Ese beso en la penumbra de diciembre no resolvió el misterio, pero cambió las reglas del juego. En las semanas que siguieron, mientras enero se finalizaba en Boston con su hielo implacable, Daniel no volvió a alejarse. El eco de aquel «todavía no» resonaba en mi mente como una promesa suspendida en el tiempo, pero ahora, por primera vez, la búsqueda no se sentía como un castigo solitario. Tenía un ancla. Tenía unos ojos café que me devolvían a la realidad cada vez que la marea del pasado amenazaba con arrastrarme de nuevo. Y esa realidad nos había traído hoy aquí, a las entrañas del saber académico, buscando en los registros humanos la sombra de lo que yo había presenciado en el espíritu.
La Sala de Lectura de los Manuscritos Antiguos en la Escuela de Divinidad de Harvard huele a cuero viejo y a polvo que ha tenido siglos para asentarse en los rincones. Es una habitación pequeña, con mesas de roble oscuro que llevan las cicatrices de generaciones de codos académicos, y ventanas altas que dejan entrar una luz invernal pálida, el tipo de luz que parece haber sido filtrada a través de capas de tiempo antes de llegar al presente.
La curadora —una mujer de sesenta y tantos con gafas de montura de tortuga y un suéter que parece haber sido tejido específicamente para no llamar la atención— nos ha concedido acceso a los textos copto-esenios después de tres semanas de solicitudes, revisiones de credenciales, y lo que sospecho fue una llamada telefónica entre Daniel y algún antiguo profesor suyo cuya autoridad académica supera cualquier protocolo burocrático.
—Están fragmentados —nos advierte, colocando cajas de conservación sobre la mesa con manos que tratan cada manuscrito como si fuera un niño dormido—. Y la traducción es... controvertida. Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre si representan una tradición esenia tardía influenciada por el cristianismo copto temprano, o una secta completamente diferente que tomó prestado de ambas tradiciones.
—Entendido —dice Daniel, y ya tiene sus guantes— los mismos que usa en las autopsias— y su cuaderno de notas abierto, su bolígrafo preparado. Lo he visto examinar cadáveres con menos solemnidad de la que está mostrando ahora frente a estos fragmentos de pergamino.
Trabajamos en silencio. Hojeamos. Daniel lee copto —lo aprendió en el seminario, antes de cambiar a medicina, y esa parte de su historia emerge ahora con una naturalidad que me hace preguntar qué otras habilidades ha estado guardando detrás de esa fachada de patólogo escéptico— y yo busco patrones visuales: el ankh, cruces, cualquier símbolo que se repita a través de los fragmentos. En las partes en las que él no logra descifrar lo que dicen los textos, es donde yo, junto con mis conocimientos adquiridos en cada vida, salidos a flote luego de mi accidente, entramos en juego.
Pasamos horas. La luz cambia fuera de las ventanas —del gris pálido de la mañana al gris más oscuro del mediodía invernal— y la curadora viene y va, trayendo más cajas, ajustando lámparas, mirándonos con esa expresión peculiar de los bibliotecarios que han visto demasiados investigadores obsesivos como para sorprenderse por nada, ero al mismo tiempo, con sospecha, como si estuviéramos cometiendo un delito o preparando uno, al indagar sobre los temas que hemos solicitado.
Y entonces Daniel se detiene.
Sus dedos —esos dedos largos con el anillo de plata— se inmovilizan sobre un fragmento. El pergamino está oscurecido por el tiempo, la tinta desvanecida a un marrón que se confunde con el fondo, pero hay algo ahí, una secuencia de caracteres que ha hecho que su respiración se detenga.
—Aquí —murmura, y su voz tiene esa cualidad que he aprendido a reconocer: el tono de quien acaba de encontrar algo que no esperaba encontrar, o que esperaba encontrar pero temía confirmar—. “La errante”. O “la que busca”. La traducción es ambigua, pero el contexto...
Se inclina. Sus ojos escanean el texto con una intensidad que parece física, como si estuviera intentando extraer significado no solo de las palabras sino de los espacios entre ellas, de la manera en que la tinta se ha asentado en el pergamino, de los pliegues y rasgaduras que el tiempo ha infligido.
—“Marcada con el signo de la vida invertida” —lee, y sus dedos tocan el aire, dibujando la forma del ankh— “condenada a vagar entre los siglos hasta que encuentre el nombre que no puede ser pronunciado hasta ser encontrado”.
El aire en la habitación parece haberse espesado. Fuera, un camión pasa por la calle, su motor retumbando contra el vidrio de las ventanas altas, y el sonido llega amortiguado, distante, como si estuviera ocurriendo en otro siglo.
—El nombre de Dios —dice Daniel, y no es una pregunta—. El tetragrammaton. YHWH. El nombre que, en la tradición judía, era tan sagrado que no se pronunciaba, que se sustituía por Adonai, por HaShem, por cualquier palabra que no fuera el nombre mismo.
Cierra los ojos. Respira hondo. Cuando los abre, me mira con una expresión que mezcla asombro y algo más oscuro, algo que se parece al horror reconocido.
—En la mística judía, conocer el verdadero nombre de Dios confería poder. Era el acceso directo a lo divino, sin intermediarios, sin interpretación. Los esenios —la secta que produjo los Rollos del Mar Muerto— tenían tradiciones específicas sobre el nombre. Lo guardaban en secreto. Lo transmitían solo a los iniciados. Creían que pronunciarlo correctamente, con la intención correcta, podía alterar la realidad.
Sus dedos pasan a otro fragmento. Más deteriorado. La tinta casi desaparecida en algunos sectores, como si el tiempo mismo hubiera intentado borrar este pasaje específico.
—“Y a ella, que desafió los límites del tiempo y la carne, se le concedió la búsqueda perpetua: encontrar el nombre o permanecer fuera del descanso, vagando entre los velos del mundo como un espíritu atado a formas que no le pertenecen.”
La curadora se acerca, curiosidad profesional superando la discreción. —¿Han encontrado algo interesante?