Y hay otros que se construyen poco a poco.
El nuestro no apareció en una noche.
Fue llegando lentamente.
Primero fueron menos conversaciones.
Después menos momentos compartidos.
Hasta que un día me di cuenta de que había pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos como antes.
Y lo extraño era que nadie había dicho que todo había terminado.
No hubo una puerta cerrándose.
No hubo una última escena.
Solo una distancia que empezó a ocupar el lugar donde antes estaba nuestra cercanía.
Al principio pensé que lo más difícil sería dejar de verla.
Me equivoqué.
Lo más difícil fue acostumbrarme a no contarle las cosas.
Porque cuando alguien forma parte de tu vida durante tanto tiempo, tu mente sigue buscándolo incluso cuando ya no está igual.
Veía algo gracioso y pensaba en enviárselo.
Escuchaba una canción y recordaba una conversación.
Me pasaba algo importante y mi primera reacción era querer contárselo.
Pero después recordaba que las cosas habían cambiado.
Y ese pequeño momento entre querer escribirle y decidir no hacerlo era donde más sentía la pérdida.
Porque ahí entendía que ya no éramos los mismos.
Empecé a descubrir cuánto espacio ocupaba una persona cuando se iba.
No era solamente su ausencia.
Era todo lo que dejaba detrás.
Las rutinas.
Los planes.
Las pequeñas costumbres.
Las expectativas.
Durante mucho tiempo había imaginado mi futuro con ella.
Por eso no solo estaba intentando aceptar que podía perder a una persona.
También estaba intentando despedirme de una vida que nunca llegó a existir.
Y eso era difícil de explicar.
Porque para los demás parecía sencillo.
"Solo sigue adelante".
Como si los recuerdos fueran algo que uno puede guardar en una caja y olvidar dónde la dejó.
Pero los recuerdos no funcionan así.
Aparecen cuando menos los esperas.
En una canción.
En un lugar.
En una fecha.
En una palabra.
Una tarde encontré una fotografía antigua.
Los dos estábamos sonriendo.
Era una de esas imágenes donde no había nada especial ocurriendo.
No era un aniversario.
No era un momento importante.
Solo éramos nosotros.
Y quizás por eso dolía tanto.
Porque me recordó que la felicidad muchas veces está escondida en momentos que uno no sabe que serán los últimos.
Me quedé mirando esa imagen durante mucho tiempo.
Antes habría querido volver a ese instante.
Cambiar algo.
Hacer algo diferente.
Ahora solo quería agradecer que hubiera existido.
Porque aunque me doliera, esa etapa fue real.
Ella fue real.
Nosotros fuimos reales.
Y nadie podía quitarme eso.
Pero aceptar una pérdida no significa que deje de doler.
Hay días donde me sentía fuerte.
Días donde pensaba que estaba avanzando.
Y otros donde una simple memoria podía devolverme al principio.
A ese primer mensaje.
A esa primera sonrisa.
A esa sensación de haber encontrado algo que parecía imposible perder.
Es curioso cómo el corazón puede recordar el inicio con tanta claridad y aun así no entender cómo llegó al final.
Con el tiempo dejé de preguntarme qué hice mal.
Dejé de buscar un momento exacto donde todo cambió.
Porque entendí que algunas historias no terminan por un solo error.
A veces simplemente llegan a un punto donde dos personas tienen que aceptar que ya no caminan al mismo ritmo.
Y aunque esa verdad me dolía...
también me daba un poco de paz.
Porque significaba que no todo había sido una mentira.
No fue falso porque terminó.
Fue importante porque existió.
Aun así, había noches donde el silencio parecía demasiado grande.
No porque estuviera solo.
Sino porque había perdido a la persona con la que compartía mi mundo.
Y esa era una sensación difícil de explicar.
Era como estar en una habitación conocida después de que alguien se llevó todos los muebles.
El lugar seguía siendo el mismo.
Pero ya no se sentía igual.
Ese era mi vacío.
No la ausencia de ella solamente.
Sino la ausencia de quien yo era cuando estaba con ella.
Y aunque todavía no sabía cómo llenar ese espacio...
por primera vez entendí que no podía esperar que alguien más viniera a hacerlo.
Tenía que empezar a encontrarme de nuevo.