Antes de apagar la luz

La última esperanza.

La esperanza puede ser algo hermoso.

Te permite levantarte cuando todo parece perdido.

Te hace creer que todavía queda algo por rescatar.

Pero también puede ser peligrosa.

Porque a veces te mantiene esperando en un lugar donde ya nadie está llegando.

Después de aquella conversación decidimos intentarlo de nuevo.

No como si nada hubiera pasado.

Sino intentando hacerlo mejor.

Empezamos a hablar más.

A decir cosas que antes guardábamos.

A buscar momentos para nosotros.

Por un tiempo sentí que estábamos regresando.

Y esa sensación fue suficiente para devolverme la tranquilidad que había perdido.

Volvimos a reír más.

Volvimos a recordar por qué nos habíamos elegido.

Hubo noches donde pensé que tal vez todo aquello solo había sido una etapa difícil.

Que quizás las relaciones también tenían temporadas.

Momentos de frío antes de volver a sentir calor.

Yo quería creer eso.

Necesitaba creerlo.

Porque la idea de que el amor que tanto había cuidado pudiera desaparecer me parecía imposible.

Durante esos días intenté disfrutar más el presente.

Dejé de analizar cada detalle.

Dejé de buscar problemas en cada silencio.

Intenté simplemente estar con ella.

Y por momentos funcionaba.

Volví a sentir esa paz que había conocido al principio.

Pero también había algo diferente.

Algo que no podía ignorar.

Era como cuando visitas un lugar donde fuiste feliz después de mucho tiempo.

Todo sigue ahí.

Las paredes.

Los caminos.

Los recuerdos.

Pero algo dentro de ti sabe que ya no es exactamente igual.

Eso sentía con nosotros.

Seguíamos teniendo momentos hermosos.

Pero ya no eran iguales.

Antes la felicidad simplemente ocurría.

Ahora parecía que ambos teníamos que esforzarnos para encontrarla.

Y eso me dolía.

Porque el amor nunca debería sentirse como una prueba constante.

Una noche hablamos sobre el futuro.

La misma conversación que meses atrás nos emocionaba.

Pero esta vez fue diferente.

No porque hubiera dejado de querer un futuro con ella.

Sino porque por primera vez me pregunté si ambos seguíamos imaginando el mismo.

Ella hablaba de sus sueños.

Yo escuchaba.

Y me alegraba por ella.

Pero una pequeña parte de mí sentía miedo.

Miedo de que algún día esos sueños ya no tuvieran espacio para mí.

No se lo dije.

Otra vez elegí callar.

Me había acostumbrado tanto a proteger la relación que olvidé protegerme a mí.

Y ese fue uno de los errores que más tarde entendería.

Porque amar a alguien no significa desaparecer para que la otra persona pueda quedarse.

Pero en ese momento yo no pensaba así.

Yo solo pensaba en no perderla.

Los días continuaron.

Algunos eran buenos.

Otros eran difíciles.

Pero todavía había amor.

Y mientras existiera amor, yo creía que existía una solución.

Una tarde la abracé y sentí esa misma tranquilidad que sentí la primera vez que entendí que ella era importante para mí.

Cerré los ojos.

Por unos segundos todo volvió a estar bien.

No había dudas.

No había miedo.

Solo nosotros.

Y quizá por eso seguía luchando.

Porque las personas no se quedan por los momentos malos.

Se quedan por esos pequeños instantes donde recuerdan por qué llegaron.

El problema es que esos instantes comenzaron a durar menos.

Y los silencios comenzaron a durar más.

Sin darnos cuenta, estábamos aprendiendo a convivir con una distancia que ninguno de los dos quería aceptar.

Aun así, yo seguía mirando la luz.

Aunque fuera pequeña.

Aunque estuviera lejos.

Aunque cada día pareciera más difícil alcanzarla.

Porque cuando has amado algo con todo tu corazón...

lo último que quieres hacer es aceptar que quizás ya empezó a irse.



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En el texto hay: tristeza decepcion, tristeza amor

Editado: 05.08.2026

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