Me dan el alta un martes de diciembre. La nieve cae en Boston como si tuviera algo que demostrar —copos gruesos, obstinados, acumulándose en los alféizares de las ventanas con la determinación de quien no planea irse hasta primavera. Daniel —ya no “doctor Reyes” en mi cabeza, aunque todavía no he encontrado el valor para decírselo en voz alta— ha organizado un apartamento temporal cerca del hospital para ayudar a que poco a poco recupere lo que era mi vida mientras estudia mi caso, teniendo en cuenta que según mi hermana, yo más bien era del tipo «voy viendo cómo me las apaño por el camino» es decir, nómada, algo que según ella es algo sumamente indecoroso en esta época, por lo que entiendo que ella no es la persona más cercana a mí, más bien, noto que soy una persona solitaria.
El departamento es pequeño, con muebles que parecen seleccionados específicamente para no ofender a nadie, y una ventana que da a un callejón donde los contenedores de basura forman un skyline accidental de plástico verde.
Él llega al segundo día con una maleta diferente la que usualmente carga en el hospital. Más grande. Pesada. La coloca sobre la mesa del comedor —que es también la mesa del escritorio, la mesa del desayuno, la única superficie plana en todo el apartamento aparte del suelo— y la abre con la ceremonia lenta de quien está a punto de revelar algo que ha estado cocinando durante semanas.
—He estado investigando —dice, y la simpleza de la frase es engañosa, porque lo que saca de la maleta no es investigación casual; es el trabajo metódico, obsesivo, de un hombre que ha puesto su entrenamiento forense al servicio de un misterio que ninguna ciencia debería poder abordar, y ante todo, ante una paciente con quién no guarda más relación que el misterio de su situación.
Libros. Copias de manuscritos cuya procedencia no pregunto porque temo la respuesta. Mapas marcados con tinta roja. Fichas bibliográficas organizadas por cronología y región, porque Daniel Reyes es el tipo de persona que cataloga lo inexplicable con el mismo rigor con que catalogaría muestras de tejido en un laboratorio, según me he podido dar cuenta con nuestras conversaciones.
—Empecemos por Egipto —dice, extendiendo una copia en blanco y negro sobre la mesa. Es un fragmento de papiro, los jeroglíficos desvaneciéndose en los bordes, la tinta original reducida a sombras bajo la fotografía—. Tumba de una sacerdotisa de Isis, Dinastía XIX, alrededor del 1300 a.C. Habla de una mujer —Merit en egipcio antiguo, que significa “amada”— que portaba “el signo de la vida en la carne de su costado” y que “buscaba entre los vivos y los muertos sin descanso”.
Los ojos de Daniel me encuentran. Yo no necesito que traduzca Merit. Lo sé. Lo supe antes de que él abriera la boca. Es el nombre que grité al despertar de ese sueño —o esa visión, o ese recuerdo— en la habitación del hospital. Merit. Amada.
—Hay más —continúa, y sus dedos —esos dedos largos con el anillo de plata— pasan a otra copia. Texto griego, posterior, de la Biblioteca de Alejandría. Un fragmento citado por un erudito bizantino—. Una mujer descrita en los registros del Serapeum. Llevaba una marca en forma de cruz con un lazo —aquí sus dedos tocan el aire, dibujando la forma del ankh— y preguntaba por los archivos de resurrección. Los sacerdotes la llamaban “la buscadora perpetua”.
—Perpetua —repito, y la palabra sabe a algo viejo y cansado.
—Sí. Y luego esto. —Otra copia. Texto latín, denso, con anotaciones marginales en una letra que reconozco como la de Daniel—. Un relato de Pompeya, anterior a la erupción. Una mujer que trataba a los enfermos durante la plaga del 62 d.C. Llevaba la misma marca. Los supervivientes la describieron como “siempre un paso atrás del milagro, siempre buscando lo que acababa de partir”.
La mesa se llena. Copia tras copia, referencia tras referencia. Una mujer en manuscritos coptos del siglo IV, asociada con los monjes del desierto, descrita como “portadora del ankh que quema”. Una erudita en los registros de la Casa de la Sabiduría en Bagdad, siglo IX, que salvó manuscritos durante un incendio y “llevaba en la cadera derecha el signo de los que buscan y no encuentran”. Textos cabalísticos medievales que hablan de una figura femenina que aparece en tiempos de transición, “marcada con el símbolo de la vida suspendida, condenada a buscar hasta que el velo se levante”.
—Diez culturas —dice Daniel, y su voz tiene esa cualidad que he empezado a reconocer: el tono de quien está presentando evidencia que contradice todo lo que sabe, y que, sin embargo, no puede descartar—. Diez culturas, a lo largo de tres mil años. Todas describen a la misma mujer. O a una mujer con las mismas características. La marca. La búsqueda. La...
—El fracaso —completo yo, y la palabra cae entre nosotros como algo físico, pesado—. Nunca encuentra lo que busca. Siempre llega tarde, o temprano, pero nunca a tiempo.
Daniel no contradice. Sus ojos —esos ojos café desgastado que han visto demasiados cadáveres para creer en coincidencias— me miran con una compasión que duele más que cualquier diagnóstico.
—Hay un patrón —dice finalmente—. Apareces —aparece, esta mujer— en momentos de crisis religiosa o intelectual. Guerras. Persecuciones. Transiciones entre épocas. Y siempre cerca de... —busca la palabra, la encuentra con cuidado— figuras transformadoras. Profetas. Reformadores. Personas que cambiaron la forma en que la humanidad entiende lo divino.
—Pero nunca lo suficiente cerca —murmuro, y no es una pregunta.
—No. Nunca lo suficiente cerca. Como si... —traga, ajusta el anillo— como si el destino, o lo que sea que gobierna estas apariciones, te mantuviera siempre al borde del encuentro. Cercano pero no consumado.
Me quedo mirando las hojas esparcidas sobre la mesa. El peso de tres mil años de historia parece haber entrado por la ventana junto con el frío de la noche. Siento una punzada de realidad que me devuelve bruscamente a 1987, a este apartamento de techos bajos y alfombra desgastada.