Pasaron unos meses, nada extraño abordaba Nitania, aunque con un ojo alerta, siempre. Anabella cumplía 19 años. Era primavera, aquí y allá. La gente de Nitania vivía armoniosamente, sin preocupaciones, solo lo normal de lo que es la vida. Anabella quería volver al mundo de los Estirados para saludar y quedarse una semana con Víctor. Había solicitado un permiso a la Orden de Mensajeros con antelación.
Vivía en el Cuartel de Valle Halos, pero su abuela insistía en que se mudaran juntas. Sin embargo, los mensajeros negaron la idea a la anciana. Para no crear problemas (aún más), Anabella seguía instrucciones de su mayor rango sobre ella: había reemplazado a Thalita por licencia maternal. Ahora había un anciano de la Corte de los Reinos. Su nombre era Daniel Yersh, tenía sesenta años, cabello entrecano, de mirada dura e intimidante, medía un metro noventa, delgado y usaba un tono de voz demandante. Era un tipo cañón.
—Ahora, Aurora, no me sorprende que quiera llevarte... Luccini.
—Sí, entiendo, señor Yersh. Pero, verá, soy un alma sin techo ni comida.
—¡Todo lo que hemos hecho por ti, Luccini! Desde que llegaste han pasado muchas cosas malas. ¡Y repetidas! No voy a convertir esto en un refugio de ancianos. ¡No soy un imbécil!
—Está bien, señor.
—Ve a hacer tus obligaciones, tengo migraña ahora —desistió de ella.
Anabella se tragó el mal sabor del jefe supremo, salió de la oficina. Seguía llenándola de ironía, le daba igual; después de todo, sabía quién era, y se sentía orgullosa de sí misma. El mal humor de Daniel no arruinaría su cumpleaños.
Caminó por los patios estilo romanos y neoclásicos del Cuartel, los espíritus solares se acercaron a ella buscando energía para alimentarse. Tocaron manos y brazos descubiertos, sintió un cosquilleo agradable. Sonrió. Cerró los ojos disfrutando la sensación, y rodeada de esas partículas mágicas. Alguien estaba observándola en un rincón, interrumpió su minuto de paz emocional.
"¿Cómo voy a avanzar si el Jefe Supremo no me deja hacer nada?", se preguntó a sí misma.
Entonces interrumpió el observador, salió de su escondite.
Anabella abrió los ojos, asombrada que alguien esté ahí, los mensajeros estaban en sus tareas, apenas había movimiento en el Cuartel de Valle Halos. Se acercó, con sus pasos cautelosos y confiados (a la vez) a su hermano. Se quedaron mirando un momento, antes de discutir o sincerarse.
—Hola, Ana —saludó el joven vestido distinto.
—¿Qué haces acá? ¿Cómo entraste?
—Sí, también estoy bien...
—En serio, Lucas, ¿qué quieres?
—Solo hablar, vengo en paz, hermanita —respondió, alzando las manos.
Lucas llevó sus manos a su riñonera, sacando un objeto que ella no distinguía bien en la penumbra de la tarde-noche. Su hermano se acercó cada vez más, quedando a centímetros. Anabella marcó una raya por su propia seguridad, le dio un pequeño empujón, manteniendo su lugar anterior. Lucas sonrió.
—Brilla bajo el alma de un ángel —se explicó.
—¿Y qué es eso? No veo, no hay luz.
—Es un invento de nuestro linaje. A mí no me tocó el gen del ángel.
Era la punta de una flecha. Era de oro, cincado negro y de madera de tungsteno. Era utilizada en artes marciales y algunos mensajeros tenían alguna de antigüedad para competir. Lucas insistió otra vez que su hermana podría hacerla funcionar.
—La encontré en la playa hace dos años. Investigué sus poderes, pero fracasé. Hablé con hechiceros y muchos se asustaban al verla. Es más, tengo problemas tenerla conmigo —dijo, tomando las manos de la mensajera y dejando el objeto celestial en ellas—. Algo me dice que es tuya.
—Pero, Lucas, decime la verdad.
—No puedo.
—¿Y por qué no? No es muy difícil.
—En la vida nada es fácil, mensajera... —Lucas se hundio de hombros. Se alejó un poco—. Pienso volver a mi antiguo puesto. Estoy perdido en mi vida, solo quiero mejorar.
—¡Por el rey! ¡Me alegro mucho, Lucas!
—No, debo tomar responsabilidad de mis actos ilegales, y los daños que hice a mi gente —mencionó con una voz suave—. Bueno, me tengo que ir. Suerte, Anabella.
Lucas se retiró del Cuartel, usando una segunda llave —una copia—. Anabella arrugó una ceja, no le sorprendió la habilidad de ratero de su hermano; sonrió de felicidad y optimismo. Bajó la mirada a su mano, sosteniendo la punta negra... brillante, aparecían más cosas y misterios del... en Nitania, ¿o por qué se supone que hacía esto?
Su estómago se quejó: moría de hambre. Se dirigió al comedor del Cuartel, donde la mayoría estaban cenando. Buscó a Kith, no lo vio. Imaginó que seguiría de servicio. Eligió la comida: una carne a las brasas y un puré de batata roja de los campos helados de Avio. Se sentó en un banco cuando sintió las miradas sobre ella: «¿Y ahora qué rayos...acaso se olvido de peinarse?».
—¡Uh, la Estiradita! —murmuró un mensajero en su mesa.
—¿Tienes algo que compartir conmigo? —soltó Anabella a la defensiva.
—Por salvar al rey no significa que seas mensajera, nena.
—¡Ah, mirá vos! Será porque no fuiste vos que atrapó al causante, ¿verdad? —gruñó Anabella, metiendo un bocado de carne a la boca.
—Ten cuidado, niña. No me hables con ese tono.
—¿Y, con quién hablo? ¿Quién sos?
—Me llamo Reimman Osk.
Aquel apellido era el mismo que llevaba su compañero Kith. No conocía a la familia de los Osk, solo que Kith tenía hermanos y padres estrictos. No habrían hablado de la vida personal del mensajero, ni mucho menos de algunos mensajeros que desearían estar en el Cuartel de Valle Halos.
—Sí, soy el hermano mayor de Kith.
—No lo sabía, no me habló de su familia.
—Ni yo voy a contarle a su novia, si es que lo sos.
Reiman aparentaba tener treinta y siete años, de piel curtida, marcas de tatuajes multiplicado el doble de sus cicatrices de guerra; sus cejas fruncidas y negras, contrarrestaba con su cabello rubio albino; de ojos de un tono granate y rojo. Alguna genética demoníaca al igual que Kith, por seguro.
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Editado: 09.10.2026