Antes de que Aprendiera a Amarte

Capítulo 4 Las heridas que nadie ve

La mansión permanecía en silencio.

Desde el despacho, podía escuchar el sonido de la lluvia golpeando suavemente los ventanales. Afuera, la noche comenzaba a perder su oscuridad, pero dentro de mí todo seguía igual.

Tenía los ojos puestos en un punto indefinido del suelo y las manos entrelazadas sobre el escritorio. No sabía cuánto tiempo llevaba sentado allí. Había intentado concentrarme en los documentos que Daniel me había entregado días atrás, pero las palabras se mezclaban frente a mis ojos sin que consiguiera comprender una sola línea.

No podía dejar de pensar en ella.

En Elena.

En la manera en que había mirado a aquel hombre. En la confianza con la que se había acercado a él. En sus labios sobre los de alguien que no era yo.

Y, sobre todo, en aquella bofetada.

Todavía podía sentir el ardor en la mejilla, aunque el dolor físico había desaparecido hacía tiempo. Lo que realmente me atormentaba era recordar la expresión de su rostro después de golpearme. No había visto arrepentimiento en sus ojos, ni siquiera por un instante. Solo había encontrado aquella misma frialdad con la que me había dejado claro, desde el día de nuestra boda, que nunca me amaría.

Me llevé una mano al rostro y cerré los ojos.

Había respetado sus condiciones. No había entrado en su habitación sin permiso, no le había exigido explicaciones por sus salidas ni había intentado controlar su vida. Incluso cuando regresaba tarde, me obligaba a no hacer preguntas, porque ella me había pedido libertad y yo había aceptado dársela.

Nunca esperé que me amara de la noche a la mañana.

Tampoco esperaba que nuestra relación fuera perfecta.

Solo había querido que, al menos, me tratara con un poco de consideración. Que pudiera mirarme a los ojos y decirme la verdad, aunque esa verdad terminara por destruir las pocas esperanzas que todavía conservaba.

Pero ni siquiera eso había sido capaz de darme.

Solté el aire lentamente y me recliné en la silla.

—¿Qué esperabas, Adrián? —murmuré para mí mismo—. ¿Que algún día fuera diferente?

La pregunta quedó suspendida en el silencio.

No había nadie que pudiera responderla. Y, aunque lo hubiera, sabía que la respuesta no cambiaría nada.

Elena nunca me había prometido amor. Desde el principio había sido clara conmigo. Yo había aceptado casarme con ella sabiendo que sus sentimientos no eran los mismos que los míos.

Aun así, había mantenido una pequeña esperanza.

Una esperanza absurda, quizá, pero demasiado arraigada en mí para desaparecer con unas cuantas palabras.

Recordé el día en que la conocí, cuando todavía éramos estudiantes. Ella estaba sentada junto a una ventana, concentrada en un libro, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. Yo había pasado cerca de ella sin atreverme a hablarle. Después encontré cualquier excusa para acercarme y, cuando finalmente conseguí escuchar su voz dirigiéndose a mí, me descubrí deseando que aquella conversación no terminara.

En aquel entonces, no sabía lo difícil que sería dejar de quererla.

Tampoco imaginaba que, años después, terminaría sentado en un despacho, dentro de la misma casa en la que vivíamos como esposos, preguntándome en qué momento había comenzado a hacerme daño a mí mismo.

Bajé la mirada hacia mis manos.

Había conseguido muchas cosas a lo largo de los años. Había aprendido a mantener la calma en situaciones en las que otros perdían el control, a tomar decisiones difíciles y a no permitir que mis emociones interfirieran en asuntos importantes.

Sin embargo, bastaba con que Elena me mirara con indiferencia para que todas aquellas certezas parecieran perder su valor.

Era ridículo.

Podía enfrentarme a problemas que habrían hecho retroceder a cualquier otra persona, pero no sabía qué hacer con el dolor que me provocaba la mujer a la que amaba.

Me levanté de la silla y caminé hasta el ventanal.

Mi reflejo apareció sobre el cristal oscuro. Tenía el cabello desordenado, la camisa arrugada y el rostro marcado por el cansancio. Parecía alguien que llevaba días sin dormir, aunque apenas habían transcurrido unas horas desde que había entrado en aquella habitación y descubierto la verdad.

Apoyé una mano en el vidrio frío.

Por primera vez en mucho tiempo, no intenté convencerme de que todo estaría bien.

No lo sabía.

Quizá nuestra relación nunca mejoraría. Quizá Elena continuaría buscando en otro hombre aquello que no deseaba encontrar en mí. Y quizá, por más que yo intentara hacer las cosas correctamente, jamás conseguiría ocupar un lugar importante en su corazón.

Aceptar esa posibilidad dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Me aparté de la ventana y regresé al escritorio. Tomé el teléfono, dispuesto a llamar a Daniel, pero me detuve antes de marcar su número.

No quería hablar con nadie.

Mucho menos explicar lo que había ocurrido.

Mi hermano conocía una parte de mis sentimientos por Elena, pero nunca le había contado hasta qué punto había permitido que aquella relación condicionara mis decisiones. Sabía que intentaría ayudarme, que se enfadaría por lo sucedido y que probablemente me diría cosas que necesitaba escuchar.

Sin embargo, en ese momento, no tenía fuerzas para escuchar consejos.

Dejé el teléfono sobre el escritorio y me senté de nuevo.

El reloj marcaba las cuatro y treinta y siete de la madrugada.

La casa seguía dormida.

O, al menos, eso suponía.

Miré hacia la puerta del despacho. Al otro lado del pasillo se encontraba la habitación en la que había dejado a Elena horas antes. No sabía si seguía despierta ni si había pensado siquiera en lo que había sucedido entre nosotros.

Una parte de mí quería ir hasta allí.

Quería preguntarle por qué lo había hecho, quién era aquel hombre y desde cuándo formaba parte de su vida. Quería escuchar una explicación que, de alguna manera, me permitiera comprender por qué había tenido que descubrirlo de aquella forma.




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