Despues de la confesión habia descansado un rato y la vieja radio de transistores de Nickolai, un aparato lleno de grasa que guardaba en un cajón del taller, emitió un chirrido estridente que hizo eco en el almacén. Ilia dio un pequeño salto en su asiento mientras Nickolai movía con paciencia la perilla metálica, buscando entre el mar de estática alguna señal de vida.
—...atención... repitiendo... transmisión... —una voz distorsionada y entrecortada emergió finalmente entre los ruidos de interferencia.
Nickolai se congeló, agudizando el oído. Ilia se inclinó hacia el aparato, conteniendo el aliento.
«Aquí la base militar del Sector Norte. Hemos establecido una Zona de Evacuación Segura en el estadio metropolitano. Contamos con suministros, atención médica y muros perimetrales reforzados. Si hay sobrevivientes escuchando esto, diríjanse al norte por las vías alternas. Eviten las autopistas principales. Repito, el estadio metropolitano es seguro...»
La señal se perdió en un zumbido definitivo. Nickolai apagó el aparato y miró a Ilia. La luz del atardecer entraba de forma oblicua por las ventanas altas del almacén, tiñendo el lugar de sombras alargadas.
—El estadio está a unos diez kilómetros de aquí —calculó Nickolai, poniéndose de pie con decisión—. Cruzar la ciudad a pie con esas cosas sueltas sería un suicidio, pero quedarnos aquí también lo es. La comida del supermercado no durará más de tres días.
—¿Vamos a usar la moto? —preguntó Ilia, ajustándose la mochila. Aunque el miedo seguía latente en su pecho, la promesa de protección de Nickolai le daban una extraña sensación de seguridad. Su aroma a vainilla seguía estando presente, pero ahora estaba mezclado de forma natural con el olor a madera de roble de las feromonas de Nickolai, quien se había encargado de envolverlo con su presencia para camuflarlo.
—No hay de otra. Tendremos que ir rápido y rezar para que el motor no atraiga a una horda entera —respondió el Alfa, tomando su llave inglesa y el tubo afilado—. Prepárate, Ilia. Una vez que quitemos ese estante de la puerta, no habrá vuelta atrás.
Mover la barricada les tomó unos minutos de esfuerzo silencioso. Cuando Nickolai abrió una rendija del portón de metal, el exterior parecía extrañamente despejado. Los infectados que habían estado golpeando la noche anterior se habían dispersado hacia el centro de la avenida, atraídos por otros ruidos.
Nickolai encendió la motocicleta. El rugido del motor rompió la tensa calma del sector.
—¡Sujétate! —ordenó, y antes de que Ilia pudiera responder, aceleró a fondo, saliendo del almacén a toda velocidad.
El aire frío de la tarde golpeó el rostro de Ilia mientras se aferraba con fuerza a la cintura de Nickolai. La ciudad presentaba un aspecto desolador. El cielo se tiñía de un rojo sangre mientras el sol se ocultaba, revelando siluetas oscuras que deambulaban por los callejones.
Todo iba relativamente bien hasta que llegaron a la zona del paso a desnivel que conectaba con el norte. El camino estaba bloqueado por un choque múltiple de autobuses. Nickolai redujo la velocidad, buscando un espacio entre los parachoques destruidos, cuando de la oscuridad debajo del puente emergió algo diferente.
No era un infectado común. Este se movía de forma errática, con la espalda arqueada en un ángulo antinatural y las extremidades extendidas, casi como una araña gigante. Emitió un chasquido agudo y seco con los dientes antes de lanzarse hacia ellos con una velocidad espantosa, trepando por el capó de un auto abandonado.
—¡Nick, cuidado! ¡Esa cosa se mueve muy rápido! —gritó Ilia, con los ojos abiertos de par en par.
—¡No te sueltes! —bramó Nickolai.
En lugar de frenar, Nickolai aceleró, inclinando la motocicleta de lado de forma experta para pasar por debajo de una valla rota. El infectado rápido saltó desde el techo del auto, cayendo apenas a unos centímetros de la llanta trasera de la moto, sus garras rasparon el asfalto dejando marcas oscuras. La criatura soltó un chillido de frustración y comenzó a correr detrás de ellos, esquivando los autos con una agilidad monstruosa.
Nickolai vio el peligro por el espejo retrovisor. Sabía que si esa cosa lograba saltar sobre ellos, los derribaría de la moto en movimiento.
—¡Ilia, sostén el manubrio derecho! ¡Mantén el acelerador a fondo, no dejes que la velocidad baje! —ordenó Nickolai con voz firme.
—¡¿Qué?! ¡¿Estás loco?! —chilló Ilia, pero el instinto de supervivencia lo obligó a estirar los brazos por encima de los hombros de Nickolai, agarrando con fuerza el manubrio para mantener la marcha de la moto.
Con los brazos de Ilia asegurando el control del vehículo, Nickolai giró medio cuerpo hacia atrás. Esperó el momento exacto en el que el infectado rápido dio un salto largo con las fauces abiertas directamente hacia ellos. Con un movimiento preciso y cargado de fuerza bruta, Nickolai balanceó el tubo de metal afilado, impactando de lleno en la cabeza de la criatura en medio del aire.
El cuerpo del monstruo salió despedido hacia un lado, chocando contra el pavimento y rodando varias veces hasta quedar inmóvil en la distancia.
Nickolai regresó a su posición original, retomando el control de la motocicleta justo a tiempo para dar un giro cerrado y salir de la zona de peligro, adentrándose en la avenida que conducía directo hacia las luces lejanas del estadio metropolitano.
Ilia escondió el rostro en la espalda de Nickolai, temblando por la descarga de adrenalina. El Alfa respiraba de forma pesada, pero una sutil sonrisa de satisfacción se dibujaba en su rostro. Habían sobrevivido a su primer encuentro con algo peor que un zombi común ordinario, y el refugio estaba cada vez más cerca. Sin embargo, ambos sabían que un estadio lleno de militares y miles de sobrevivientes desesperados traería un tipo de peligro completamente diferente para un Omega oculto.
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Editado: 04.10.2026