Andando con Jesús

Capítulo 7: La lluvia milagrosa

Seguía con la Biblia escondida, predicando casi todos los días a mis compañeros. En ocasiones ellos se acercaban a mi y me daban peticiones para que intercediera por ellos en oración.

En las noches, cuando nos daban unos minutos de recreación, yo me alejaba de todos y, en una esquina tenia mi pequeño culto. En el cual oraba y cantaba el Himno 120 del Himnario Antiguo Adventista el cual se titula: Fija tus ojos en Cristo. Cada noche sin falta iba a esa esquina y tenía mi momento con Dios.

Pensé que nadie me escuchaba, que nadie me veía hasta que conocí a un jóven que me dijo:

—Yo también soy cristiano y también hago lo que tú haces, de alejarte a orar y a cantar. ¿Si quieres a partir de ahora podemos hacer el culto entre los dos?

Gloria a Dios, ya no era yo solo eramos dos jóvenes en medio de aquella unidad buscando a Cristo y no recuerdo bien pero creo que llegó el momento en que fuimos hasta más, lo que no recuerdo bien.

Un día estábamos dando unas clases de artillería, cuando llegó una mujer con el cabello rojo (La Política) y me dijo:

—¿Cómo es eso mi amor que tu no vas a tirar?

—No puedo—le respondí.

Ella molesta con esa respuesta contestó:

—Mañana, yo me voy a parar a tu lado en el campo de tiro para ver si tu tiras o no tiras. El sábado te lo respeto, pero tu si tienes que tirar.

Cuando creía que todo iba a mejorar llegó ella con esa noticia. Mi corazón se volvió a turbar y el estrés volvió a mi cabeza.

Dios sabía que no quería serle infiel. No quería menguar en mi Fe. Clame a Dios y el escuchó mi voz. Al siguiente día cuando nos tocaba ir al campo de tiro amaneció lloviendo y se suspendió el tiro para mi compañía.

Al día siguiente llevaron a las otras dos compañías y, la mujer de cabello rojo fue con ellos. Obligando a tirar hasta un joven, que había dicho que cuando tomara el arma iba a matar todos los negros que habían allí. (Cosa que dijo en broma pero fue suficiente para sembrar el miedo en su compañía)

Entonces me enteré que los únicos dos que no habían tirado un tiro, eran un joven epiléptico y el otro era un joven cristiano, que sus padres habían ido allí personalmente hablar para que no tirase.

Sentía temor, mis padres no iban a venir a hablar para que yo no tirara. Solo me quedaba orar y lo hice. Dios era Él único que me podía ayudar.

Al otro día fuimos al campo de tiro. La mujer de cabello rojo misteriosamente no estaba por ningún lado. El teniente dió las palabras de inicio y preguntó:

—¿Alguien no quiere tirar?

Levantó la mano un joven que tenía problemas de personalidad y yo. A mi me mandaron a bajarla y le preguntaron al otro la razón. Él les dijo que tenía miedo que le diera uno de sus ataques cuando tenía el arma en la mano. Ellos le dijeron que no se preocupara que tomarían medidas.

Luego se quedaron solos conmigo y me dijo el teniente:

—Tu no puedes tirar al menos 1 bala.

—No ni una—le dije con determinación.

Hizo un gesto parecido al del sargento con el que me presente al principio y me dijo:

—Mira—señalandome una pequeña casa a lo lejos—quédate allí y si te preguntan ya tiraste.

Me fui corriendo a la casa feliz pensé que mi agonía había terminado. Cuando todos terminaron de tirar el teniente me volvió a llamar:

—Número 31.

Fui corriendo hasta donde estaba y cuando llegué me dijo:

—Vamos para que tires una bala.

—Teniente ni una bala puedo tirar.

Le volvió a decir con determinación. Entonces creo que al verme decidido me dejó en paz y me dijo:

—Ve para allá y todo el que te pregunte tú tiraste.

Luego todos volvimos a la unidad y a los muchachos le dieron balas salvas para que las tiraran en el camino. Realmente fue algo feo correr mientras otros te tiraban. Las balas salvas no hacían daño pero si tiraban una a tu lado, te quedabas sordo por unos segundos.

Cuando llegue a la unidad estuve feliz y agradecido con Dios por ayudarme ese día. Luego me enteré de que la mujer de cabello rojo no había aparecido por que ese mismo día la habían cambiado de unidad...

Dios envió una lluvia milagrosa para salvarme de el enemigo. Dios fue conmigo y me fortaleció cuando me intentaban seducir para que tirara. Del mismo modo Dios hoy puede ser contigo.

¿A cuales pruebas te enfrentas?
¿Qué aflige tu corazón?

De todo esto Dios te puede librar solo tienes que orar y confiar en Él. No hay otra ecuación, no hay otra fórmula, simplemente es orar y confiar en que Dios puede hacer el milagro...

Cuando menos lo esperas se cumple en ti:

Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.
Santiago 4:7

Un día, nos estaban organizando en formaciones, un sargento me vió y dijo a los demás:

—Él no puede estar aquí por que él es cristiano.

Resulta ser que una cosa que me preocupaba era a la hora del juramento. En donde había que arrodillarse y jurar por la bandera. Pero cuando llegó el momento, lo que Dios había echo por mí en todo ese tiempo, me libró de lo que venía. Pues ya, las personas por mi testimonio, sabían quien era y con Quien estaba.

Los tres jóvenes hebreos no se postraron delante de la estatua del rey. Fueron echados al horno de fuego pero no se quedamaron por que Dios estaba con ellos (Daniel 3. Ellos obedecieron a Dios antes que a los hombres y el rey reconoció al verdadero Dios.

En el servicio militar, se que no fui perfecto, cometí algunos errores pero doy gracias a Dios por que me mostró realmente que si me aferro a su mano, puedo lograr grandes cosas en este mundo.

No solo yo, si tu hoy te aferras a la mano de Jesús podrás lograr grandes cosas que ni te imaginas. Como decíamos anteriomente oración y fe son dos cosas que van de la mano.



#1319 en Otros

En el texto hay: cristiano, #espiritual

Editado: 22.03.2025

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