Tomás soñaba con una habitación roja.
Eso fue lo primero que me contó.
Lo segundo fue que yo también estaba allí.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé exactamente.
—Acabas de decir tres semanas.
—Tres semanas desde que empecé a recordarlos al despertar.
—¿Los sueños?
—No parecen sueños.
—Todo el mundo dice eso de los sueños intensos.
—No. Tú no entiendes.
—Entonces haz que entienda.
Estábamos en mi antigua habitación.
Las paredes ya no eran azules. Mamá las había pintado de blanco después de que yo me marchara, como si convertir mi dormitorio en cuarto de invitados requiriera borrar primero cualquier prueba de que había vivido allí.
Tomás estaba sentado en el borde de la cama.
Yo había conectado el portátil a un disco duro externo donde conservaba copias de miles de fotografías familiares.
18:37.
Quedaban veintiuna horas y cincuenta y siete minutos.
Había empezado a escribir la cuenta atrás en la esquina superior de cada página de la libreta.
No porque necesitara verla.
Porque necesitaba que el tiempo tuviera forma.
—Estoy en una habitación —dijo Tomás—. Hay una luz roja.
—¿Un cuarto oscuro?
—Supongo.
—¿Hay bandejas? ¿Ampliadora? ¿Negativos?
—No sé.
—Intenta recordar.
—Hay fotos colgadas.
—¿De quién?
Tomás se frotó la cara.
—De nosotros.
—¿Nosotros quiénes?
—La familia.
—¿Abuela?
—Sí.
—¿Mamá?
—Sí.
—¿Papá?
—Sí.
—¿Yo?
Tomás me miró.
—Dos veces.
Dejé de escribir.
—¿Qué?
—Tú apareces dos veces en la misma foto.
Recordé la fotografía de la infancia.
Dos niñas.
Una de ellas idéntica a mí.
—¿Iguales?
—No.
—¿Qué cambia?
—Una está mirándome.
—¿Y la otra?
Tardó en responder.
—La otra no tiene cara.
Fuera comenzó a llover.
Primero unas gotas dispersas contra la ventana.
Después una cortina fina.
—¿Y la mujer?
—Está allí.
—¿La del vestido?
Asintió.
—¿Hace algo?
—Espera.
—¿Qué?
—No sé.
—Tomás.
—No sé, Clara.
Se levantó.
—Es un sueño.
—Hace un minuto dijiste que no lo parecía.
—Y tú hace una hora decías que todo esto podía ser degradación química.
—Porque entonces no tenía datos.
—Siempre necesitas datos.
—Sí.
—Incluso cuando papá murió.
Lo miré.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Meter a papá.
—No lo estoy metiendo. Ya estaba.
—No tiene nada que ver.
—Tiene todo que ver.
Cerré el portátil con más fuerza de la necesaria.
—Nuestro padre murió de un infarto.
—Eso pone en el certificado.
—Porque eso ocurrió.
—¿Has visto fotos del hospital?
—No.
—¿Del funeral?
—Sí.
—¿Últimamente?
La pregunta me incomodó.
—Esta tarde.
—¿Y él aparece?
No contesté.
Recordaba haber visto la fotografía.
Mamá.
Abuela.
Tomás.
Yo.
Mi padre debía aparecer en otra época, no en su propio funeral.
—Obviamente no.
—No me refiero al funeral.
—¿Entonces?
—A las últimas fotos que le hicieron vivo.
Sentí una presión desagradable en la garganta.
—¿Qué estás insinuando?
Tomás abrió otra carpeta del disco duro.
Mi padre había muerto el 3 de noviembre.
Había fotografías de octubre.
Una comida familiar.
Mi padre sentado junto a mamá.
Correcto.
Otra, tres semanas antes.
Correcto.
Otra.
Su cara parecía demasiado clara.
—Mira las fechas —dijo Tomás.
27 de octubre.
Papá aparecía.
Borrosa una mano.
Una parte del hombro.
Su rostro empezaba a mezclarse con el fondo.
—No.
—Sigue.
31 de octubre.
La silla parecía vacía.
Solo una sombra.
—Esto no estaba así.
—Lo sé.
—Yo digitalicé estas fotografías después del funeral.
—Lo sé.
—Él estaba.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué nadie desapareció?
Tomás me miró de una forma que me hizo desear no haber formulado la pregunta.
—Porque quizá sí desapareció.
—Murió.
—¿Estás segura?
Me levanté.
—Basta.
—Clara.
—Papá murió en el hospital.
—Tú no estabas.
Me giré.
—Llegué esa misma noche.
—Después.
—Vi su cuerpo.
Tomás se quedó callado.
Eso fue peor.
—Vi su cuerpo.
—Sí.
—Entonces no desapareció.
—Quizá no todos los borrados terminan igual.
—La abuela dijo—
—La abuela no te ha dicho casi nada.
—Porque tú tampoco.
—Porque no sé qué es verdad.
Se acercó a la pantalla.
—Durante años pensé que había recordado mal.
—¿Qué cosa?
—La noche de papá.
—¿Qué noche?
—La anterior.
Sentí frío.
—Estuvimos cenando aquí. Mamá, la abuela, papá y yo. Tú estabas en la ciudad.
Asentí.
—Papá estaba nervioso. Se levantaba todo el tiempo. Miraba por la ventana. A las once bajó al sótano.
—¿Tenemos sótano?
Tomás se quedó inmóvil.
Yo también.
La pregunta había salido automáticamente.
No porque creyera que no teníamos.
Porque durante un segundo...
No pude recordarlo.
Miré el suelo.
Debajo de nosotros había una planta inferior.
Claro.
Un cuarto de almacenamiento.
La caldera.
Una habitación donde papá guardaba herramientas.
Lo había sabido toda mi vida.
Pero el recuerdo acababa de regresar con retraso.
—Tenemos sótano —dije.
Tomás me observaba.
—Sí.
—Lo olvidé un segundo.
—Está empezando.
—¿Qué?
—Lo que dijo la abuela.
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realidad alterada, fotografías antiguas, desapariciones inexplicables
Editado: 03.10.2026