Antes de que Aprendiera a Amarte

Capítulo 2 Las reglas

La mañana después de la boda amaneció tranquila.

Demasiado tranquila para todo lo que había ocurrido el día anterior.

Me desperté temprano y durante unos segundos olvidé dónde estaba. Luego recordé la ceremonia, las palabras de Elena y aquella conversación en el balcón.

«No esperes que esto se convierta en un matrimonio de verdad».

Me quedé mirando el techo unos instantes.

Después me levanté, me arreglé y bajé al comedor.

Elena ya estaba allí.

Se encontraba junto a una de las ventanas, tomando café mientras revisaba su teléfono. Cuando me vio, dejó el aparato sobre la mesa.

—Buenos días.

—Buenos días.

Tomé asiento frente a ella.

Una empleada se acercó para servir el desayuno y después se retiró.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

No era un silencio incómodo.

Era simplemente el silencio de dos personas que todavía estaban aprendiendo a convivir.

—Hoy voy a salir —dijo Elena.

Levanté la mirada.

—Está bien.

—Probablemente regrese tarde.

—No hay problema.

Ella dejó la taza sobre el plato.

—¿No vas a preguntar adónde voy?

—Ayer me dijiste que no querías que lo hiciera.

Elena pareció sorprendida.

—Pensé que hoy sería diferente.

—¿Por qué?

—Porque ahora estamos casados.

Sonreí ligeramente.

—Eso no cambia lo que acordamos.

Ella permaneció callada unos segundos.

—Voy a ver a una amiga. Después probablemente salgamos a comer.

—Está bien.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres que diga?

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—No sé. Tal vez un poco de curiosidad.

—Tengo curiosidad.

—No parece.

—Porque estoy tratando de respetarte.

Elena bajó la mirada hacia su taza.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

Terminamos el desayuno poco después.

Ella fue la primera en levantarse.

—Nos vemos más tarde.

—Nos vemos.

La observé alejarse.

No la detuve.

No le pregunté cuándo regresaría ni con quién estaría.

Había aceptado sus reglas.

Y pensaba cumplirlas.

Aunque una parte de mí sabía que aquella libertad podía terminar alejándonos todavía más.

---

A media mañana estaba en el despacho revisando algunos documentos cuando Daniel entró.

No necesitó anunciarse.

—¿Interrumpo?

—Ya estás dentro.

Sonrió y dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Entonces supongo que no.

Abrí la carpeta.

—¿Qué es?

—Los documentos de la operación que revisamos ayer. Encontré algunas inconsistencias en las fechas.

Leí rápidamente una de las páginas.

—¿Qué tan graves son?

—Todavía no lo sé. Quiero verificar los registros antes de que firmes cualquier cosa.

Cerré la carpeta.

—Hazlo.

—Eso pensaba.

Daniel se quedó unos segundos en silencio.

—¿Y cómo fue la primera noche?

Levanté la mirada.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Soy tu hermano. Tengo derecho a saber si sobreviviste.

Solté una breve risa.

—Fue tranquila.

—¿Tranquila?

—Sí.

—Eso suena peor de lo que esperaba.

—No pasó nada.

Daniel me estudió durante unos segundos.

—¿Elena está bien?

—Sí.

—¿Y tú?

No respondí inmediatamente.

—También.

Daniel no parecía convencido.

—No tienes que fingir conmigo.

—No estoy fingiendo.

—Claro.

Tomó la carpeta.

—Solo recuerda algo.

—¿Qué?

—No puedes controlar lo que ella sienta.

Lo miré.

—Nunca he intentado hacerlo.

Daniel asintió.

—Bien.

Se dirigió hacia la puerta.

—Nos vemos después.

—Daniel.

Se volvió.

—Gracias.

Sonrió.

—Para eso están los hermanos.

Salió.

Volví a mirar los documentos, aunque durante varios minutos mi atención estuvo en otro lugar.

---

Los primeros días transcurrieron sin grandes conflictos.

Elena salía con frecuencia y yo respetaba su espacio.

Nos veíamos durante algunas comidas, aunque en ocasiones ni siquiera coincidíamos.

No discutíamos.

Tampoco hablábamos demasiado.

Éramos dos personas que compartían una casa porque un acuerdo entre nuestras familias había decidido que así debía ser.

Sin embargo, poco a poco empezaron a desaparecer algunas de las barreras iniciales.

Una noche coincidimos en el salón.

Yo estaba leyendo cuando Elena entró.

—¿Todavía estás trabajando?

Levanté la mirada.

—Ya terminé.

—Entonces, ¿qué lees?

Le mostré el libro.

—Una novela.

—No te imaginaba leyendo novelas.

—¿Y cómo me imaginabas?

Se sentó en el sofá de enfrente.

—No sé. Más serio.

—¿Eso significa que no soy serio?

—No dije eso.

Sonrió.

—Solo pareces de esos hombres que pasan todo el día encerrados en una oficina.

—A veces lo hago.

—Eso sí me lo creo.

Los dos sonreímos.

Después de unos segundos, Elena volvió a hablar.

—¿Siempre has vivido aquí?

—Desde hace algunos años.

—Debe ser extraño vivir en una casa tan grande.

—Al principio.

—¿Y ahora?

Cerré el libro.

—Ahora estoy acostumbrado.

Elena miró alrededor.

—Yo todavía no.

—Te acostumbrarás.

—No estoy segura.

Hubo un breve silencio.

Esta vez no resultó incómodo.

—¿Te arrepientes? —preguntó.

—¿De qué?

—De haberte casado conmigo.

La pregunta me tomó por sorpresa.

Podría haberle dicho la verdad.

Que no.

Que había esperado aquel momento durante años.

Que, incluso sabiendo cómo sería, habría vuelto a elegirla.

Pero todavía no podía hacerlo.

—No.

Elena bajó la mirada.

—Yo sí me he preguntado varias veces si hice lo correcto.

—¿Y qué piensas?

—Todavía no lo sé.




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