Antes de que el mundo sangre

La línea en la arena

Las enormes torres de iluminación del estadio metropolitano recortaban el cielo nocturno como gigantes de concreto. Lo que desde lejos parecía un faro de esperanza, de cerca se sentía como una prisión de máxima seguridad. El perímetro estaba cercado por alambre de púas, barricadas con sacos de arena y vehículos blindados del ejército.

Nickolai apagó el motor de la motocicleta a unos cien metros del puesto de control principal, ocultándose tras la estructura de una gasolinera abandonada. El ambiente estaba cargado con el olor a pólvora, humo y el denso aroma de cientos de Alfas militares en estado de alerta.

—Hay demasiados soldados —susurró Ilia, asomándose apenas por encima del hombro de Nickolai. El miedo hacía que sus dedos se enterraran en la chaqueta de cuero del Alfa.

—Están organizando a los sobrevivientes en filas. Vamos a tener que entrar caminando —respondió Nickolai, revisando sus armas—. Mantente pegado a mí. Si alguien te mira raro, yo hablo.

Caminaron hacia la luz de los reflectores. Había una fila de unas cincuenta personas esperando frente a las rejas. Sin embargo, la calma se rompió cuando un altercado al frente de la línea llamó la atención de todos. Dos soldados corpulentos arrastraban a un joven del brazo hacia el centro de la explanada iluminada. El chico lloraba, suplicando clemencia mientras un aroma a lavanda y miedo inundaba el aire.

Un megáfono chirrió, cortando los llantos. Un comandante de rostro severo se paró sobre un camión militar.

—¡Atención a todos los civiles en la línea! —bramó la voz amplificada del oficial—. Por orden del Comando Central, la Zona Segura del Norte opera bajo la Ley Marcial de Recursos Críticos. No estamos aceptando Omegas. Son una debilidad para la estructura militar, consumen suministros médicos que no tenemos y sus ciclos biológicos alteran el orden de las tropas en combate.

Ilia sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se congeló, incapaz de dar un paso más.

—Cualquier Omega que intente infiltrarse falsificando su casta o usando supresores será considerado un saboteador —continuó el comandante con una frialdad inhumana—. La pena por intentar ingresar ilegalmente y poner en riesgo la base es la ejecución inmediata.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, se escuchó el seco estampido de un disparo. El joven que arrastraban cayó al suelo sin vida frente a los ojos horrorizados de la multitud. La gente en la fila bajó la mirada, temblando en un silencio cómplice y aterrorizado.

—Avanzar al siguiente en la línea para la prueba de sangre —ordenó el comandante, bajando del camión.

Ilia retrocedió un paso, con la respiración completamente cortada. Sus manos temblaban tanto que tuvo que esconderlas en los bolsillos de su chaqueta. Miró de reojo la mesa de control al frente, donde los médicos del ejército sostenían jeringas y dispositivos de escaneo genético. Con una prueba de sangre, sus supresores no servirían de nada. Estaba muerto.

Se giró hacia Nickolai, con los ojos empañados en lágrimas pero con una resolución firme. Sabía lo mucho que Nickolai quería entrar a un lugar seguro; después de todo, él era un Alfa dominante con un futuro asegurado dentro de ese refugio.

—Nick... vete tú —susurró Ilia, empujando suavemente el pecho del Alfa para alejarlo—. Tienes que entrar. A ti te van a recibir con los brazos abiertos. Eres fuerte, eres un Alfa. Te darán comida, armas y un lugar seguro.

—¿De qué demonios estás hablando, Ilia? —la voz de Nickolai descendió a un tono peligrosamente bajo, y sus ojos se entrecerraron con furia contenida.

—Hablo en serio, Nick —insistió Ilia, esbozando una sonrisa rota y nostálgica—. Yo... yo buscaré otro lugar. Puedo regresar al almacén, o esconderme en las afueras. Ya viste que los zombis me ignoran por unos segundos, estaré bien. No voy a dejar que te fusilen por mi culpa. Entra tú. Por favor.

Nickolai no respondió con palabras. En su lugar, dio un paso al frente, atrapando la muñeca de Ilia con un agarre que no admitía discusiones. Lo arrastró con brusquedad pero sin lastimarlo de vuelta hacia la penumbra de la gasolinera abandonada, lejos de las luces del puesto de control.

Una vez en las sombras, Nickolai lo estampó suavemente contra la pared, acorralándolo con su cuerpo. Sus feromonas de roble y tormenta estallaron con tanta intensidad que crearon una barrera invisible alrededor de ellos, bloqueando cualquier rastro del aroma dulce de Ilia.

—¿Te afectó el virus en el camino? —siseó Nickolai, con los ojos brillando en la oscuridad con una mezcla de rabia y posesividad salvaje—. ¿De verdad crees que voy a entrar a ese maldito nido de perros falderos del ejército y dejarte solo aquí afuera? Te lo dije en el taller, Ilia, y no estaba bromeando. Me importa una mierda su estadio y me importan una mierda sus leyes.

—¡Nick, van a matarte si se enteran! —argumentó Ilia en un susurro desesperado—. ¡Viste lo que le hicieron a ese chico!

—Que lo intenten —replicó el Alfa, con una sonrisa fría y peligrosa dibujándose en su rostro—. Si creen que voy a dejar que toquen a mi Omega, es porque no saben con quién se están metiendo. No vamos a entrar por la puerta principal, Ilia. Rodearemos el perímetro. Conozco los planos de este estadio por los torneos universitarios; hay un túnel de ventilación y desagüe en la zona sur que conecta directamente con los vestidores subterráneos. Entraremos como fantasmas. Y si algún soldado se cruza en nuestro camino y descubre lo que eres... bueno, habrá un militar menos en este mundo.

Ilia miró la determinación ciega en el rostro de su amigo. Sintió un escalofrío correr por su columna, no de miedo hacia Nickolai, sino por el peso absoluto de su lazo. Nickolai estaba dispuesto a volverse un criminal y un enemigo del propio ejército con tal de no soltar su mano.




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