No lo entendía.
Hasta que empecé a mirarlo todo pensando en ella.
Las calles que antes recorría sin prestar atención comenzaron a guardar recuerdos. Había una banca donde pasábamos horas hablando, una cafetería donde siempre discutíamos cuál postre era mejor y un parque en el que, sin hacer absolutamente nada, podíamos pasar toda una tarde.
No necesitábamos grandes planes.
Nos bastaba con estar juntos.
Y eso era lo extraordinario.
Había descubierto que la felicidad no siempre llega en momentos gigantescos. A veces se esconde en los detalles más pequeños.
En la forma en que ella tomaba mi mano cuando cruzábamos una calle.
En cómo acomodaba su cabello detrás de la oreja cuando el viento lo despeinaba.
En esa costumbre suya de sonreír antes de decir algo importante.
Cada uno de esos gestos se convirtió en un tesoro que mi memoria decidió guardar para siempre.
Una tarde decidimos alejarnos de la ciudad.
Tomamos un autobús sin un destino especial.
Solo queríamos descubrir algún lugar nuevo.
Después de caminar durante un buen rato encontramos una colina desde la que podía verse el atardecer completo.
El cielo comenzó a teñirse de naranja, luego de rojo y finalmente de un azul tan profundo que parecía no tener final.
Nos sentamos sobre el césped.
Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Yo respiré profundamente.
—¿Sabes qué es lo más bonito de este lugar? —me preguntó.
Miré el paisaje.
—¿La vista?
Negó con una sonrisa.
—No... es que estoy aquí contigo.
Por un instante sentí que el tiempo se había detenido.
No respondí de inmediato.
Había palabras que se quedaban pequeñas para describir lo que uno sentía.
Solo tomé su mano.
Ella entrelazó sus dedos con los míos.
Y entendí que, a veces, el silencio también podía decir "te amo".
A partir de ese día comenzamos a hablar del futuro con más frecuencia.
No como un sueño lejano.
Sino como algo que realmente pensábamos construir.
Hablábamos de una casa pequeña.
Con muchas ventanas.
Una biblioteca.
Una cocina donde pudiéramos preparar la cena juntos aunque ninguno supiera cocinar demasiado bien.
Ella quería un perro.
Yo decía que dos.
Ella respondía que terminaríamos adoptando cinco porque no sabríamos decirles que no.
Reíamos imaginando un futuro que, en nuestra mente, ya existía.
Éramos jóvenes.
Y quizá por eso creíamos que el tiempo estaba de nuestro lado.
Una noche, mientras caminábamos de regreso a casa, comenzó a llover.
Corrimos buscando dónde refugiarnos.
Terminamos debajo del techo de una tienda cerrada.
Estábamos completamente empapados.
Ella empezó a reír.
Yo también.
No sé quién dio el primer paso.
Solo sé que, unos segundos después, nos estábamos besando mientras la lluvia seguía cayendo alrededor.
Fue un beso largo.
Tranquilo.
Sin prisas.
Como si el mundo hubiera desaparecido por unos minutos.
Cuando nos separamos, ella apoyó la frente contra la mía.
—Prométeme algo.
—Lo que quieras.
—Pase lo que pase... nunca dejes de hablar conmigo.
Sonreí.
En ese momento esa promesa parecía la más fácil del mundo.
—Te lo prometo.
Nunca imaginé que algunas promesas no se rompen porque uno quiera.
Se rompen porque la vida cambia a las personas.
Pero esa noche no existían los miedos.
No existían las despedidas.
Solo existíamos nosotros.
Los meses siguieron pasando y la felicidad dejó de sentirse como un momento.
Se convirtió en una costumbre.
Nuestros amigos comenzaron a decir que hacíamos una buena pareja.
Nuestras familias ya conocían nuestros nombres.
Las fotografías se acumulaban.
Las canciones tenían recuerdos.
Cada fecha importante encontraba una razón para celebrarse.
Por primera vez en mi vida dejé de preguntarme qué me faltaba.
Porque sentía que ya lo tenía todo.
Recuerdo haber pensado, mientras la veía caminar unos pasos delante de mí, que si alguien me preguntaba cuál había sido el mejor día de mi vida, no sabría responder.
No porque hubiera uno.
Sino porque todos los días junto a ella parecían competir por ese lugar.
Qué extraño es recordar la felicidad cuando ya no existe.
Porque el corazón no solo recuerda lo que perdió.
También recuerda lo seguro que estaba de que nunca lo perdería.
Y quizá ese fue mi error más grande.
Creer que algunas historias eran demasiado bonitas para terminar.
La nuestra apenas comenzaba a escribir sus páginas más importantes.
Y ninguno de los dos sospechaba que el destino ya había empezado a pasar la siguiente hoja.