Antes de borrarme

4. A las 9:17

Tomás desapareció de otras siete fotografías en menos de una hora.

No de todas.

Eso fue lo peor.

Si hubiera ocurrido de golpe, habría parecido una sentencia.

Pero el borrado avanzaba por capas.

Primero una foto de 2024.

Después una de 2022.

Luego otra de nuestra infancia.

Como si algo estuviera recorriendo su vida hacia atrás y arrancándolo de ella con paciencia.

A las 19:21 seguía apareciendo en la fotografía de su graduación.

A las 19:36 ya no.

En su lugar quedaba el brazo de mi madre suspendido en el aire, rodeando unos hombros inexistentes.

A las 19:52 desapareció de una foto del colegio.

A las 20:04, de un cumpleaños.

A las 20:17 encontramos la primera imagen donde tampoco quedaba su sombra.

La puse aparte.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Clasifico.

—¿Clasificas mi desaparición?

—Intento encontrar un patrón.

—Clara.

—Necesito saber por qué unas cambian antes que otras.

—Quizá no hay un porqué.

—Siempre hay uno.

Tomás se dejó caer en una silla.

—Eso es exactamente lo que decías cuando papá estaba en el hospital.

No respondí.

Mi madre seguía en la cocina con la abuela.

No quería que Teresa subiera las escaleras. Cada veinte minutos comprobábamos que seguía allí.

Cada vez tardaba un poco más en recordar por qué.

A las 20:30, mi madre abrió la puerta del comedor.

—¿Quieren cenar algo?

Tomás la miró.

—¿En serio?

—No han comido.

—Mamá, me estoy borrando.

Ella se apoyó en el marco.

—Lo sé.

—No parece.

—¿Qué quieres que haga?

Tomás se levantó.

—Algo.

—Estoy haciendo lo que puedo.

—Estás calentando sopa.

—Porque no puedo impedirlo.

—Tal vez podrías empezar contando la verdad.

Mi madre apretó los labios.

—Ahora no.

Tomás soltó una carcajada seca.

—Perfecto. Entonces mañana, cuando ya no esté, quizá te resulte más cómodo.

—No digas eso.

—¿Por qué? ¿También se borra si lo digo?

—Tomás.

—¿Qué?

—No sé cómo arreglarlo.

Era la primera vez que mi madre lo admitía.

La rabia de mi hermano se apagó.

Por un segundo volvimos a ser tres personas normales atrapadas en una casa demasiado vieja.

Entonces mi abuela gritó desde la cocina:

—¡Elena!

Corrimos.

Estaba de pie frente a la mesa.

Miraba una taza.

—¿Qué pasa?

—Alguien ha bebido de aquí.

Mi madre se acercó.

—Tú.

La abuela frunció el ceño.

—No.

—Mamá, es tu taza.

—Yo no tomo té con limón.

Mi madre se quedó inmóvil.

Teresa siempre tomaba té con limón.

Desde que yo tenía memoria.

—Sí —dije—. Siempre.

La abuela me observó.

—No.

Su voz era firme.

—Odio el limón.

Mi madre cerró los ojos.

Otro recuerdo perdido.

Abrí la libreta.

20:41 — Teresa ya no recuerda cómo toma el té.

La tinta de su nombre parecía más clara.

Lo repasé.

—No hagas eso —dijo ella.

—¿Qué?

—Escribirlo encima.

—Ayuda.

—Solo un rato.

—Un rato es mejor que nada.

La abuela sonrió con tristeza.

—Esa siempre fue tu forma de querer a la gente.

No entendí.

—¿Qué significa?

—Guardar pedazos.

Mi madre le cogió la mano.

—Mamá.

La abuela miró nuestros dedos unidos.

Después alzó la vista.

—¿Dónde está Tomás?

Mi hermano estaba a menos de dos metros.

Nadie se movió.

—Aquí —dijo él.

Ella giró la cabeza.

Lo vio.

La expresión de su cara fue insoportable.

No reconocimiento.

Sorpresa.

—¿Quién eres?

Tomás no contestó.

Yo sí.

—Es tu nieto.

—No tengo nietos varones.

—Abuela.

Tomás dio un paso hacia ella.

Teresa retrocedió.

—No me toques.

El aire se volvió pesado.

Mi hermano se quedó inmóvil.

—Está bien.

Su voz apenas salió.

—No pasa nada.

Pero sí pasaba.

Apreté el bolígrafo hasta que me dolieron los dedos.

—Esto no es lineal —dije.

Mamá me miró con incredulidad.

—¿Qué?

—Los recuerdos no desaparecen según antigüedad. La abuela ha olvidado a Tomás antes que otras cosas.

—Clara, por favor.

—Necesito saber por qué.

—¡Porque está desapareciendo!

—No. Tomás todavía no. Ella.

Señalé a la abuela.

—Su memoria se está borrando junto con su existencia, pero parece afectar primero los recuerdos relacionados con personas marcadas.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Marcadas?

—Tú.

—¿Y tú?

No respondí.

La segunda Clara.

La fotografía imposible.

Adela.

Mi madre vio algo en mi expresión.

—No.

—¿Qué?

—No vas a bajar.

Sentí una punzada.

—¿Bajar dónde?

Silencio.

Tomás la miró.

—Al sótano.

Mi madre palideció.

—No.

—Así que sí hay algo allí.

—No van a bajar.

—¿Qué guardan?

—Nada.

—Mamá.

—Dije que no.

Tomás cogió una linterna del cajón.

—Pues yo sí.

Ella se interpuso.

—No sabes lo que hay.

—Exactamente.

—Tu padre—

Se detuvo.

—¿Qué hizo papá?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

Mi hermano apartó la mano de mamá y abrió la puerta del pasillo.

Al fondo estaba la puerta del sótano.

La miré.

Había pasado por ella miles de veces.

Pero ahora sentí una cosa extraña.

Una resistencia.

Como si mis ojos prefirieran mirar cualquier otra parte.

—Clara —dijo Tomás.

—Voy.

Mi madre me agarró.

—No.

—Suéltame.

—Tu abuela tiene menos de un día.

—Y él también.

—No sabes eso.

—Sí.

Levanté la fotografía donde Tomás ya no aparecía.

—El reloj empezó a las 19:03.




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