Han pasado tres días desde Tenochtitlán. Tres días durante los cuales he estado... ausente. Presente físicamente —aquí, en este apartamento, sentada en esta silla, pasando páginas de estos libros— pero mentalmente en otro lugar. En ese templo menor. En esas palabras del sacerdote. En ese mensaje que flota en mi mente como un objeto pesado suspendido en aguas demasiado superficiales para sostenerlo.
“El que buscas viene después de la sangre.”
Después de toda sangre.
He estado haciendo listas. En mi cuaderno —ese cuaderno espiral que ha acumulado más vidas de las que cualquier cuaderno debería contener— he escrito cada instancia de sangre que he presenciado. Egipto: sangre en el templo, probablemente mía, probablemente de Thutmose, difícil saberlo con los fragmentos que tengo. Roma: sangre del niño que salvé, sangre de los heridos en el incendio, mi sangre bajo los escombros. Jerusalén: no sangre directamente, pero la resurrección de Lázaro ocurre después de la muerte, y la muerte es sangre detenida, sangre que ha cumplido su propósito y se ha retirado. Bagdad: sangre en el Tigris, tinta y sangre mezcladas, conocimiento y vida evaporándose juntos. Tenochtitlán: sangre en cantidades que desafían la categorización, sangre que tiñó un lago, sangre que todavía siento bajo mis uñas aunque me las haya lavado docenas de veces.
Y antes de eso, ¿cuánta más? En vidas que no recuerdo, o que solo recuerdo en fragmentos —arena caliente, fuego blanco, una voz diciendo todavía no— ¿cuánta sangre he visto? ¿Cuántos mundos han tenido que caer para que yo continúe buscando?
La crisis llega un martes por la tarde. Estamos en la mesa —esa mesa que es todas las mesas— y Daniel está traduciendo un pasaje de un manuscrito copto que conseguimos a través de un contacto en Princeton. Yo debería estar ayudando porque aún a él se le dificulta un poco incluso con las notas que le he dejado para traducir. En lugar de eso, estoy mirando mis manos —estas manos que han tejido y empuñado espadas y escrito venenos y salvado niños y sostenido manuscritos que no podía leer— y la pregunta que ha estado creciendo durante tres días finalmente encuentra su voz.
—¿Y si nunca lo encuentro?
Daniel levanta la vista. Me estudia con una atención que hace que el aire entre nosotros se espese.
—¿El nombre? —pregunta, aunque ambos sabemos que no es solo el nombre. Es todo. Es el objeto de la búsqueda perpetua, la cosa que ha eludido cada una de mis vidas a través de milenios de arena y fuego y muerte.
—Todo —confirmo, y mi voz suena plana, agotada, como si hubiera estado corriendo una distancia que no podía medir y acabara de darse cuenta de que la línea de meta no existe—. ¿Y si esto es exactamente lo que los textos copto-esenios decían? Una condena. Un castigo. Vagar por la eternidad sin encontrar lo que busco, porque encontrar lo que busco sería el fin de la condena, y la condena, por definición, no tiene fin.
Cierro el libro frente a mí —un gesto brusco, innecesario, la clase de gesto que haces cuando tu cuerpo necesita moverse pero tu mente no tiene un destino claro— y me levanto. Camino hasta la ventana. La nieve ha dejado de caer. El callejón está en silencio, los contenedores de basura formando siluetas negras contra la nieve acumulada, y el cielo —ese cielo invernal de Boston, del color exacto de la duda— se extiende sobre todo como un techo demasiado bajo.
—He estado cerca —continúo, y ahora las palabras vienen más rápido, impulsadas por algo que ha estado fermentando durante días, durante semanas, durante todas las vidas que recuerdo y todas las que presiento—. En Jerusalén. Estuve a metros de él. Lo miré a los ojos. Él me miró a los míos. Y todavía... todavía no fue suficiente. Como si hubiera una barrera. Como si el universo mismo dijera: puedes acercarte, puedes mirar, pero no puedes tener. No todavía. Quizás nunca.
Daniel no responde inmediatamente. Oigo el leve crujir de su silla cuando se recuesta, el sonido de sus dedos —esos dedos largos con el anillo de plata— golpeando ligeramente contra la mesa, ese tic pensativo que ha desarrollado desde que empezamos este viaje juntos.
—En medicina —dice finalmente, y su voz tiene esa cualidad que he empezado a anhelar —suave pero sólida, como madera bien trabajada— hay un concepto llamado “diagnóstico de exclusión”. Cuando encuentras síntomas que no encajan en ninguna categoría establecida, a veces el enfoque más honesto es decir: no sé qué es esto, pero sé qué no es.
Se levanta. Camina hasta la ventana. Se coloca a mi lado, lo suficientemente cerca para que nuestro calor se mezcle en el estrecho espacio entre nuestros brazos, pero sin tocarme. No todavía.
—He visto tu resonancia —continúa—. He visto cicatrices internas de heridas que nunca recibiste. Te he visto tejer patrones que nunca aprendiste. Te he visto volver de Bagdad con tinta en las manos y de Roma con quemaduras en el brazo. Y cada explicación que se me ocurre —trastorno disociativo, epilepsia del lóbulo temporal, elaboración fantástica secundaria a trauma craneal— falla en capturar la totalidad de lo que estoy viendo.
Gira para mirarme. Sus ojos encuentran los míos directamente, y hay algo en ellos —algo crudo, vulnerable, desprovisto de la protección profesional que solía llevar— que me detiene el corazón.
—Pero hay algo que sé con certeza, Elena. Y es esto: en cada vida que has descrito, en cada fragmento que has recuperado, has hecho algo. Has salvado a un niño en Roma. Has preservado conocimiento en Bagdad. Has llevado mensajes a través del tiempo que, quién sabe, quizás lleguen a su destino en alguna vida futura. Has estado presente en momentos donde la presencia importaba.
Sus dedos encuentran los míos en el alféizar de la ventana. El contacto es suave, deliberado, como si estuviera tocando algo precioso y frágil.
—El propósito no está necesariamente en encontrar —dice, y cada palabra parece haber sido considerada, pesada, seleccionada entre alternativas menos adecuadas—. A veces el propósito está en buscar. En estar ahí. En ser el testigo, el puente, la persona que elige permanecer en el lugar donde el dolor ocurre en lugar de huir de él.