Antes de apagar la luz

Intentar volver donde eramos felices.

A veces uno no lucha por una persona.

Lucha por los recuerdos que construyó con ella.

Lucha por las conversaciones que ya no existen.

Por las risas que antes llenaban los días.

Por esa versión de la relación donde todo parecía sencillo.

Yo no quería aceptar que algo estaba cambiando.

Porque aceptar que una persona se está alejando es aceptar que quizás no puedes hacer nada para detenerlo.

Y yo todavía no estaba preparado para esa posibilidad.

Así que hice lo que muchas personas hacen cuando tienen miedo de perder algo importante.

Intenté dar más.

Más tiempo.

Más atención.

Más detalles.

Pensé que quizás solo necesitábamos volver a encontrarnos.

Tal vez habíamos dejado de cuidarnos sin darnos cuenta.

Tal vez la rutina había ocupado el lugar de la emoción.

Tal vez solamente necesitábamos recordar por qué nos habíamos elegido.

Comencé a buscar esos pequeños momentos que antes nos hacían felices.

Le enviaba canciones que me recordaban a ella.

Le escribía mensajes inesperados.

Intentaba hacerla reír como antes.

No porque quisiera demostrarle algo.

Sino porque extrañaba verla feliz conmigo.

Una noche preparé una sorpresa.

Nada exagerado.

Solo algo sencillo.

Recordé una conversación que habíamos tenido meses atrás, cuando hablamos de lugares que queríamos visitar juntos.

Elegí uno de esos lugares.

Cuando llegó, su sonrisa me hizo pensar que había tomado la decisión correcta.

Durante unas horas todo volvió a sentirse como antes.

Hablamos.

Reímos.

Recordamos historias antiguas.

Por un momento desaparecieron mis dudas.

Por un momento volvimos a ser nosotros.

Y quizás ese era el problema.

Los momentos buenos seguían existiendo.

Por eso era tan difícil entender lo que estaba pasando.

Si todo estuviera mal, sería más fácil.

Si ella hubiera dejado de quererme completamente, quizás habría sabido qué hacer.

Pero no era así.

Todavía había cariño.

Todavía había abrazos.

Todavía había palabras bonitas.

Solo que algo había cambiado en una forma que ninguno de los dos sabía explicar.

Después de esa noche, mientras caminábamos de regreso, ella tomó mi mano.

—Gracias por hacer esto —me dijo.

Sonreí.

—No tienes que agradecerme.

Ella me miró.

—A veces siento que intentas que todo vuelva a ser como antes.

Sus palabras me sorprendieron.

No porque fueran una acusación.

Sino porque tenían algo de verdad.

Me quedé callado unos segundos.

Porque no sabía cómo responder.

¿Cómo le explicas a alguien que no estás intentando regresar al pasado por miedo?

¿Cómo dices que solo quieres recuperar esa conexión que parecía estar desapareciendo?

—Solo quiero que estemos bien —respondí.

Ella sonrió con tristeza.

—Yo también.

Y esa respuesta me acompañó durante mucho tiempo.

Porque ambos queríamos estar bien.

Pero querer algo no siempre significa saber cómo conseguirlo.

Esa noche llegué a casa y me quedé mirando nuestras fotografías.

Había cientos de momentos donde parecíamos invencibles.

Momentos donde nadie habría imaginado que algún día tendríamos miedo de perdernos.

Pensé en todo lo que habíamos construido.

En todo lo que habíamos prometido.

Y me hice una pregunta que nunca había querido hacerme:

¿Hasta cuánto puede intentar una persona antes de empezar a perderse a sí misma?

No encontré la respuesta.

Porque todavía estaba convencido de que valía la pena luchar.

Ella había sido mi lugar seguro.

La persona que me enseñó a abrir mi corazón.

La razón por la que volví a creer en muchas cosas que había dejado de esperar.

No podía rendirme tan fácilmente.

No después de todo lo que habíamos vivido.

Así que seguí intentando.

Seguí creyendo.

Seguí esperando esos días donde volveríamos a sentirnos como antes.

Porque cuando amas de verdad, la esperanza puede ser la fuerza que te mantiene de pie.

Pero también puede ser aquello que te impide ver que algunas cosas ya comenzaron a cambiar.

Y yo todavía no estaba listo para mirar esa verdad de frente.



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En el texto hay: tristeza decepcion, tristeza amor

Editado: 05.08.2026

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