Antes de que Aprendiera a Amarte

Capítulo 1: El matrimonio por conveniencia

Capítulo 1 — El matrimonio por conveniencia

Nunca imaginé que el día de mi boda comenzaría con una amenaza.

No era una amenaza dirigida contra mí.

Era peor.

Estaba dirigida contra la mujer con la que estaba a punto de casarme.

—Señor, todo está preparado.

La voz de Daniel me sacó de mis pensamientos.

Me encontraba frente al enorme ventanal de la habitación, observando cómo la lluvia caía sobre los jardines de la mansión.

—¿La seguridad?

—En su lugar.

—¿Y la iglesia?

—Los invitados están llegando.

Asentí.

—Bien.

Daniel permaneció unos segundos en silencio.

—¿Está seguro de hacer esto?

Lo miré.

—¿Te refieres a la boda?

—Sí.

Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.

—Hace meses que está decidido.

—Eso no responde mi pregunta.

Volví la mirada hacia la ventana.

No necesitaba que Daniel me recordara lo que estaba a punto de hacer.

Casarme con una mujer que no me amaba.

Casarme por un acuerdo entre dos familias.

Convertir un sentimiento que para mí era real en un matrimonio que, para ella, solamente era una obligación.

—Estoy seguro —respondí finalmente.

Daniel asintió y salió de la habitación.

Me quedé solo.

Sobre la mesa estaba el reloj que llevaba puesto desde hacía años.

Lo observé durante unos segundos.

Después miré mi reflejo en el cristal.

Traje negro.

Camisa blanca.

Corbata.

Todo perfectamente acomodado.

La imagen de un hombre preparado para casarse.

Pero por dentro no me sentía como un novio.

Me sentía como un hombre que estaba a punto de entrar en una batalla que no podía permitirse perder.

Porque había algo que Elena no sabía.

Yo no había aceptado aquel matrimonio solamente por el acuerdo.

Había aceptado porque la amaba.

Y quizá ese era mi mayor error.

---

La iglesia estaba llena cuando llegué.

Familiares de ambas partes ocupaban los primeros bancos.

Empresarios, abogados, amigos de nuestros padres y personas que probablemente ni siquiera sabían nuestros nombres habían asistido para presenciar aquella unión.

Para ellos, no era solamente una boda.

Era una alianza.

Una negociación convertida en matrimonio.

Me situé frente al altar.

El sacerdote comenzó a hablar con algunos familiares, pero apenas presté atención.

Miré hacia las puertas de la iglesia.

Esperé.

Y entonces se abrieron.

La música comenzó.

Todos se pusieron de pie.

Elena apareció junto a su padre.

Durante unos segundos olvidé todo lo demás.

No importaban los invitados.

No importaba el acuerdo.

No importaba el futuro.

Solo ella.

Llevaba un vestido blanco sencillo, aunque elegante.

Su cabello estaba recogido y llevaba un velo que cubría parcialmente su rostro.

Era hermosa.

Pero no parecía feliz.

Sus ojos recorrieron lentamente el lugar hasta encontrarse con los míos.

No sonrió.

Yo tampoco.

No porque no quisiera hacerlo.

Sino porque sabía que cualquier gesto de felicidad por mi parte podía hacer que se sintiera aún más atrapada.

La vi acercarse.

Cada paso la llevaba hacia mí.

Y cada paso me recordaba una verdad que ya conocía:

Ella no quería casarse conmigo.

Cuando llegó al altar, su padre tomó su mano y la colocó sobre la mía.

Sentí sus dedos fríos.

—Cuídala —me dijo.

Lo miré.

—Lo haré.

No era una respuesta para quedar bien frente a los invitados.

Era una promesa.

El sacerdote comenzó la ceremonia.

Escuché las palabras, pero mi atención permanecía en Elena.

Ella miraba al frente.

Seria.

Distante.

En algún momento, sus dedos se movieron ligeramente entre los míos.

Estaba nerviosa.

Quise decirle que todo estaría bien.

Pero no lo hice.

Todavía no tenía derecho a tranquilizarla.

---

Llegó el momento de los votos.

El sacerdote me miró.

—Adrián, ¿aceptas a Elena como tu esposa, para acompañarla y respetarla durante el resto de tu vida?

Miré a Elena.

Podría haber pensado en muchas cosas.

En el acuerdo.

En nuestras familias.

En las empresas.

En todo aquello que había llevado a esa boda.

Pero solamente pensé en una cosa.

En ella.

—Acepto.

La voz me salió firme.

Después llegó su turno.

El sacerdote se volvió hacia ella.

—Elena, ¿aceptas a Adrián como tu esposo?

Hubo un silencio.

Un segundo.

Dos.

Ella respiró profundamente.

—Acepto.

No pude evitar notar la diferencia.

Mi respuesta había sido una decisión.

La suya, una obligación.

Aun así, no la culpaba.

El sacerdote sonrió.

—Puede besar a la novia.

Me acerqué lentamente.

Elena levantó ligeramente la mirada.

Pude ver el miedo en sus ojos.

No quería besarla.

No así.

No cuando sabía que ella no había elegido aquel momento.

Por eso, en lugar de besar sus labios, apoyé suavemente los míos sobre su frente.

Fue apenas un instante.

Después me aparté.

Escuché los aplausos.

Las cámaras comenzaron a tomar fotografías.

Todos sonreían.

Todos menos nosotros.

---

La recepción fue exactamente como esperaba.

Música.

Comida.

Discursos.

Copas levantadas.

Fotografías.

Personas felicitándonos como si acabáramos de vivir la historia de amor perfecta.

Elena permanecía a mi lado.

Sonreía cuando era necesario.

Yo hacía lo mismo.

Éramos buenos actores.

Después de casi una hora, conseguimos alejarnos de los invitados.

Salimos al balcón.

La lluvia había disminuido.

El aire estaba frío.

Elena apoyó las manos sobre la baranda.




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