Febrero en Boston es el mes en que el invierno decide demostrar que puede empeorar. La nieve ya no cae —se lanza, horizontal, impulsada por vientos que encuentran cada grieta en el aislamiento de este apartamento y la explotan con la determinación de quien tiene una vendetta personal contra el confort humano. El radiador golpea y silba. Las ventanas tienen esa capa de hielo interno que nunca se derrite completamente, convirtiendo el mundo exterior en una acuarela borrosa de grises y blancos indistinguibles.
Hemos establecido una rutina. Daniel cocina —resulta que es bueno, realmente bueno, con un repertorio de platos que van desde lo sencillo (pasta con ajo y aceite de oliva) hasta lo elaborado (un estofado marroquí que requiere especias que tuvo que pedir por correo)— y yo lavo los platos. Él duerme en el sofá aunque ya no mencionamos la incomodidad obvia de sus casi dos metros intentando acomodarse en un mueble diseñado para personas significativamente más pequeñas, sabiendo que él tiene su propio departamento, al cual escasamente acude por ropa de cambio, elementos de aseo, recolectar las cuentas y pagarlas. Yo leo en la cama hasta tarde, subrayando pasajes en libros que él trae de la biblioteca, y a veces —cada vez con más frecuencia— él se sienta en el borde de la cama y leemos juntos, sus hombros contra los míos, su dedo índice siguiendo líneas de texto mientras murmura comentarios en voz baja.
Es doméstico de una manera que ninguno de los dos planeó, y que ninguno de los dos ha tenido el valor de nombrar.
Esta noche, él está cocinando. Algo con cebolla —la está picando con una precisión que delata años de práctica quirúrgica, cada corte exactamente del mismo grosor, sus manos moviéndose con la eficiencia automática de quien ha internalizado un gesto hasta que dejó de ser consciente de él— y el aroma llena el apartamento, cálido, terroso, anclándonos en este momento específico de un modo que ninguna conversación sobre regresiones, manuscritos copto-esenios, cadáveres o gente con poder manipulando escenas podría lograr.
Yo estoy secando los platos del desayuno. Un gesto mundano, repetitivo, el tipo de actividad que ocupa las manos y libera la mente para vagar por territorios menos seguros. Mis pensamientos han estado en Bagdad durante días —en la tinta en mi palma, que se lavó después de tres intentos vigorosos pero dejó una sombra tenue, como un tatuaje fantasma, alrededor de las líneas de mi mano— y en el manuscrito que Aisha salvó y que, presumiblemente, se perdió de todos modos cuando la flecha mongol encontró su objetivo.
—¿En qué piensas? —pregunta Daniel sin girarse, sus manos todavía ocupadas con la cebolla, y hay algo en cómo formula la pregunta —suave, casual, como si estuviera preguntando sobre el clima— que me dice que ha estado observando mi silencio, midiéndolo, decidiendo cuándo intervenir.
—En fracasos —respondo, y la honestidad de la palabra me sorprende a mí misma—. En todas las veces que estuve cerca y no lo suficiente cerca. En todas las cosas que salvé y que se perdieron de todos modos.
Él deja el cuchillo. Se seca las manos en un paño de cocina —ese gesto deliberado, completo, que hace con todo— y se gira para mirarme. Hay harina en su mejilla izquierda, una mota blanca contra su piel canela, y el contraste es tan incongruentemente adorable que algo en mi pecho se contrae con una fuerza que bordea el dolor.
—No todo lo que salvas tiene que durar para siempre para valer la pena —dice, y su voz tiene esa cualidad que he empezado a captar —suave pero sólida, como madera bien trabajada—. A veces salvar algo por un día, por una hora, es suficiente. A veces ese es todo el propósito: ser el puente entre un momento y el siguiente, aunque no haya garantía de que alguien cruce después de ti.
La simpleza de la observación —su falta de grandilocuencia, su rechazo a convertir el sufrimiento en algo épico, trágico o solemne— me afecta de una manera que las explicaciones teológicas o científicas nunca han logrado. Me quedo ahí, con el plato todavía en mis manos, la toalla colgando inútilmente a mi lado, y lo miro —realmente lo miro, no como al médico que me examinó en el hospital, no como al investigador que cataloga evidencias imposibles, sino como al hombre que ha estado durmiendo en mi sofá durante semanas, acomodando sus casi dos metros de estatura en la estrechez de mi sala, cocinando en mi cocina y sosteniendo mis manos con sus dedos largos a través de visiones que deberían haberlo hecho huir gritando—. Observo la línea firme de su mandíbula definida por la barba corta, el desorden rebelde de rizos oscuros que le caen sobre la frente y esa mirada atenta que me envuelve con una calidez imponente. Y en ese instante, al contemplar la inmensidad tranquila de su cuerpo parado frente a mí, algo se decide en mí, o quizás se decidió hace mucho y solo ahora estoy encontrando el valor para reconocerlo.
—¿Por qué te quedas? —pregunto, y la pregunta contiene todas las otras preguntas: ¿por qué no te asustas? ¿por qué no me abandonas? ¿por qué miras lo imposible y, en lugar de retroceder, avanzas?
Daniel no responde inmediatamente. Sus ojos —esos ojos café cansados que han visto demasiados cadáveres para creer en simplificaciones— me miran con una intensidad que hace que el aire entre nosotros parezca haber cambiado de composición, volviéndose más denso, más cargado, como el aire antes de una tormenta.
Se acerca, toma un mechó de cabello y lo coloca detrás de mi oreja —Tenía una hermana —dice finalmente, y cada palabra parece haber sido seleccionada de un conjunto muy reducido de opciones adecuadas—. Lucía. Dos años menor que yo. Leucemia a los dieciséis. Murió a los diecinueve.
El apartamento está en silencio excepto por el leve chisporroteo de la cebolla en la sartén, que Daniel ha apartado del fuego con un movimiento automático, priorizando esta conversación sobre la comida con la misma decisión con que priorizaría una hemorragia sobre un hueso roto.