Uno puede perder una costumbre.
Una conversación.
Una forma de mirarse.
Un lugar que antes se sentía seguro.
Y lo más difícil es que nadie alrededor lo nota.
Porque desde afuera todo parece igual.
Seguíamos siendo nosotros.
Seguíamos teniendo fotos juntos.
Seguíamos hablando.
Seguíamos diciendo que nos queríamos.
Pero yo sentía que algo se estaba quedando atrás.
No sabía exactamente qué era.
Solo sabía que extrañaba algo que todavía tenía.
Comencé a recordar demasiado.
Volvía a nuestras conversaciones antiguas.
Leía mensajes de meses atrás.
Observaba fotografías donde ambos sonreíamos sin esfuerzo.
No lo hacía para hacerme daño.
Lo hacía porque quería encontrar el momento exacto donde todo comenzó a cambiar.
Quería descubrir si había una señal que ignoré.
Un día específico.
Una palabra.
Un error.
Algo que pudiera explicarme cómo llegamos hasta ahí.
Pero no encontré nada.
Porque las cosas importantes casi nunca se rompen con un solo golpe.
A veces simplemente se desgastan.
Como una fotografía que pierde color con el paso del tiempo.
Seguía queriéndola.
Eso era lo más complicado.
Si hubiera dejado de sentir algo, quizás habría sido más fácil.
Pero cada vez que escuchaba su voz todavía sentía tranquilidad.
Cada vez que me sonreía todavía recordaba por qué me enamoré.
Ella seguía teniendo esa capacidad de hacerme olvidar mis preocupaciones.
Aunque fuera solo por un momento.
Y esos momentos eran los que me confundían.
Porque me hacían pensar que todo podía volver a ser como antes.
Empecé a preguntarme si el problema estaba en mí.
Quizás esperaba demasiado.
Quizás sentía demasiado.
Quizás había convertido una relación en algo más grande de lo que debía ser.
Intenté cambiar algunas cosas.
Ser menos insistente.
No preguntar tanto.
Darle más espacio.
Convencerme de que amar también significaba saber esperar.
Pero mientras intentaba ser una mejor pareja, sentía que me estaba alejando de mí mismo.
Antes hablaba sin miedo.
Antes decía lo que pensaba.
Antes disfrutaba las cosas sin analizarlas demasiado.
Ahora cada palabra pasaba por mi cabeza varias veces.
Cada acción tenía una pregunta detrás.
"¿Esto la molestará?"
"¿Esto hará que se aleje más?"
"¿Estoy haciendo suficiente?"
Y vivir intentando no perder a alguien puede convertirse en una forma silenciosa de perderse a uno mismo.
Una tarde hablamos sobre nuestros planes.
Antes esas conversaciones nos emocionaban.
Hablábamos de lugares donde queríamos ir.
Cosas que queríamos hacer.
Momentos que queríamos vivir.
Esta vez fue diferente.
No porque dijéramos algo malo.
Sino porque faltaba esa emoción que antes llenaba nuestras palabras.
Ella seguía sonriendo.
Yo también.
Pero ambos sabíamos que algo era distinto.
Algunas conversaciones tienen silencios que dicen más que las palabras.
Esa noche caminé solo durante mucho tiempo.
Necesitaba ordenar mis pensamientos.
Miré la ciudad llena de personas.
Todos caminaban con sus propias historias.
Todos cargaban cosas que nadie más podía ver.
Y pensé en algo que nunca había querido aceptar:
A veces dos personas pueden quererse mucho y aun así no saber cómo seguir caminando juntas.
Esa idea me dolía.
Porque yo todavía creía en nosotros.
Todavía pensaba que si los dos lo intentábamos, podríamos recuperar lo perdido.
No quería una nueva historia.
Quería la nuestra.
La de la colina.
La de las noches hablando hasta amanecer.
La de las promesas hechas sin miedo.
Quería volver a ese lugar donde todo parecía sencillo.
Pero el tiempo no funciona así.
No podemos regresar a una página anterior solo porque no nos gusta cómo continúa la historia.
Solo podemos seguir leyendo.
Y yo todavía no sabía qué decía la siguiente página.
Solo sabía que, poco a poco...
cada vez quedaba menos de aquello que alguna vez fuimos.