Antes de que Aprendiera a Amarte

Capítulo 3: El Precio de amarte

La jornada había comenzado como cualquier otra, pero terminó convirtiéndose en la noche que más habría deseado olvidar.

Llevaba varias horas encerrado en mi despacho, revisando contratos y documentos que necesitaban mi aprobación. Sobre el escritorio se acumulaban carpetas que parecían multiplicarse cada vez que terminaba de revisar una.

Me froté el puente de la nariz y miré el reloj.

Todavía tenía trabajo pendiente.

Mi teléfono descansaba junto a la computadora. Lo tomé por costumbre, desbloqueé la pantalla y revisé las notificaciones.

Ningún mensaje de Elena.

Volví a dejarlo sobre la mesa.

No tenía motivos para esperar que me escribiera. Desde nuestra boda, había procurado respetar las condiciones que habíamos establecido. No le preguntaba adónde iba, no le exigía explicaciones cuando regresaba tarde y tampoco intentaba averiguar con quién hablaba por teléfono.

Quería que comprendiera que podía confiar en mí.

Sin embargo, comenzaba a preguntarme si aquella confianza existía únicamente de mi parte.

Sacudí la cabeza y regresé a los documentos. No tenía sentido distraerme con preguntas que no podía responder.

A la mañana siguiente, llegué temprano a la empresa.

Daniel ya me esperaba en el despacho con una carpeta bajo el brazo. En cuanto entré, levantó la mirada y examinó mi rostro.

—Tienes mala cara.

Dejé el maletín junto al escritorio.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días. ¿Dormiste algo?

—Lo suficiente.

Daniel soltó una risa breve.

—Cuando respondes así, significa que no dormiste prácticamente nada.

Me senté y extendí la mano para recibir la carpeta.

—¿Viniste a hablar de mi descanso o de trabajo?

—De ambas cosas, aunque parece que solamente te interesa una.

Abrí el documento y comencé a leer.

—¿Qué tenemos para hoy?

Daniel suspiró, acostumbrado a mi manera de evadir las conversaciones personales.

—Una reunión con los directivos a las diez. Después debes revisar los contratos de la nueva operación. También llegaron los informes financieros que solicitaste.

—Cancela mi almuerzo y deja libre la tarde. Quiero revisar personalmente esos informes.

—Adrián, llevas varios días trabajando hasta tarde.

—Puedo manejarlo.

—No estoy hablando de tu capacidad para trabajar.

Levanté la mirada.

Daniel había dejado de sonreír.

—No puedes resolver todos tus problemas encerrándote en una oficina.

Cerré la carpeta.

—No tengo ningún problema que no pueda resolver.

—Claro. Y yo soy el presidente de la empresa.

Lo miré con advertencia, pero él no pareció intimidarse.

—¿Has hablado con Elena hoy? —preguntó.

—No.

—¿Y ayer?

—Daniel.

—Solo pregunto.

—No tengo por qué informarte cada conversación que mantengo con mi esposa.

Mi hermano guardó silencio durante unos segundos.

—Tienes razón. Pero tampoco tienes que fingir que todo está bien cuando no es así.

Aparté la mirada.

No quería hablar de Elena. Mucho menos reconocer que, desde nuestra boda, había días en los que apenas intercambiábamos unas palabras.

Nuestra convivencia había mejorado. Al menos, eso creía. Compartíamos algunas comidas, conversábamos por las noches y, en ocasiones, incluso conseguíamos reírnos juntos.

Me había acostumbrado a esos pequeños momentos.

Quizá demasiado.

—No estoy fingiendo nada —respondí finalmente—. Elena y yo tenemos nuestros acuerdos, y pienso respetarlos.

Daniel asintió lentamente.

—Está bien. Solo recuerda que respetar sus decisiones no significa que debas aceptar cualquier cosa que te haga daño.

No contesté.

Él recogió unos documentos y se dirigió hacia la puerta.

—La reunión comienza en cuarenta minutos. Intenta no quedarte dormido sobre los contratos.

—Sal de mi despacho, Daniel.

Se rio antes de marcharse.

Volví a concentrarme en el trabajo, aunque sus palabras permanecieron en mi mente más tiempo del que habría querido admitir.

---

El resto del día transcurrió entre reuniones, llamadas y decisiones que no podían aplazarse.

Apenas tuve tiempo para almorzar. Durante la tarde revisé los informes financieros, corregí varias cláusulas de un contrato y participé en una videoconferencia con unos socios extranjeros.

El trabajo me exigía atención constante, y eso me convenía.

Mientras estuviera ocupado, no tendría tiempo para pensar en lo que ocurría en casa.

A las ocho de la noche, Daniel regresó a mi despacho. Se había quitado la chaqueta y llevaba el teléfono en la mano.

—Los directivos ya se marcharon.

Continué leyendo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué haces todavía aquí?

—Termino esto y me voy.

Daniel miró las carpetas que ocupaban buena parte del escritorio.

—Eso dijiste hace tres horas.

—Y sigo trabajando.

—Eres imposible.

Esbocé una sonrisa.

—Lo sabías antes de empezar a trabajar conmigo.

—Por desgracia.

Se acercó a la mesa y dejó su teléfono junto al mío.

—¿Al menos vas a cenar?

—Cuando termine.

—Eso no es una respuesta.

—Daniel, tengo treinta documentos que revisar. No puedo pasarme la noche hablando de mis hábitos.

Mi hermano me observó con una seriedad que me hizo dejar de sonreír.

—No quiero que mañana descubras que has sacrificado todo por alguien que ni siquiera sabe lo que estás sacrificando.

Mis dedos se quedaron inmóviles sobre el papel.

—No estoy sacrificando nada.

—De acuerdo.

Su tono indicaba que no me creía.

—Termina tu trabajo. Nos vemos mañana.

Cuando salió, me quedé mirando la puerta cerrada.

No quería reconocerlo, pero sus palabras habían encontrado un lugar doloroso dentro de mí.

Volví a tomar el bolígrafo.

Tenía que terminar.

No porque el trabajo fuera más importante que Elena, sino porque era lo único que todavía conseguía mantener mis pensamientos bajo control.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.