Antes de que Aprendiera a Amarte

Capítulo 5: Una elección imposible

Salí de la mansión sin mirar atrás.

El motor del automóvil rompió el silencio de la mañana mientras me incorporaba a la carretera. El cielo seguía cubierto de nubes y las últimas gotas de lluvia resbalaban por el parabrisas. Conduje en silencio, intentando mantener la mente ocupada en todo lo que me esperaba en la empresa.

No quería pensar en Elena.

Al menos, eso era lo que me repetía.

Sin embargo, bastaba con detenerme en un semáforo para recordar su rostro, y cada recuerdo parecía devolverme a la misma habitación, a la misma discusión y a aquella bofetada que todavía me dolía más por lo que significaba que por el golpe en sí.

Apreté ligeramente el volante.

Tenía trabajo que hacer. Decisiones que tomar. Responsabilidades que no podía abandonar solo porque mi vida matrimonial se estuviera desmoronando.

Además, nadie en la empresa debía notar lo que estaba ocurriendo.

Para el resto del mundo, yo seguía siendo el hombre tranquilo que siempre había sido. El empresario que rara vez perdía el control, que no necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar y que jamás permitía que los asuntos personales interfirieran en sus decisiones.

No pensaba dejar que mi sufrimiento cambiara esa imagen.

Cuando llegué a la empresa, el personal de recepción me saludó con la cortesía habitual. Respondí con un gesto y me dirigí directamente a mi despacho.

Daniel ya me estaba esperando.

Estaba de pie junto al escritorio, revisando unos documentos. Al escucharme entrar, levantó la mirada y frunció ligeramente el ceño.

—Tienes un aspecto terrible.

Dejé las llaves sobre la mesa.

—Buenos días para ti también.

—No te lo digo para molestarte. ¿Dormiste algo?

—Lo suficiente.

Daniel cerró la carpeta.

—Eso significa que no dormiste nada.

Me quité la chaqueta y la dejé sobre el respaldo de la silla.

—¿No tenías documentos que revisar?

—Los tengo. Pero también tengo ojos, y puedo ver que algo te está pasando.

Lo miré durante unos segundos.

Era difícil ocultarle las cosas a Daniel. Nos conocíamos demasiado bien, y aunque yo había aprendido a guardar mis sentimientos detrás de una expresión serena, él siempre encontraba la manera de descubrir cuándo algo no estaba bien.

—No quiero hablar de eso —dije finalmente.

Daniel guardó silencio.

Agradecí que no insistiera.

Durante las siguientes horas nos concentramos en el trabajo. Revisamos informes, analizamos algunos contratos y atendimos las llamadas que se habían acumulado desde la tarde anterior.

Me esforcé por mantener la concentración, aunque varias veces tuve que releer el mismo párrafo porque mis pensamientos volvían a desviarse.

A mediodía, Daniel entró en mi despacho con dos cafés.

Dejó uno frente a mí.

—No voy a preguntarte qué ocurrió —dijo mientras se sentaba—. Pero sí voy a decirte algo.

—Te escucho.

—No puedes seguir viviendo como si tu única responsabilidad fuera conseguir que Elena sea feliz.

Dejé de escribir.

—Nunca he pensado que esa sea mi única responsabilidad.

—Entonces deja de actuar como si lo fuera.

Sus palabras me hicieron levantar la mirada.

Daniel apoyó los brazos sobre el escritorio.

—No sé exactamente qué está pasando entre ustedes, Adrian. Pero sé que la amas. También sé que has hecho todo lo posible por respetar sus condiciones. Eso no significa que tengas que aceptar cualquier cosa.

Aparté los ojos.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es cuando uno está enamorado.

Solté una risa sin humor.

—¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Dejar de quererla porque me está haciendo daño?

—No. Pero puedes empezar por dejar de castigarte cada vez que ella no te corresponde.

No respondí.

Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.

Daniel se levantó y recogió su café.

—Esta noche vas a cenar conmigo.

—Tengo trabajo.

—Lo tendrás mañana.

—Daniel…

—No es una pregunta.

Lo miré con una expresión cansada.

—¿Siempre tienes que ser tan insistente?

—Solo cuando mi hermano se empeña en comportarse como un idiota.

Por primera vez en todo el día, sonreí ligeramente.

Daniel pareció satisfecho.

—A las siete. Y no acepto excusas.

Salió antes de que pudiera responderle.

Me quedé mirando la puerta cerrada.

Quizá tenía razón. Tal vez necesitaba salir de la oficina, respirar otro aire y recordar que mi vida no podía reducirse a una mujer que no quería amarme.

No sabía si eso cambiaría algo.

Pero, por una vez, decidí intentarlo.

---

La jornada terminó más tarde de lo previsto.

Cuando miré el reloj, eran casi las siete y media. Había recibido varias llamadas y revisado unos documentos que necesitaban mi aprobación antes de la mañana siguiente.

Daniel apareció en mi despacho con las manos en los bolsillos.

—Sabía que intentarías escaparte.

Guardé el último documento en una carpeta.

—Estoy listo.

—Milagro.

Tomé mi chaqueta y salimos juntos.

Durante el trayecto, Daniel intentó conversar sobre asuntos de la empresa. Le respondí con más naturalidad que durante la mañana y, poco a poco, conseguí dejar de pensar en lo que me esperaba al regresar a casa.

Tal vez aquella noche no sería tan mala.

Tal vez podía pasar unas horas sin recordar constantemente que la mujer con la que compartía un apellido había elegido a otro hombre.

Llegamos a un restaurante elegante situado en una de las avenidas más concurridas de la ciudad. Sus grandes ventanales permitían observar el movimiento de los automóviles y las luces de los edificios cercanos.

Daniel había reservado una mesa junto a la ventana.

Nos sentamos y pedimos la cena.

—Ahora sí —dijo, dejando el menú a un lado—. Quiero que me hables de cualquier cosa que no tenga que ver con contratos, inversiones o problemas empresariales.




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