hacerle a la casa, aunque la peor modificación que pudo hacer fue la de su habitación. Convirtió su alcoba en un lugar sin luz, opaca, triste y severa, pero siendo realista, el nuevo entorno le venía como anillo al dedo. La apariencia de ella era similar y debo admitirlo, en una ocasión la comparé con un cuervo. Esa ave negra y rapaz que parece mirar con suma fijeza a alguien, como si sus profundos ojos entraran en su ser para robarle el color y oscurecer todo lo que habitaba en su interior.
Editado: 22.10.2026