Yo llegué a ese momento sin darme cuenta.
No ocurrió después de una gran pelea.
No hubo una traición.
No hubo una despedida.
Solo estaba ese cansancio silencioso de intentar volver a encontrar algo que antes aparecía naturalmente.
Aun así, seguía aferrándome.
Porque todavía existían momentos donde ella me miraba de la misma manera.
Momentos donde reíamos como antes.
Momentos donde sentía que la persona de la que me enamoré seguía ahí.
Y esos momentos eran suficientes para convencerme de que todo podía arreglarse.
El corazón tiene una forma extraña de elegir qué recordar.
A veces ignora los días difíciles y se queda con una sola sonrisa.
Con un abrazo.
Con una frase bonita.
Con cualquier señal que le permita seguir creyendo.
Yo hacía eso.
Buscaba señales.
Cuando me escribía primero, sentía tranquilidad.
Cuando me decía que me extrañaba, olvidaba mis dudas.
Cuando teníamos una buena conversación, pensaba que quizás nunca había existido un problema.
Pero después volvía la realidad.
Volvían los silencios.
Las conversaciones más cortas.
La sensación de estar intentando acercarme a alguien que parecía estar en otro lugar.
No sabía si ella se estaba alejando o si yo estaba intentando acercarme demasiado.
Quizás ambos estábamos perdidos.
Quizás ninguno sabía cómo decir lo que sentía.
Porque hay personas que dejan de hablar no porque ya no tengan nada que decir, sino porque no saben cómo explicar lo que les pasa.
Comencé a cuidar cada palabra.
Pensaba demasiado antes de escribirle.
Me preguntaba si estaba molestando.
Si estaba siendo intenso.
Si estaba pidiendo demasiado.
Y poco a poco empecé a esconder partes de mí.
No quería mostrar mi miedo.
No quería que pensara que era una persona difícil de amar.
Así que sonreía cuando quería preguntar.
Decía "todo bien" cuando no estaba bien.
Y fingía tranquilidad mientras mi cabeza estaba llena de preguntas.
Una noche tuvimos una conversación que nunca olvidé.
No fue una discusión.
Fue algo mucho más extraño.
Fue una conversación tranquila donde ambos parecíamos estar intentando encontrar una respuesta.
—Siento que estás diferente —le dije.
Ella bajó la mirada.
—Creo que los dos estamos diferentes.
Esa frase me dolió.
Porque era verdad.
Ya no éramos exactamente los mismos que se conocieron al principio.
Pero yo todavía esperaba que pudiéramos elegir seguir siendo nosotros.
—¿Tú todavía quieres esto? —pregunté.
Hubo silencio.
Unos segundos que parecieron mucho más largos.
Después respondió:
—Sí.
Y esa pequeña palabra fue suficiente para que yo siguiera luchando.
Porque a veces una persona no necesita mucho para quedarse.
A veces basta con una esperanza pequeña.
Un motivo.
Una posibilidad.
Esa noche dormí tranquilo por primera vez en mucho tiempo.
Pensé que quizás estábamos pasando por una etapa.
Que quizás todos los amores tenían momentos así.
Que quizás después de la tormenta volveríamos a encontrar la calma.
Lo que no entendía era que algunas tormentas no llegan para destruir todo de golpe.
Algunas llegan lentamente.
Cambian el paisaje poco a poco.
Y cuando miras alrededor, te das cuenta de que ya no estás en el mismo lugar.
Pero yo todavía estaba ahí.
Sosteniendo su mano.
Creyendo en nosotros.
Aferrándome a la historia que habíamos escrito juntos.
Porque todavía no estaba listo para aceptar que una persona puede seguir amando algo...
y aun así perderlo.