Antes de apagar la luz

Lo que elegimos perder.

Hay decisiones que no se toman porque uno quiere.

Se toman porque llega un momento donde quedarse duele tanto como irse.

Durante mucho tiempo pensé que perder a alguien significaba que esa persona desaparecía de tu vida.

Que un día simplemente dejaba de estar.

Pero descubrí que existen pérdidas más silenciosas.

Perder una costumbre.

Perder una versión de la persona que conociste.

Perder la forma en que alguien te miraba cuando todo era más sencillo.

Y quizás esa era la pérdida que más me estaba costando aceptar.

Porque ella seguía ahí.

Podía hablar con ella.

Podía verla.

Podía escuchar su voz.

Pero extrañaba algo que ya no estaba.

Extrañaba cómo éramos.

Después de nuestra última conversación intentamos darnos un poco de espacio.

No como una despedida.

No como una forma de alejarnos.

Solo como una manera de pensar sin la presión de tener que fingir que todo estaba bien.

Al principio fue extraño.

Mi primera reacción fue buscarla.

Escribirle.

Preguntarle cómo estaba.

Contarle cualquier cosa que me hubiera pasado.

Porque durante mucho tiempo ella había sido la primera persona en mi mente.

Pero empecé a detenerme.

No porque dejara de importarme.

Sino porque entendí que también necesitaba escucharme a mí.

Volví a hacer cosas que había dejado de lado.

Pasé más tiempo con mis amigos.

Volví a disfrutar momentos simples.

Intenté recordar quién era antes de que mi mundo comenzara a girar alrededor de una sola persona.

Y fue extraño.

Porque descubrí que todavía existía.

La persona que había sido antes de conocerla no había desaparecido.

Solo había quedado escondida detrás de todo lo que sentía por ella.

Eso no hizo que doliera menos.

Pero me ayudó a entender algo:

Amar a alguien no debería significar dejar de existir cuando esa persona no está.

Aun así, había noches donde la extrañaba demasiado.

No extrañaba solamente su presencia.

Extrañaba la seguridad que sentía cuando pensaba que la tenía para siempre.

Extrañaba esa versión del futuro que habíamos imaginado.

La casa que nunca tuvimos.

Los lugares que nunca visitamos.

Los planes que quedaron suspendidos en el tiempo.

Porque a veces no solo lloramos a una persona.

También lloramos la vida que imaginamos junto a ella.

Pasaron algunas semanas.

Volvimos a hablar.

La conversación fue diferente.

Más tranquila.

Sin presión.

Sin intentar encontrar culpables.

Solo dos personas que habían significado mucho una para la otra intentando entender qué quedaba.

—Me alegra saber que estás bien —me dijo.

Sonreí.

—Estoy intentando estarlo.

Ella bajó la mirada.

—Yo también.

Y por primera vez en mucho tiempo sentí que no estábamos luchando.

No contra nosotros.

No contra el pasado.

Simplemente estábamos aceptando que ambos habíamos cambiado.

Ese día entendí que algunas personas llegan a tu vida para quedarse para siempre.

Y otras llegan para enseñarte algo que llevas contigo después de que se van.

Ella me enseñó muchas cosas.

Me enseñó a querer.

A confiar.

A abrir mi corazón.

Me enseñó que podía ser feliz compartiendo mi vida con alguien.

Y aunque la historia no terminara como soñamos...

eso no hacía que hubiera sido menos real.

Esa noche miré nuestras fotografías una vez más.

Pero esta vez no sentí la misma desesperación.

Seguían siendo recuerdos hermosos.

No heridas abiertas.

Quizás estaba aprendiendo a aceptar.

Quizás estaba aprendiendo a soltar.

Aunque todavía doliera.

Porque algunas personas no se van de tu corazón el mismo día que salen de tu vida.

A veces se quedan ahí durante mucho tiempo.

Como una canción que ya terminó, pero cuya melodía todavía puedes recordar.

Y yo todavía no sabía qué pasaría con nosotros.

No sabía si nuestras vidas volverían a encontrarse de la misma manera.

No sabía si algún día dejaría de doler.

Pero por primera vez entendí que había algo más importante que recuperar lo que perdimos.

Era no perderme a mí mismo intentando hacerlo.



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En el texto hay: tristeza decepcion, tristeza amor

Editado: 05.08.2026

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