Otras llegan como el amanecer.
Ella fue un amanecer.
No apareció para cambiar mi mundo de un día para otro. Lo hizo lentamente, sin darse cuenta. Poco a poco fue ocupando espacios que antes pertenecían al silencio.
Las conversaciones comenzaron a ser parte de mi rutina.
Un "buenos días" suyo tenía el extraño poder de mejorar una mañana que había empezado mal. Un "¿cómo estás?" dejaba de ser una pregunta cualquiera porque ella parecía interesarse de verdad por la respuesta.
Con el tiempo dejamos de hablar solo de nuestros gustos.
Empezamos a hablar de nuestros miedos.
De nuestras familias.
De los sueños que nunca le habíamos contado a nadie.
Ella me confesó que siempre había tenido miedo de que la abandonaran.
Yo le confesé que mi mayor miedo era no ser suficiente para alguien.
Ella respondió con una sonrisa.
—No creo que tengas que preocuparte por eso.
Todavía recuerdo esas palabras.
Qué irónico es descubrir, años después, que una frase puede convertirse en un recuerdo que duele más que un grito.
Los días se transformaron en semanas.
Las semanas en meses.
Y sin darme cuenta empecé a imaginarla en todos mis planes.
Cuando caminaba por una tienda veía algo que podía gustarle.
Cuando escuchaba una canción pensaba en enviársela.
Cuando veía un atardecer deseaba que estuviera conmigo para compartirlo.
Era la primera vez que alguien ocupaba tanto espacio dentro de mi cabeza.
Y, curiosamente, nunca me sentí invadido.
Me sentía completo.
Ella también parecía feliz.
Reía conmigo.
Me buscaba para contarme cómo había sido su día.
Me enviaba fotografías de cualquier cosa: una taza de café, un cielo lleno de nubes, un libro que estaba leyendo o una calle por la que acababa de pasar.
Detalles pequeños.
Pero fueron esos detalles los que terminaron construyendo algo enorme.
Una noche hablamos hasta que salió el sol.
No recuerdo exactamente de qué.
Solo recuerdo que, cuando miré la hora, eran casi las seis de la mañana.
Nos reímos.
Ella dijo que estábamos locos.
Yo pensé que podía pasar toda la vida perdiendo el sueño si era para escuchar su voz.
No se lo dije.
Todavía me daba miedo decir demasiado.
El amor tiene una costumbre cruel.
Mientras más feliz eres, más miedo tienes de perder aquello que te hace feliz.
Ese miedo comenzó a crecer dentro de mí sin que ella lo notara.
Cada vez que tardaba un poco más en responder, imaginaba que algo había cambiado.
Cada vez que estaba ocupada, mi cabeza inventaba historias que nunca habían ocurrido.
Nunca se lo reclamé.
Todo sucedía dentro de mí.
Era una batalla silenciosa entre la razón y el miedo.
La razón decía que todo estaba bien.
El miedo respondía que las cosas buenas nunca duran para siempre.
Aun así, seguí adelante.
Porque cuando uno ama, siempre cree que el miedo desaparecerá con el tiempo.
No sabía que, en realidad, estaba alimentándolo.
Hoy, al recordar aquellos meses, entiendo que fui realmente feliz.
No era una felicidad perfecta.
Pero era auténtica.
Y quizá por eso duele tanto recordarla.
Porque uno no llora únicamente por lo que perdió.
También llora por la persona que era antes de perderlo.
Sin saberlo, aquellos fueron los últimos días en los que mi corazón todavía desconocía el verdadero significado de la palabra "ausencia".
La tormenta aún estaba lejos.
O al menos eso era lo que yo quería creer.