El túnel de desagüe de la zona sur del estadio era una boca de lobo que apestaba a lodo, óxido y algo mucho más siniestro. La rejilla de metal que bloqueaba el paso cedió con un crujido seco tras un fuerte tirón de Nickolai.
—Agáchate y no enciendas ninguna linterna —susurró el Alfa, adentrándose primero en el estrecho conducto de concreto.
Ilia lo siguió de inmediato, gateando sobre las rodillas. El espacio era tan reducido que la espalda de Nickolai bloqueaba casi toda la visión del frente. Avanzaron en una oscuridad casi absoluta, guiándose solo por el eco lejano de las turbinas de ventilación del estadio que vibraban sobre sus cabezas.
—Oye, Kovach —susurró Ilia, intentando aliviar la opresión en su pecho con un toque de su habitual ironía—. Si este plan de "infiltración experta" termina con nosotros ahogados en aguas residuales, juro que te perseguiré como fantasma el resto de tu vida.
—Cierra la boca, falso Beta. El agua está seca, así que agradece que tus tenis caros no se van a ensuciar —replicó Nickolai en el mismo tono bajo, aunque sus movimientos se volvieron más lentos y precavidos—. Además, deberías estar agradecido de mi excelente memoria arquitectónica.
—Sí, claro. Tu memoria para los vestidores de atletas es verdaderamente inspiradora —ironizó Ilia, pero su sonrisa se desvaneció al instante cuando su mano izquierda tocó algo viscoso y frío en el suelo de concreto.
Se detuvo en seco. Al aguzar la vista en la penumbra, distinguió una mancha oscura y extendida. No era agua. Era sangre fresca.
Unos metros más adelante, Nickolai también se detuvo. El conducto desembocaba en una bifurcación de mantenimiento iluminada por una parpadeante luz roja de emergencia. Pero lo que vieron en el suelo les heló la sangre. Había dos uniformes militares desgarrados, chalecos antibalas abandonados y restos humanos esparcidos.
—Los soldados de la entrada creen que el perímetro está limpio —murmuró Ilia, con la voz temblándole mientras el olor a vainilla de su pánico empezaba a filtrarse de nuevo—. Nick... esto no es de hace días. Esta sangre es de hoy.
—Silencio —ordenó Nickolai de golpe.
De la oscuridad del túnel derecho llegó un sonido espeluznante. No eran los pesados pasos arrastrados de los infectados comunes del campus. Era un chasquido rítmico, rápido y errático, acompañado por el rasguño de garras afiladas contra las tuberías de metal.
Click... click... click...
Dos de esas criaturas deformes, con las espaldas arqueadas en ángulos imposibles y los ojos inyectados en una furia ciega, emergieron de las sombras. Una de ellas sostenía en sus fauces un trozo de bota militar. Al percibir la presencia de los chicos, los monstruos soltaron un chillido agudo que resonó en las paredes de concreto y se abalanzaron hacia ellos a una velocidad inhumana.
—¡Atrás, Ilia! —rugió Nickolai, empujándolo hacia el túnel por el que habían venido mientras bloqueaba el pasillo con su propio cuerpo.
Nickolai lanzó un golpe a ciegas con su tubo afilado. El impacto dio de lleno en el pecho del primer infectado rápido, haciéndolo retroceder con un alarido, pero el segundo monstruo aprovechó el espacio y saltó directamente sobre el hombro del Alfa, derribándolo al suelo en el estrecho pasillo. El tubo de metal salió rodando fuera de su alcance.
—¡Nick! —gritó Ilia de rodillas.
El infectado rápido intentaba clavar sus dientes en el cuello de Nickolai, quien lograba frenar la mandíbula de la criatura sosteniéndola por los pómulos con ambas manos, usando toda su fuerza de Alfa. La saliva corrosiva del monstruo caía a centímetros de su rostro.
El estrés y el terror absoluto por ver a Nickolai en peligro hicieron que el sistema de Ilia colapsara. Sus hormonas de Omega se dispararon por completo, rompiendo la última barrera de los supresores. Un aroma dulce, intenso y concentrado a vainilla y lirios inundó el túnel sellado de forma instantánea.
Lo que pasó a continuación los dejó atónitos.
El infectado rápido que estaba encima de Nickolai detuvo sus brutales sacudidas de golpe. Sus fosas nasales se contrajeron repetidamente, olfateando el aire. El otro monstruo, que se preparaba para atacar desde el suelo, también se congeló, ladeando la cabeza hacia Ilia con una expresión de total confusión en sus ojos ensangrentados.
El aroma del Omega parecía haber cortado el interruptor de su furia asesina por unos segundos preciosos. Los monstruos parpadearon, retrocediendo un paso, como si el olor de Ilia los confundiera y no supieran si lo que tenían enfrente era una presa o algo completamente invisible.
—¡Muévete, maldita cosa! —aprovechó Nickolai.Con un rugido de furia territorial pura, al ver que los monstruos osaban mirar a su Omega, Nickolai estiró el brazo, recuperó la pesada llave inglesa de su cinturón y la plantó con una fuerza descomunal en el cráneo del infectado que tenía encima. La criatura cayó inerte. Sin perder un segundo, se impulsó hacia adelante y clavó el arma en el segundo monstruo antes de que este pudiera reaccionar al cambio de ambiente.
El silencio volvió a reinar en el desagüe, interrumpido solo por la respiración agitada de ambos.
Nickolai se puso de pie con dificultad, limpiándose la sangre negra de la cara. Miró los cuerpos de las criaturas y luego miró a Ilia, cuyo aroma a Omega seguía flotando con fuerza en el aire del túnel. Luego, levantó la vista hacia las rejillas superiores que conducían a los vestidores del estadio, desde donde se escuchaban los murmullos ajenos de las tropas militares.
—Este lugar no es seguro —sentenció Nickolai, con los ojos oscuros fijos en la rejilla—. Los militares están vigilando las puertas mientras el enemigo ya está cavando debajo de sus pies. Si entramos ahí, quedaremos atrapados en una ratonera cuando esto estalle.
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Editado: 04.10.2026