Antes de que el mundo sangre

El peso del silencio

El sonido del metal chocando contra el pavimento resonó desde la entrada del conducto por el que habían ingresado, cortando el eco de los túneles subterráneos.

¡CLANG! ¡CLANG!

—¡Sellen esa maldita rejilla ahora! ¡Suelden las barras y pónganle los candados de alta seguridad! —la voz de un sargento militar llegó distorsionada desde el exterior, acompañada por el siseo de soplete y golpes pesados—. ¡Informen al comandante que encontramos rastros de infectados rápidos en los desagües del Sector Sur! ¡Nada entra y nada sale por aquí abajo!

Nickolai reaccionó al instante. Dio media vuelta para regresar por el pasillo de concreto, pero se detuvo al ver el destello de las chispas de la soldadura iluminando el fondo del túnel. Estaban sellando la salida principal desde afuera. Si intentaban correr hacia allá, los soldados los descubrirían y los fusilarían por sospecha de infección... o por descubrir que Ilia era un Omega.

—Maldición —masulló Nickolai en un sigo sordo, apretando los puños. Miró hacia arriba, a las rejillas que daban a los vestidores del estadio, y luego hacia el conducto sellado—. Nos encerraron en la zona intermedia. Estamos atrapados entre su base y los nidos de esas cosas.

Nickolai se giró para buscar una solución táctica, esperando que Ilia soltara alguna de sus habituales quejas irónicas o un reclamo sarcástico sobre sus habilidades de navegación.

Pero no hubo nada. Solo un silencio sepulcral.

Ilia se había sentado en el suelo húmedo de concreto, de espaldas a la pared del túnel, abrazando sus rodillas contra el pecho. Sus gafas estaban ligeramente torcidas y tenía la mirada fija en un punto inexistente del piso, completamente perdida. No se movía. No parpadeaba. Estaba inusualmente callado, con los labios apretados en una línea tan fina que habían perdido el color.

El aroma a vainilla y lirios que hace unos momentos inundaba el lugar de forma salvaje se había encogido, volviéndose denso, amargo y pesado. Era el olor del colapso emocional.

Nickolai dejó caer la llave inglesa al suelo con un tintineo sordo y se arrodilló lentamente frente a él. Conocía a Ilia desde que eran unos niños que apenas alcanzaban el timbre de las casas de su vecindario. Sabía leer cada uno de sus gestos, cada uno de sus suspiros. Sabía perfectamente que ese silencio no era calma; era la represa antes de romperse. Ilia estaba aguantando la respiración porque sabía que, si soltaba un solo aire, iba a estallar en llanto.

Había procesado demasiadas cosas en menos de cuarenta y ocho horas: el fin del mundo, los muertos caminando, el estallido de su propia naturaleza como Omega, el haber sido testigo de una ejecución a sangre fría y, finalmente, la cruda revelación de que el aroma de su cuerpo atraía o confundía a los monstruos. Su mente simplemente ya no podía procesar más terror.

—Ilia —llamó Nickolai con una suavidad extraña en él, extendiendo una mano para tocar su rodilla.

Al sentir el contacto caliente del Alfa, los hombros de Ilia dieron un pequeño temblor. Una sola lágrima pesada y silenciosa rodó por detrás de sus gafas, resbalando por su mejilla sucia de hollín. Siguió sin decir una palabra, pero sus dedos se enterraron con fuerza en la tela de sus propios pantalones, intentando contener el sollozo que le desgarraba la garganta.

—Oye... mírame —insistió Nickolai, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. Con delicadeza, usó sus dos manos para quitarle las gafas a Ilia y dejarlas a un lado. Luego, acunó el rostro del menor entre sus palmas grandes, obligándolo a levantar la cabeza—. Déjalo salir. Ya no tienes que esconder nada. No aquí.

El sique se rompió por completo.

Ilia soltó un jadeo ahogado y se inclinó hacia adelante, estrellando su frente contra el hombro de Nickolai mientras los primeros sollozos violentos escapaban de su pecho. Sus manos se aferraron con desesperación a la chaqueta de cuero del Alfa, arrugando la prenda como si fuera lo único real y seguro que le quedaba en un mundo que acababa de morir. Lloró con un dolor sordo, un llanto acumulado por el miedo a morir, el miedo a ser descubierto y la culpa de sentir que su propia biología lo convertía en un peligro ambulante.

Nickolai lo envolvió entre sus brazos firmes, pegándolo por completo a su pecho. Dejó que sus feromonas de madera y tormenta fluyeran con total libertad, creando un capullo de protección aromática que amortiguaba el dolor del Omega. Apoyó la barbilla sobre el cabello castaño de Ilia, frotando su espalda en círculos lentos.

—Está bien, ya está —susurró el Alfa contra su oído, con una voz profunda que transmitía una seguridad absoluta—. Llora todo lo que quieras. Que sellen las malditas puertas si quieren. Encontraremos otra salida. Te lo prometí antes de salir de la universidad y te lo repito ahora: de este infierno salimos juntos, Ilia. No te voy a dejar solo. Jamás.

En la penumbra del desagüe bloqueado, rodeados por cadáveres de monstruos y con el ejército soldando su única salida, el llanto de Ilia fue el único sonido que llenó el vacío, protegido en los brazos del único Alfa que lo veía como su mundo entero.




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