La sala de necropsia de Boston olía a una mezcla agresiva de formaldehído, metal frío y lejía. La luz de los tubos fluorescentes del techo zumbaba de fondo con un tono eléctrico cansado, tiñéndolo todo de una palidez mortecina que me pareció tristemente familiar.
El detective Callahan los esperaba junto a una de las mesas de acero inoxidable, con la gabardina empapada por la nieve derretida y una taza de café de filtro sosteniéndose apenas entre sus dedos gruesos.
—Reyes —saludó Callahan con un asentimiento brusco, evaluándome con una mirada rápida antes de volver la vista al forense—. Gracias por venir tan rápido. La fiscalía está respirando sobre mi cuello. — hizo entonces una pausa para mirarme antes de continuar con lo que parecía ser el reporte policial, que ayudaría a Daniel a tener un contexto más amplio de lo sucedido.
—Detective Callahan, ella es Elena Vance, mi asistente en esta ocasión. Dado que me ha comentado brevemente de la presencia de un símbolo en la escena del crimen, y teniendo en cuenta la actividad a la que se dedicaba la víctima, la he contactado a ella, que es una experta en el campo de la antropología y la filología.
— Comprendo doctor, pero es un tema confidenci... —
— Elena es de mi plena confianza detective, lo que deba decirme, puede hacerlo frente a ella. —
— De acuerdo, siendo así, verá, un profesor de Harvard arrollado en un callejón no es una estadística más para la prensa, es más bien una noticia de alto revuelo debido a los temas que trataba el señor Pendleton.
—¿Qué tenemos, Callahan? —preguntó Daniel, enfundándose ya un par de guantes de látex con la destreza mecánica de su oficio.
—Julian Pendleton, cincuenta y dos años —respondió el detective, consultando una libreta pequeña—. Atropellado a las 14:15. El vehículo aceleró directo hacia él cuando salía de la Biblioteca Pública. Quien conducía sabía exactamente a qué hora salía y qué llevaba debajo del brazo. El maletín voló, los papeles desaparecieron antes de que llegara la primera patrulla, pero en el auto de Pendleton —que estaba aparcado a unos metros— encontramos algo raro que los patrulleros casi pasan por alto.
—¿El qué? —intervino Elena, dando un paso al frente.
Callahan la miró de reojo, pero la presencia serena y firme de la joven disipó cualquier objeción.
—Una libreta de notas pegada con cinta debajo del asiento del conductor. Casi todo está en claves o idiomas antiguos, nada que mis hombres puedan descifrar. Pero en la primera página había una nota reciente con una dirección en el distrito de Beacon Hill y un nombre escrito a lápiz: La Casa de la Sabiduría.
Daniel destapó la sábana que cubría el cuerpo de Pendleton. La pátina gris de la muerte ya se había asentado sobre las facciones del académico. Tenía laceraciones severas en el rostro y el tórax aplastado por el impacto, pero lo que llamó la atención de Daniel no fue la causa evidente del deceso.
—Mira esto, Elena —murmuró Daniel, ajustando la lámpara quirúrgica sobre el brazo derecho del cadáver.
Elena se acercó. La mano derecha de Pendleton conservaba la rigidez cadavérica en una postura forzada. Los dedos estaban agarrotados, pero en la piel de la palma y el antebrazo no solo había sangre seca del choque. Bajo la capa de traumatismos recientes, Daniel limpió la piel con una gasa impregnada en alcohol, revelando algo antiguo.
Una cicatriz profunda, un marcaje por quemadura hecho décadas atrás en la piel de Pendleton: la forma distintiva de un octagrama estilizado —una estrella de ocho puntas envolviendo un ojo abierto—.
—No es una herida reciente —explicó Daniel, tocando el tejido queloide con la yema del guante—. Esto se lo hicieron hace al menos treinta años, según la coloración de la cicatriz y la textura de esta, fue hecha con fuego, una quemadura grave.
Reconozco el símbolo, y digo sin dudar— Es un símbolo de origen mesopotámico. Se usaba en la antigua Bagdad para marcar a los custodios de los archivos restringidos. — entonces siento cómo mi mente, mi alma desean apartarse de este plano pero no es posible. Tambaleo sutilmente, nadie se da cuenta, puesto que están concentrados en la escena que tenemos delante de nuestros ojos.
—Y en la sangre del asfalto —añadió Callahan, sacando una fotografía de revelado instantáneo de su bolsillo y mostrándosela— intentó dibujar este trazo antes de perder el conocimiento. Por lo que veo, el mismo ojo. La misma estrella.
Elena fijó la mirada en la fotografía Polaroid. El símbolo parecía pulsar bajo la luz fría de la morgue, resonando con una vibración oculta en el fondo de su memoria. No era solo teología, ni el Nombre Inefable en pergaminos coptos; Pendleton pertenecía a una línea de búsqueda que cruzaba imperios y siglos, la misma red invisible que yo había aparentemente rozado en mis existencias pasadas y que ahora cobraba una víctima de carne y hueso en el Boston de 1987.
—Alguien está limpiando el terreno —dijo Daniel con voz baja, cruzando una mirada llena de advertencia conmigo—. Se llevaron sus manuscritos, pero no sabían de la libreta del auto ni de lo que Pendleton llevaba grabado en su propia piel.
Tras completar el protocolo de inspección y tomar notas del expediente policial, Daniel y yo abandonamos la morgue en silencio. La atmósfera helada de la ciudad nos envolvió de nuevo mientras el vehículo de Daniel cruzaba las calles cubiertas de nieve, dejando atrás las sirenas y la rigidez de la muerte.
Al llegar al departamento en el que me hospedaba gracias a Daniel, el agotamiento físico y la sobrecarga de respuestas y preguntas suspendidas en el aire nos dejaron en un estado de quietud absoluta. Daniel preparó un té en la cocina mientras yo me despojaba del abrigo pesado y me dejaba caer sobre el mueble de la sala. El choque entre la muerte violenta de Pendleton en el presente y el conocimiento milenario que se desplegaba ante nosotros pesaba sobre nuestros hombros - en particular los míos- con la fuerza de un ancla.