La oficina de la Dra. Keller huele a lavanda y a papel antiguo. No es un consultorio hospitalario —las paredes son de un verde pálido que pretende ser tranquilizador, hay una alfombra gastada bajo la silla reclinable, y en el rincón, una estantería con libros cuyo lomo ha sido manoseado hasta que los títulos son apenas legibles. Daniel la conoce de la facultad. Confía en ella. Eso debería bastarme.
Debería bastarme, pero no basta. Estoy sentada en la silla reclinable con las manos apretadas sobre el regazo, los nudillos blancos, respirando con esa cadencia demasiado controlada de quien está intentando no mostrar lo asustada que está. Daniel está junto a la ventana, de pie, los brazos cruzados, observando con esos ojos que no pierden nada.
—No hay garantías —dice la Dra. Keller. Es una mujer de unos cincuenta años, pelo corto teñido de un rojo que lucha contra el gris, gafas con montura delgada que se le empañan cada vez que habla—. La hipnosis regresiva tiene... resultados variables. Algunas personas acceden a recuerdos vívidos. Otras solo obtienen fragmentos, o nada. Y siempre existe la posibilidad de que lo que experimentes sea...
—Constructo —completo yo—. El cerebro llenando vacíos con material imaginario. Lo sé.
Ella asiente, ajustándose las gafas. —Exactamente. Pero si lo que describes es cierto —y mira a Daniel al decirlo, buscando confirmación, que él ofrece con un leve movimiento de cabeza— entonces vale la pena intentarlo.
Me recuesto. La silla cruje bajo mi peso. Daniel se acerca, se sienta en una silla junto a la mía, lo suficientemente cerca para que pueda sentir su presencia pero lo suficientemente lejos para no interferir. Sus dedos descansan sobre sus rodillas. El anillo de plata está quieto.
—Estoy aquí —dice simplemente.
La Dra. Keller enciende una grabadora —cassette, no digital, el tipo de tecnología que sugiere que ha estado haciendo esto durante décadas— y comienza. Su voz es calmada, monótona, diseñada específicamente para ser aburrida. Me habla de relajación progresiva. De contar hacia atrás. De imaginar una escalera que desciende hacia la profundidad.
Yo cierro los ojos. Respiro. Cuento.
Y entonces, como siempre, no hay transición. Hay un momento en que estoy contando —nueve, ocho, siete— y el siguiente momento estoy en otra parte.
El calor llega primero. Un calor diferente al de Egipto —no seco, no mineral, sino acre, espeso, cargado de humo y madera quemada y algo más, algo animal, el olor de una ciudad entera incendiándose. Abro los ojos —o los ojos de quien sea que soy ahora se abren— y la ciudad está ardiendo.
No es metafórico. Está literalmente ardiendo. Calles estrechas convertidas en túneles de llamas. Bloques de viviendas —insulae, mi cerebro produce la palabra latina sin esfuerzo, estoy en Roma— derrumbándose en nubes de yeso y vigas carbonizadas. Gente corriendo en todas direcciones, algunos hacia el río, otros hacia las colinas, todos gritando, todos transportando lo poco que pueden salvar en manteles, en sábanas, en los pliegues de sus túnicas.
Llevo una túnica sencilla, áspera, del color de la tierra. Mi pelo —más corto que el de Elena, recogido en un moño apretado— está cubierto de ceniza. En mis manos, manchadas de hollín y algo más oscuro —sangre, probablemente— sostengo un saco de lino que contiene hierbas secas, vendas improvisadas, instrumentos rudimentarios que reconozco con la familiaridad de quien los ha usado cientos de veces. Soy médica. O algo parecido a una médica. En esta época, en esta ciudad, soy propiedad de alguien —el brazo derecho lleva una marca, no el ankh, otra cosa, un símbolo de propiedad— pero mi conocimiento me ha concedido ciertos privilegios. Me dejan moverme. Me dejan tratar a los heridos. Me dejan buscar.
Porque estoy buscando. Lo sé con la misma certeza con que sé que el fuego quema. Algo —o alguien— en esta ciudad en llamas. Algo importante. Algo que he estado buscando durante... no sé cuánto tiempo. Solo sé que no puedo parar.
Un grito me saca del trance de la búsqueda. Un niño. Pequeño, no más de cinco o seis años, atrapado bajo los escombros de una insula parcialmente derrumbada. Su brazo izquierdo está atrapado bajo una viga, la piel alrededor ya enrojecida, ampollándose con el calor de la madera carbonizada. Sus ojos —enormes, oscuros, llenos de un terror que ningún niño debería conocer— me encuentran entre el humo.
Me arrodillo. Mis manos se mueven con la eficiencia automática que he empezado a reconocer —esta no es la primera vez que trato quemaduras, esta no es la primera vez que extraigo a alguien de bajo escombros, mi cuerpo conoce este trabajo mejor que mi mente conoce mi propio nombre. Levanto la viga —no sola, un hombre pasa, me ayuda, nuestras manos se encuentran brevemente sobre la madera caliente— y libero el brazo del niño.
Está mal. Muy mal. La quemadura es profunda, la piel ya necrótica en algunos puntos, y hay una fractura compuesta en el cúbito que sobresale a través de la carne como un hueso pidiendo auxilio. En 1987, este niño iría directamente a quirófano. En el 64 d.C., tengo hierbas, tengo vendas, tengo las manos que Dios —o los dioses, o el azar— me dio.
Trabajo. El mundo se reduce al brazo del niño, a mis dedos moviéndose con una precisión que viene de alguna parte fuera de mi conciencia, aplicando un ungüento a base de miel y ajo —antibacteriano primitivo, sé esto sin haberlo aprendido en mi acutal consciencia—, inmovilizando la fractura con tablillas improvisadas de madera carbonizada, vendando con tiras de mi propia túnica porque no hay nada más disponible.
El niño deja de llorar. Sus ojos, todavía enormes, me miran con algo que se parece a la confianza. Le digo algo en latín —Ne timeas, parve. Ego te tuebor—un consuelo, una promesa, palabras que surgen de mi boca antes de que mi cerebro las forme— y él asiente, una vez, como si un niño de cinco años pudiera entender que está siendo tratado por alguien que no debería existir en esta época.