Siempre he creído que los recuerdos son mentirosos.
Con los años dejan de ser fotografías y se convierten en pinturas. Los colores cambian, los detalles desaparecen y el corazón termina rellenando los espacios vacíos con lo que hubiera querido que ocurriera.
Por eso no sé si realmente ese día estaba lloviendo o si es mi mente la que decidió poner lluvia sobre el recuerdo para hacerlo más dramático.
Lo único que sé con certeza es que, antes de conocerla, yo era alguien diferente.
No era el hombre que escribe estas páginas.
Era un muchacho lleno de ideas absurdas. Creía que la vida tenía un orden, que las personas buenas recibían cosas buenas y que amar era suficiente para mantener a alguien a tu lado.
Qué poco sabía.
Vivía con una rutina sencilla. Me levantaba temprano, trabajaba hasta que el cuerpo no podía más y por las noches me refugiaba en mi pequeño mundo. Nunca fui de salir demasiado. Prefería el silencio antes que las fiestas, un libro antes que una multitud y una conversación sincera antes que cien saludos vacíos.
La soledad nunca me molestó.
Hasta que apareció ella.
Fue un encuentro tan común que cualquiera lo olvidaría.
Yo no.
Recuerdo verla por primera vez sin saber que estaba observando a la persona que cambiaría cada rincón de mi existencia.
No llevaba nada extraordinario.
No era la mujer más llamativa del lugar.
No había música de fondo ni el tiempo se detuvo como ocurre en las películas.
Simplemente sonrió.
Y esa sonrisa hizo algo que nadie había conseguido antes.
Me hizo sentir visto.
Hay personas que llegan haciendo ruido.
Ella llegó haciendo silencio.
Comenzamos hablando de cualquier cosa. De esas conversaciones que empiezan sin importancia y terminan robándote horas sin que te des cuenta.
Descubrí que tenía una manera extraña de escuchar. Mientras la mayoría esperaba su turno para hablar, ella realmente prestaba atención.
Recordaba detalles.
Preguntaba.
Se reía de mis historias más tontas como si fueran las mejores del mundo.
Por primera vez en mucho tiempo alguien parecía interesado en conocerme de verdad.
Los días comenzaron a cambiar.
Sin darme cuenta esperaba con ansiedad el momento de volver a verla.
El teléfono dejó de ser un aparato cualquiera y se convirtió en una ventana hacia ella.
Cada notificación aceleraba mi corazón.
Cada mensaje iluminaba un día que, hasta entonces, había sido exactamente igual al anterior.
Nunca imaginé que una persona pudiera cambiar tanto una rutina sin siquiera proponérselo.
Con ella empecé a reír más.
Dormía menos porque prefería pasar la madrugada hablando.
Comencé a hacer planes.
A imaginar viajes.
A pensar en un futuro que antes nunca me había interesado construir.
Ella no prometía nada.
Y quizá ese fue mi primer error.
Las promesas las hice yo, dentro de mi cabeza.
Construí una historia antes de que existiera.
La convertí en el centro de mis pensamientos.
Sin darme cuenta, estaba depositando toda mi felicidad en alguien que todavía no sabía el peso que eso significaba.
Pero el amor siempre comienza así.
Con pequeñas decisiones que parecen insignificantes.
Un mensaje más.
Cinco minutos más de conversación.
Una despedida que dura una hora.
Una canción que empieza a tener nombre.
Una fotografía que deja de ser una imagen para convertirse en un recuerdo.
Nunca imaginé que estaba construyendo el mismo lugar donde algún día terminaría perdiéndome.
Si alguien me hubiera dicho aquella tarde que esa sonrisa terminaría convirtiéndose en el recuerdo más doloroso de mi vida, me habría reído.
Porque en ese momento todo parecía posible.
Y cuando todo parece posible...
Nunca imaginas que también es posible perderlo todo.