Enero trae un frío que se instala en los huesos y se niega a marcharse. Las ventanas del apartamento tienen ese velo delgado de escarcha en los bordes, y el radiador —un artefacto antiguo que golpea y silba como un animal moribundo— lucha contra él con una determinación conmovedora pero inútil. Daniel ha traído una manta extra. La ha colocado sobre el respaldo del sofá —su sofá, su cama improvisada desde hace tres semanas— con la precisión de alguien que ha aprendido a hacer de espacios temporales algo parecido a un hogar.
Estamos trabajando. O eso pretendemos. Los libros están abiertos sobre la mesa —esa mesa que es todas las mesas— y mis notas se entremezclan con las suyas hasta que ya no puedo distinguir cuál letra es cuál. Hemos estado así desde la mañana, buscando patrones, cruzando referencias, construyendo una cronología de apariciones que se extiende desde el Egipto de Merit hasta... hasta dónde, exactamente, todavía no estamos seguros.
Pero algo ha cambiado en los últimos días. El trabajo ya no es solo trabajo. Hay pausas más largas. Miradas que se sostienen un segundo más de lo necesario. Esta tarde, Daniel hizo té —no café, té, con miel, en tazas que compró específicamente para este apartamento— y el gesto fue tan deliberadamente doméstico que ambos lo notamos y ambos decidimos no comentarlo.
Ahora son las once de la noche. El apartamento está en silencio excepto por el golpeteo irregular del radiador y el leve crujir de páginas cuando las pasamos. Daniel está sentado en el suelo, la espalda contra el sofá, las piernas extendidas frente a él, un libro abierto sobre sus rodillas. Yo estoy en la silla, pero me he deslizado hasta el borde, lo suficientemente cerca para que nuestros hombros casi se toquen cuando alguno de los dos se mueve.
—Necesitamos descansar —dice él, cerrando el libro con un suspiro que parece venir de algún lugar profundo dentro de su pecho—. Esto no va a ninguna parte esta noche.
Asiento. No discuto. Mi brazo —donde la quemadura de Roma está cicatrizando, dejando una marca roja que los médicos del hospital atribuyeron a “contacto accidental con una superficie caliente”— duele con un latido sordo y persistente, y mis ojos arden de tanto forzarlos sobre texto impreso en fuentes demasiado pequeñas.
Daniel se levanta. Camina hasta la ventana. Mira la escarcha, los copos de nieve cayendo en la oscuridad, el callejón donde los contenedores de basura forman siluetas fantasmales bajo la luz de una farola defectuosa.
—He estado soñando —dice, y la frase sale tan suavemente que casi no la oigo sobre el silbido del radiador.
Me giro en la silla. Él no se vuelve. Sigue mirando la ventana, su reflejo parcial superpuesto sobre el vidrio empañado, como si estuviera hablando tanto a mí como a su propio fantasma.
—Fuego —continúa—. Arena. No juntos. Por separado. Fragmentos. Como... como los tuyos, pero más débiles. Como ecos.
Me levanto. Camino hasta él. Me coloco a su lado, lo suficientemente cerca para que nuestro calor se mezcle en el estrecho espacio entre nuestros brazos, pero sin tocarlo. No todavía. No hasta estar segura de lo que esto significa.
—¿Desde cuándo? —pregunto, y mi voz es más estable de lo que esperaba.
—Desde Roma. Desde que te vi... —traga, ajusta el anillo de plata, ese gesto inconsciente que ha pasado de ser un tic a ser una especie de lenguaje entre nosotros— desde que te vi volver con ceniza en las manos y una quemadura que no debería estar ahí.
Cierra los ojos. Respira hondo. Cuando los abre de nuevo, me mira directamente, y lo que veo en ellos me detiene el corazón: no es miedo, aunque hay miedo. No es fascinación científica, aunque eso también está presente. Es reconocimiento. El reconocimiento de alguien que ha encontrado algo que sabía, a algún nivel profundo e inarticulado, que estaba buscando.
—Soñé con arena primero —dice—. Arena caliente bajo mis pies. Un cielo tan azul que dolía mirarlo. Y una voz... —su voz se quiebra levemente, casi imperceptiblemente— una voz que decía “todavía no”. En español. Como la tuya.
El aire entre nosotros parece haberse espesado, cargado con algo que no es exactamente electricidad pero que se comporta de manera similar: estático, anticipatorio, a punto de descargar.
—¿Crees que es...? —empiezo, pero no sé cómo terminar la pregunta. ¿Contagio? ¿Empatía? ¿Algo más antiguo y más complicado que ninguna de nuestras palabras puede capturar?
—No lo sé —responde Daniel, y la honestidad cruda de la frase es un regalo—. Podría ser sugestión. Podría ser que mi cerebro, después de semanas escuchándote describir tus visiones, está produciendo sus propias versiones. Podría ser...
Se detiene. Sus dedos encuentran los míos en la penumbra entre nuestros cuerpos, y el contacto —simple, deliberado, sin la urgencia del romance sino con la solidez de algo que ha sido considerado— nos une en un circuito cerrado de calor y certeza.
—Podría ser que esto nos incluye a los dos —dice finalmente—. Que siempre nos ha incluido a los dos, y solo ahora estamos lo suficientemente cerca para notarlo.
No beso. No abrazo. Nos quedamos ahí, de pie junto a la ventana empañada, nuestras manos entrelazadas, nuestras respiraciones encontrando el mismo ritmo lento y constante, mirando la nieve caer sobre una ciudad que existe en un tiempo y un lugar específicos, mientras algo dentro de nosotros —algo antiguo, paciente, que ha esperado a través de incendios y arenas y milenios de búsqueda fallida— reconoce, por fin, que la distancia se ha acortado.
—Tengo miedo —admito, y es la verdad más pura que he pronunciado en semanas.
—Yo también —responde Daniel, y sus dedos se ajustan alrededor de los míos, no apretando sino afirmando: estoy aquí. Esto es real. Lo que venga, lo enfrentamos juntos.
Más tarde, cuando él se ha acostado en el sofá —demasiado pequeño para su estatura, sus pies sobresaliendo del extremo, cubiertos con la manta que trajo— y yo estoy en la cama, con las sábanas tirando hasta la barbilla y el frío de enero mordiendo los bordes de la ventana, coloco mi mano sobre el ankh en mi cadera.